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Noticia al Dia

El Lago que sueña

Soy uno de los mayores cuerpos de agua de América del Sur. Los geógrafos me consideran uno de los accidentes geográficos más importantes de Venezuela. Y no es por presumir, pero estoy estrechamente vinculado con el desarrollo histórico, económico y cultural del occidente del país.

A lo largo de la historia he recibido distintos nombres. Aunque el más conocido es Lago de Maracaibo, no siempre me llamaron así.

Antes de la colonización europea, la región que me rodea estaba habitada por pueblos indígenas. En algunas fuentes históricas y cartográficas aparece el término Coquivacoa, asociado conmigo. En mapas del siglo XVI ya figuraba como “Laguna de Maracaybo”, lo que demuestra que el nombre vinculado con Maracaibo se utilizaba desde los primeros tiempos de la colonización, aunque la terminología geográfica todavía no era uniforme.

También existe una referencia histórica recogida por la Fundación Empresas Polar que señala que Ambrosio Alfínger, en 1529, me habría rebautizado con el nombre de Nuestra Señora, una denominación relacionada con el proceso de conquista y evangelización española.

Mi superficie se estima en alrededor de 13.000 kilómetros cuadrados, aunque las cifras varían según la fuente y la delimitación utilizada. Me conecto con el golfo de Venezuela y, a través de este, con el mar Caribe. Mis aguas no son completamente dulces: especialmente en el norte, reciben la influencia salina del mar.

Soy célebre, además, por el Relámpago del Catatumbo, un fenómeno atmosférico caracterizado por tormentas eléctricas recurrentes, particularmente en la zona donde desemboca el río Catatumbo.

Mi cuenca es una de las principales regiones petroleras históricas de Venezuela. La actividad petrolera transformó la economía, el paisaje y la vida de numerosas comunidades ribereñas. También estoy ligado a una historia de fe: según la tradición zuliana, en mis aguas apareció la tablita donde luego se reveló la imagen de la Virgen del Rosario de Chiquinquirá, llamada cariñosamente la Chinita y considerada patrona de los zulianos.

Con todo lo que te he contado, quizás pienses que soy un lago orgulloso y feliz. Pero nada más lejos de la realidad. Estoy triste.

La contaminación que padezco es uno de los problemas ambientales más complejos de Venezuela. No se trata únicamente de las manchas de petróleo o del verdín que se observa en algunas de mis zonas. Mi deterioro es el resultado de múltiples factores: décadas de actividad petrolera, descargas de aguas residuales, contaminación industrial y agrícola, y alteraciones de mi equilibrio ecológico.

Hay días en que mis aguas se visten de verde. Desde la orilla, algunos creen que es solo una mancha más de mi paisaje. Pero debajo de ese color ocurre algo que no siempre se ve: el exceso de nutrientes, como el nitrógeno y el fósforo, puede favorecer la proliferación de microorganismos y alterar el oxígeno del agua, poniendo en peligro a los seres que viven en ella.

También me hieren los hidrocarburos. Las fugas y el deterioro de tuberías asociadas a la industria petrolera pueden provocar derrames que afectan la calidad de mis aguas y amenazan a peces, crustáceos, aves, manglares y otros organismos.

Hay heridas que no se ven desde la orilla. En determinados puntos de mi sistema lacustre, las investigaciones han estudiado la presencia de metales como el plomo, el cadmio y el cromo. A esto se suman los plásticos, los desechos sólidos y otras sustancias químicas que llegan a mis aguas y aumentan mi carga contaminante.

Las floraciones de cianobacterias pueden reducir la luz disponible y alterar el oxígeno del agua. Y cuando mi equilibrio se rompe, no solo sufro yo: también sufren las comunidades que dependen de mí.

Me angustia pensar en los pescadores que salen cada día a buscar su sustento. Los derrames pueden dañar sus redes y embarcaciones, interrumpir sus faenas y reducir sus ingresos. Temo que llegue un momento en que mis aguas ya no puedan sostener como antes a las familias que han vivido de ellas durante generaciones.

Mi tristeza también nace de una pregunta: ¿qué será de mí si quienes me rodean dejan de reconocerme como fuente de vida y comienzan a verme únicamente como un problema?

A veces sueño con que las autoridades nacionales y los organismos internacionales se preocupen de verdad por mi recuperación. Me imagino a especialistas inspeccionando, reparando y manteniendo las tuberías petroleras para prevenir nuevas fugas.

Sueño con plantas de tratamiento de aguas residuales que funcionen adecuadamente, con descargas industriales y agrícolas controladas y con menos contaminantes recorriendo los ríos y las cañadas que desembocan en mí.

También sueño con que se vigile mi salud. Que se analicen periódicamente la calidad del agua y los sedimentos, que se investigue la presencia de sustancias tóxicas y que los resultados se hagan públicos. Quiero que todos puedan saber qué está pasando conmigo, sin esconder mis heridas ni exagerarlas.

Mi problema no puede explicarse solo por el petróleo ni por el verdín. La contaminación tiene múltiples fuentes, y mi recuperación exige atender tanto los derrames como las descargas cotidianas de aguas residuales y nutrientes. No basta con limpiar mis orillas si aquello que me contamina continúa llegando desde toda mi cuenca.

Soy un lago herido, triste y necesitado de ayuda. Por eso, también te necesito a ti.

No arrojes basura, aceite ni productos químicos a las cañadas, los desagües o los ríos que desembocan en mí. Si observas un derrame o un vertido sospechoso, repórtalo a las autoridades competentes. Participa, cuando sea seguro hacerlo, en jornadas de limpieza que garanticen la recolección y disposición adecuada de los residuos.

Mi dolor no es nuevo. Hace años, Alí Primera, el cantautor venezolano, convirtió en canción la preocupación por mis aguas. La llamó «Coquivacoa». Cuando recuerdo sus versos, siento que alguien ya había escuchado mi lamento y había advertido lo que estaba ocurriendo conmigo. Una parte del tema dice así:

“¡Pare! Primo la canoa
Que me parece que llora
La chinita allá en la orilla
Que no es una pesadilla
Despierto tú puedes ver
Que somos nosotros
Los que lo están matando, si

Que molleja primo
Tan cristalino que estaba
El lago ayer
No es palafito lo que está matando
Todo lo que hay en él”.

Pero, en medio de todo lo que te he contado, hay algo que me dio esperanzas.

En febrero de 2025, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), el Banco de Desarrollo de América Latina y el Caribe (CAF) y el Ministerio para el Ecosocialismo presentaron una iniciativa para contribuir a la conservación de mi cuenca. El proyecto avanzó hacia su implementación y fue aprobado para su ejecución ¡Noticias como esa me emocionan!

Yo agradezco desde lo más profundo de mis aguas las gaitas que me celebran, las historias que guardo y el orgullo que los zulianos sienten y proyectan por mi majestuosidad. Soy parte de su memoria, de su cultura y de su identidad.

No obstante, y esto es un grito de auxilio, quiero seguir siendo fuente de vida. Quiero que los pescadores encuentren sustento en mis aguas, que mis orillas vuelvan a inspirar a quienes las contemplan y que las generaciones futuras puedan conocer mi grandeza sin tener que aprender primero la historia de mi deterioro.

Aún tengo esperanza. Soy el Lago de Maracaibo, pero también soy el lago que sueña.

Maidolis Ramones Servet

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