Yuri es una guerrera en un valle de balas (Alejandro Vásquez Escalona)

Yuri es una guerrera en un valle de balas (Alejandro Vásquez Escalona)

Foto: @alejandrovfotógrafo

Ella indaga en el mundo online. Llega a @alejandrovfotógrafo, desmenuza con su mirada las imágenes y relatos que posteo desde adentro del alma. El corazón. El hígado… Desde esa energía intangible. Me sigue. La sigo. En mensaje en dm del Instagram, expresa sus asombros de muchacha sencilla, Me gustan sus fotografías. Son muy artísticas. Felicitaciones. Me agrada su comentario. Tecleo sobre mi Acer anémica que me guiña un ojo. Quizás no alcanzan la estatura del arte, pero son la bitácora de un viejo migrante, le respondo. Escucho los ruidos de la faena mañanera de Caracas como un son que acompasa la escritura. Bebo un café negro. Recuerdo los tomadores de mate en la plaza donde corría. Donde retrataba a perros con su gente. Y disfrutaba al escuchar los conciertos de reague de los grupos locales.

Vivo el tercer día en caracas. Regreso de Montevideo. Veo el Ávila cada mañana por la ventana. Las flores del bucare que asoman entre el follaje verde de los arboles domesticados de la calle. Un camión en la esquina desarropa su esqueleto de barandas. Muestra verduras diversas. Naranja, patillas. Mangos. Piñas (ananá en la ciudad prestada de donde habité). La muchacha desde una oficina impersonal entre sonidos de motores, olor a combustible y lubricantes, tal vez no entiende mis criterios sobre la fotografía que hago. Y se atreve a mostrar una ilusión: Algún día podría tener una sesión con usted. Leo su mensaje. Seguro, muchacha, le contesto desde mi móvil. Dónde habitáis. Me dice que vive en la ciudad. Trabaja esto. Y tal. Tiene un hijo y esposo. También manifiesta las virtudes que siente en el trabajo que realizo con gozo. Que bueno, estoy emocionada. De verdad, me gustan sus fotografías. Así comienzan los acuerdos para una sesión fotográfica. Continúo el proceso de rehacimiento de los afectos que dejé como una imagen cinematográfica congelada en la pantalla de un inmenso país ajado.

Después viene el barajeo de incertidumbres desde el temor o respeto a una ciudad filosa. Ella manifiesta su acuerdo con el costo del trabajo fotográfico. Pero condiciona. Precisa su deseo de trabajar la sesión en espacios abiertos. Entiendo el fantasma de un posible violador o asesino en serie o quizás qué, mimetizado en la transparencia del túnel de cristal amansa egos. Desde mi territorio de batalla intangible, pienso en mi equipo fotográfico. En la posibilidad de una sombra detrás de la muchacha con un puñal entre los dientes. O un pistolón ansioso por mostrar su boca negra a un fotógrafo desprevenido. Y mi inconsciente recuerda que el amigo que me da cobijo en su apartamento es psicoanalista y sus consultas online ocurren en la azotea del edificio Electra.

Me pondré un vestido negro con blanco, pantalón negro. Botas negras y blazer con un gorro gris, escribe desde su móvil la muchacha a retratar. Así llega un día después. Es el final de la tarde. Viene de su trabajo de recepcionista en un taller de autos. La luz es mercuriosa, bla, bla, bla. Aún habita en ella el recelo similar a una lagartija arisca, delante del potencial depredador. Pero ahora hay poco miedo. Prevale el respeto por este valle de balas que es Caracas, como lo precisa la banda de sakate Desorden Público en una de sus canciones. Hemos acordado las condiciones para la sesión fotográfica. He mirado la azotea del edificio. Imaginado los encuadres. Las sugerencias de posturas. La sonrisa de la mujer ante la cámara. Y mi viaje chamanico subido a la caja de encantamientos.

 

Foto: @alejandrovfotógrafo

 

Alicia mira las fotografías después de procesadas y construidas en el ordenador. Luego de bajar de la cima del edificio Electra. Ella no habita en el país de las maravillas, sin embargo, la distención, la armonía alegre en su apartamento donde habito estos días es más que eso. Reflexiona y expresa sus criterios del mural de fotografías diseñado. Precisa sobre la vestimenta negro grisácea de la muchacha que coincide visualmente con el piso recubierto por el manto impermeabilizante con brochazos negros de asfalto similar a un lienzo de pintor posmoderno. Es un plano de cuerpo entero en picado de Yuri Guerrero. Sonríe a la cámara (que es a mí). Deja ver su dentadura blanca y alineada sin artificios ortodentales. Un mechón de cabello verdimorado asoma debajo de su gorro. La pulsera roja refulgura como detalle minimalista en los negros y grises encontrados casuísticamente.

Edoardo el psicoanalista, compañero en la vida de Alicia, comenta acerca de la fotografía luego de posteada en @alejandrovfotógrafo que ´Es una obra plástica. Si no supiera dónde y cómo lo lograste, cualquiera podría pensar que maquillaste con photoshop´. Me alegran sus anotaciones. Son epifanías visuales, les expreso. Y pienso en Tarek Yorde al comentar otras fotografías en mi Instagram. ´Eres un viajero que mira con ojos nuevos…y tu mirada viene cargada de sur´. Para eso son los amigos.

 

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Alejandro Vásquez/Opinión/@alejandrovfotógrafo