Togüito, el superbebé protector de los animales maltratados 21: Guti, el pavito de la niña Melisa (Cuento infantil, Alberto Morán)

Togüito, el superbebé protector de los animales maltratados 21: Guti, el pavito de la niña Melisa (Cuento infantil, Alberto Morán)

Composición gráfica: José Manuel Pernía – Euglys Parra

 

 Guti, el pavito de la niña Melisa

 

                Unos pájaros volaron con estrepito de un árbol frondoso y poco a poco regresaron y se volvieron a posar en la mata; el chivito Saltarín que, deambulaba por las calles del pueblito Flor de Cactus, se percató del caso y le extrañó el comportamiento de las avecillas. Pareciera que hubiesen visto algo peligroso y pasado el riesgo retronaron mansitas.

                Saltarín no ubicaba el sitio exacto del árbol, pero atraído por la curiosidad se fue en dirección al cogollo que divisaba a lo lejos. Caminó y caminó hasta ver que se encontraba en predios del señor Cubiros.

                Ya a la vista, observó todo normal y pensó en regresar, cuando los pájaros  volvieron a levantar vuelo intempestivamente,  como si debajo de la mata ocurriera algo aterrador. El chivito Saltarín se vio obligado a terminar de llegar y se encontró con un hecho desagradable, inhumano.

                El señor Cubiros quería desplumar al pavito Guti, la mascotica de su hija Melisa. Le aprisionaba el pescuezo con las manos, ¡gluglú! ¡Gluglú! ¡Gluglú!,  gritaba el ave asustada; por suerte la niña se enteró a tiempo y se le prendió al padre de los pantalones y evitó que sacrificara  al animalito, que corría desesperado intentando salvarse.

                Cubiros se retractó de momento, pero según lo que escuchó el chivito Saltarín, esperaría que la niña se durmiera después del tetero para desplumar al pavo, sin considerar que Guti creció con la pequeña, incluso, se entendían, hablaban entre ellos.

                Saltarín, el superchivito blanco más veloz de la sierra, tenía poco tiempo para salvar la vida de Guti, así que corrió  a casa de Togüito y le dijo lo que el señor Cubiros tramaba. Togüito, tomó el cubrecama del colchoncito, la entorchó y lo arrojó en forma de cuerda del lado afuera de la cunita y descendió.

                El bebé se dirigió a la montaña, entró a la supercueva secreta y salió de supercapa cabalgando a Saltarín, convertido en el superbebé protector de los animales maltratados, y levantando el puñito derecho lanzó su grito justiciero: “¡Santooosss Caramelooosss!”, y continuó de superpañal desechable, de superbotines de algodón, con el supergorrito hundido a manera de careta, el superchupón escudo atado al bracito izquierdo y armado de las poderosas superespinas de cardón.

                Llegaron a la casa del señor Cubiros y, en efecto, tal como lo tenía planeado, la niña Melisa dormía y  él hombre correteaba a Guti queriendo atraparlo para torcerle el pescuezo. Ya lo tenía cercado con los brazos cuando llegó el superhéroe.

                -¡Deje ese pavo! -dijo Togüito.

                -¡Este pavo me pertenece! –respondió el señor Cubiros.

                -Guti es la mascota de su hija Melisa, crecieron juntos, ella lo quiere como a un hermanito, dijo el superbebé-. Sacrificarlo sería cruel.

                -No me importa –dijo el señor Cubiros acorralando  al pavito en un rincón del patio. “¡Gluglú! ¡Gluglú! ¡Gluglú!” gritaba el pavo. Togüito le advirtió: “¡Suéltelo!”, el hombre no hizo caso. El protector de los animales no vaciló más, tomó una superespina de cardón y de un solo lanzamiento le quitó el ave de las manos. Togüito se apoderó de Guti. El señor Cubiros lo miró indignado y el paladín le dijo: “No se lo quito porque esa mascota es la felicidad de Melisa, pero si intenta hacerle daño de nuevo, me la llevo”.

                Togüito tomó rumbo a la supercueva secreta en la montaña, entró y salió convertido en un bebé indefenso sin que nadie supiera que era el superbebé protector de los animales maltratados.

                El señor Cubiros se marchó al trabajo todavía enojado, insistía en sacrificar a Guti, aunque no le quedó más alternativa que dejarlo con su hija, total, era la única compañía de la chiquilla huérfana de madre y sin hermanos.

                Por la tarde, Cubiros hacía surcos con una pala en una parcela ajena, cuando vio al pavito correr hacia él. “Este es Guti”, “¡ahora si no se salva!”, dijo y quiso atraparlo, la mascota corrió, se le escapó entre la vegetación. El animalito enseguida volvió, el señor Cubiros insistió en capturarlo, esta vez casi lo agarra, sin embargo, la mascotica huyó y al ratico volvió a regresar. “¡Gluglú! ¡Gluglú! ¡Gluglú!”, el pavito intentaba hablarle…

                Cubiros, viendo el comportamiento de Guti, decidió no acosarlo, sino seguirlo tranquilo, para que el pavito le tomara confianza; la mascotica caminó delante sin dejarse alcanzar y así logró llevarlo al cuarto de Melisa. La niña convulsionó hasta quedar inconsciente. El señor Cubiros la tomó en brazos y corrió al hospital del pueblito Flor de Cactus. El galeno después de revivirla, le dijo: “Si tarda cinco minutos, no llega viva”.

                El señor Cubiros miró a Guti y se le saltaron las lágrimas, lloró de remordimiento al pensar que el pavito que pretendía sacrificar,  la salvó la vida a su hija. El padre arrepentido le pidió perdón a su pequeña, y desde ese momento Guti gozó de su aprecio en la casa. Y Melisa fue una niña feliz con su mascota.

                La noticia llegó a oídos de Saltarín, que corrió a contárselo a Togüito.

                -¡Qué bueno!, el hombre entendió el valor de una mascota –dijo el niño.

-Y más de Guti que es como un hermanito para Melisa -dijo Saltarín.

Más tarde, María Teresa escuchó riendo a Togüito –el bebé estaba feliz sabiendo a la niña con su pavito- y entró al cuarto: “¿qué es esa grosería, ah, que es esa risa?”, le dijo y lo tomó en brazos y se lo llevó al santuario de animales que su papá Sebastián acondicionó en el patio de su casa.

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Composición gráfica: José Manuel Pernía – Euglys Parra