Togüito, el superbebé protector de los animales maltratados 12: El cerdito pelotero (Cuento infantil, Alberto Morán)

Togüito, el superbebé protector de los animales maltratados 12: El cerdito pelotero (Cuento infantil, Alberto Morán)

El cerdito pelotero

El cerdito pelotero

El cerdito pelotero

Daco, un cerdito de gorra y lentes correctivos era la diversión de la familia Savilar del pueblito Flor de Cactus.  Jugando beisbol cada vez que le tocaba el turno al bate, los niños se pegaban a la cerca, aunque casi siempre los bañaba sacándoles la pelota del lado afuera del patio de la casa donde tenían decretado el jonrón.

Igual era pichando, en la primera, la segunda, la tercera base, en cualquier posición. Saltarín, el chivito blanco más veloz de la sierra lo sabía, merodeaba los alrededores de la vivienda y quedaba encantado viéndolo batear, lanzar y atrapar pelotas.

La vez que organizaron un torneo en el cual los Muchachos de Flor de Cactus se enfrentaron a Los Canarios de Las Tunas, se lució. Si le daban el bate pegaba jonrón y si lanzaba, no le veían la bola.

Con Daco en el equipo contrario, no había posibilidad de que Los Canarios ganaran, y ante esta realidad, le tramaron una maldad. En un descuido, le escondieron los lentes. Así Daco no podía ver la bola.

Le dieron a cubrir la primera base y fildeando un globito al guante se la dejó caer en la frente: ¡oinc, oinc!, gritó de dolor. Pichó y el bateador pegó una recta y le metió la esférica en la barriga: ¡oinc, oinc!, volvió a gritar. Por su deficiente visión, Daco salió del partido, sin embargo, Los Muchachos de Flor de Cactus vencieron y después que ganaron encontraron los lentes abandonados en una banca.

Daco siempre fue la estrella. Tanto que los jugadores de Los Canario que le escondieron los lentes terminaron haciéndose selfis con él. Por eso, los niños de la familia Savilar estaban tristes viendo que sus padres confinaron la mascotica a un corral.

Los chicos no comprendían por qué al cerdito -a quien querían como un hermano-, lo introdujeron en un cerco. Al chivito Saltarín también le pareció extrañó, de allí que llegó a la casa de Togüito y le comentó:

-Veo sospechoso que hayan encerrado a Daco…

-¡¿Cómo?! -se impresionó el niño.

-Sí, encerraron a Daco –dijo Saltarín.

-¿Será que lo quieren sacrificar? –preguntó el bebé.

-Tengo esa impresión –dijo el chivito.

-Hay que estar pendiente –dijo Togüito presintiendo lo peor.

                Y a partir de ese momento, Saltarín frecuentó la casa de los Savilar hasta que confirmó sus sospechas. Daco sería sacrificado. No lo podía creer. El cerdito no fue adquirido por la familia para engordar y vender, lo obtuvieron como una mascota con el fin de que compartiera con los niños y,  pese a eso, los señores Savilar lo querían beneficiar en una acción inhumana.

 Por fortuna, el día que pensaban acabar con la vida de Daco, Togüito estaba atento. Se dirigió a la supercueva secreta, entró y enseguida salió de supercapa montando al superchivito Saltarín; con el puñito derecho en alto lanzó su grito justiciero: “¡Santooosss Caramelooosss!”, y siguió de superpañal desechable, de supergorrito hundido en forma de máscara, de superbotines de algodón, de superchupón escudo sujetado al bracito izquierdo y armado de las superespinas de cardón.

Ya en ese momento, comenzaba la tragedia donde la familia Savilar. Un verdugo con la anuencia de los dueños de la casa, se introdujo en el corral del cerdito con un madero pretendiendo darle un golpe en la frente. Los muchachos saltaron el cerco, se fajaron con el malvado. Daco quiso huir y no pudo. Le resultó imposible abrir la puerta del redil.

El vil ejecutor le lanzó otro palazo a la mascota, le tumbó la gorra, no atinó bien por la lucha que tenía con los muchachos intentando despojarlo del madero, para evitar que le hiciera daño al cerdito.

Viendo la difícil situación, el malévolo hombre decidió no lanzarle más golpes, optó por amarrarlo a una mata de almendrón. Daco seguía asustado pidiendo auxilio: ¡oinc, oinc, oinc!  Sabía que el torturador esperaba la oportunidad de sacrificarlo, solo que en eso llegó Togüito, el superbebé protector de los animales maltratados.

El perverso agresor cuando vio al superhéroe, quiso adelantarse en sacrificar a Daco; Togüito conociéndole las intenciones, arrojó una superespina de cardón y cortó el mecate que ataba el cerdito a la mata.

El verdugo tomó el madero y enfrentó al superbebé, pero el paladín lo neutralizó lanzándole una superespina de cardón que le arrebató el palo de las manos. El insensible atacante huyó al verse desarmado.

Los niños corrieron y abrazaron a Daco. Le quitaron los lentes, le limpiaron las lágrimas. Los padres al ver a los pequeños abatidos por la tristeza, comprendieron que no le podían hacer daño a la mascota.  Estaban equivocados, a punto de cometer una injusticia.

Así se impuso el juicio, la cordura en la familia Savilar; Togüito regresó con Saltarín a la supercueva secreta reflexionando sobre el caso.

-Los humanos deben entender que las mascotas son para quererlas – dijo el superbebé.

-Nosotras las mascota sí sabemos dar amor –respondió Saltarín.

-Es verdad, por eso la gente insensible no puede adoptar animalitos –dijo el superhéroe.

Togüito entró a la supercueva secreta, se despojó de la superindumentaria y salió de cocoliso convertido en un bebé indefenso. Al llegar a su casa se acostó en la cunita sin que nadie se percatara de que ese niño era el protector enmascarado de los animales maltratados.

María Teresa, la mamá, llegó al cuarto para bañarlo y echándole talco le dijo: “¿quién es la mascotica bella de mamá, ah? Y el bebé se ahogaba de la risa introduciéndose los puñitos en la boca.

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Composición gráfica: José Manuel Pernía

Instagram: @dejavu_creaciones