Los plátanos, Santa Isabel y la sabiduría de Francisco Terán (Josué Carrillo)

Los plátanos, Santa Isabel y la sabiduría de Francisco Terán (Josué Carrillo)

Josué Carrillo

Josué Carrillo

Hay un pueblito en Venezuela anclado en mis quereres. Se llama Santa Isabel y te lo encuentras cuando vas a Valera-Estado Trujillo. Allí viví unos días maravillosos de mi adolescencia. Su calle central, la iglesia, la refresquería con tres sillas rotadoras altas, unos vasos de vidrio largos y pesados donde servían Frescavena a medio (0,25 céntimos de los viejos). Antes iba a Santa Isabel cuando niño –digamos que entre 8 y 10 años -, hacía de acompañante a un hombre a quien aprecio enormemente, Francisco Terán, mi primer cuñado al llevar al altar de la Iglesia La Cruz cuando quedaba por Haticos, a mi hermana mayor, Maritza. Nunca podré compensarle lo feliz que hizo a mi viejo al amar a mi hermana y hacerla su esposa.

Francisco Terán, hijo de andinos, bigotes a lo Pedro Infante, nariz perfilada, trabajador incansable, pero sobretodo, el mejor comerciante que conozco a mi edad. Tenía mi cuñado una bicicleta de reparto con la cual vendía carne de cerdo. Yo hacía de ayudante de matarife en Campo e’ lata- La Concepción, luego, se compró un camioncito chevrolito azul de esos que salen en las películas en blanco y negro cuya capota se abre a lo vertical partiéndose en dos y abriéndose como alas de mariposa. En el camioncito viajábamos a Santa Isabel a comprar plátanos. Aquí les cuento algunas de las enseñanzas que aprendí de él. Al llegar, lo primero, un buen desayuno, a las 8 am comenzaba el recorrido por los fundos de Domingo, Pablo, Moisés, Agustín, Jacinto campesinos con sembradíos de plátanos y bananas – me gusta más llamarles guineos así no vengan de Guinea -, extenciones con incontables matas cargadas de racimos en verde vivo y en amarillo de oro, macheteros fornidos cortando la brusca, silbidos alegres, serpientes de lomos como el arcoíris, arañas terroríficas. El cuñado miraba con atención los plátanos. Compartía un café, preguntaba por los chicos, por las cosas, por lo que hacía falta como una cocinita a kerosen, la pregunta de ¿a cuánto el ciento? se deslizaba sin notarse, apenas se percibía, como también se diluía la respuesta “a 400, señor”, escuchado el precio, la despedida para ir a otra cosecha.

A mediodía escogía el fundo de Domingo para llegar a almorzar. Era donde estaban las muchachas más bellas. Niñas campesinas quienes al escuchar el motor del camioncito azul se bañaban afanosas, se untaban de aceite el pelo en el que prendaban flores, se vestían con ropas alisadas en planchas de hierro calentadas en las brasas. Allí comíamos quesos, hervidos, carne asada y zumos de parchita o piña. Las niñas sonreían con la hermosura del campo. De una de ellas fueron mis sueños y esa pre ingeniería de lo que serían mis besos.

Una de las técnicas de Francisco Terán era no mostrar interés en los plátanos que más le gustaban y, con naturalidad mandarme a comprar algo a la bodega para mostrar el fajo de billetes que abultaba su bolsillo.

En la medida que ibámos visitanto tendidos se sumaban chicos en bicicletas. Durante el almuerzo el cuñado sostenía siempre la misma conversación con Domingo en voz alta asegurando que los chicos de las bicicletas escucharan.

– Oiga, Domingo, sus plátanos están pasmados esta vez
– Pos si, me jue mal, decía.
– A mi me gustan mucho los de Jacinto, pero, cónchale – es la palabra favorita de mi cuñado – pide 400, esos son muchos cobres, si me los bajara a 380 pa’ yo ofrecerle 360 se los compro ya”. Dicho esto partían a prisa los chicos bicicleteros. Cuando estaba por terminar el almuerzo uno regresaba de la casa de Jacinto y le decía “mi tío que vaya por los plátanos que se los deja en 370”.

Francisco Terán sonreía, esperaba un rato disfrutando de la atención impecable de Domingo y satisfecho de haber comprado el mejor plátano de Santa Isabel a un precio solamente logrado por su habilidad y esa envidiable arte de comerciante que yo nunca podré tener.

Al cargarlos contaban las manos de cinco que lanzaban al camión como una canción. Yo me llevaba en los labios el aroma de una niña linda presente en mis sueños y de cuyos labios van calcados cada uno de mis besos, hasta el sol de hoy.

Josué Carrillo