La mujer que se hizo lluvia (Cuento, Alberto Morán)

La mujer que se hizo lluvia (Cuento, Alberto Morán)

Alberto Morán

Alberto Morán

Amaranta se caracterizaba por ser una mujer noble, de buenos sentimientos, pero repudiaba la pobreza, un sentir que se le incrustó en el alma durante los años que compartió en un rancho con Evilacio, sin embargo, durante las meditaciones en su nueva casa de platabanda, no dejaba de pensar en que los estallidos de la presión sexual más placenteros los obtuvo, con el crepitar de la lluvia sobre el techo de zinc; en esos momentos, más que la vitalidad de Evilacio, deseaba que el aguacero fuera de alta pluviosidad, porque entre más abundante e intenso el impacto de las gotas contra el metal, mayor era el escandaloso ulular de su explosiva agonía erótica.

Evilacio lo sabía, como hombre culto y corrido en las complejidades del amor, tardó un poco pero al final se enteró de que vivía con una señora que tenía un comportamiento sensual en verano y otro invierno. Tanto que tiempo después supo –porque a esa conclusión lo llevó el dolor de perderla- que no fue casual la angustiosa manera como la conoció y se enamoraron.

Esa día, Evilacio caminaba en horas de la tarde por una calle del barrio No me olvides, con la preocupación de que cada vez sentía más cerca el cielo, un cielo raudo, negro, gelatinoso, recargado, que no le dejaba dudas de que en cualquier momento se reventaría sobre su cabeza. Evilacio venía de la universidad.

Previendo tal situación, tomó un cartón grande de la calle de arena, lo sacudió bien para que no le ensuciara el cabello, y no había terminado de improvisar el paraguas, cuando se desprendió el aguacero que parecía vertido a la tierra con baldes de 15 litros. A las primeras gotas, el protector se le deformó mojado sobre la cabeza. Apuró el paso apremiado por la natural reacción de las personas que en esos aprietos, no quieren empaparse y en vano intentan correr para que no les caiga ni una chispita. Más adelante, en el patio de un rancho, vio a una muchacha mirando al cielo con los brazos abiertos, que se bañaba de bata y sin sostenes con la lluvia.

Evilacio quedó admirado viéndole despuntar a través de su ropa, los deleitosos aguijones de sus pechos ateridos. Amaranta no se percató de la atracción que le produjo al joven su cuerpo delineado con la prenda de vestir transparentada por la humedad, pero si vio la preocupación que traía debido a la lluvia fría que ya lo había bañado de pies a cabeza.

-Jajajajaja ¿tienes miedo?, ¿eres de azúcar? –se burló-. Evilacio se la quedó mirando y ella lo invitó a pasar. El hombre cruzó el portón y la chica le dijo que tomara asiento en el espacio que fungía de sala de estar. Y él ocupando una silla en dirección a la puerta, continuó viéndola disfrutar del aguacero.

No se cansaba de contemplar su hermosura, una hermosura que nunca supo explicar. Una de las dificultades más grandes de Evilacio se le presentaba, cuando en las frívolas reuniones de parejas le preguntaban qué le gustaba más de su señora, y no sabía qué responder. Salía del paso diciendo que si la boca, la mirada, la sonrisa, el cabello, las piernas, en fin, en todo caso, esa belleza rara de su mujer lo enamoró, al punto, que hizo un paso diario por la calle de la vivienda de la muchacha hasta que se quedó con ella.

En esas cuatro paredes de latas vivió una luna de miel sobresaltada, en la que en verano, Amaranta aunque cumplía como una hembra en toda la extensión de la palabra, era evidente que se desganaba en el amor, sus ojos se tornaban opacaos y tristes, su piel y su cabello dejaban de brillar, pero en invierno florecía, recobraba su vigor, su lozanía y se convertía en una fémina de belleza radiante, alegre, que guiaba el lecho de amor con la habilidad de un chofer de gandola que conduce a toda máquina entre carros, baches, curvas peligrosas, sin siquiera tocar el freno.

Evilacio se graduó, se convirtió en un profesional exitoso que le permitió escalar, y lo primero que hizo fue comprar una casa de platabanda con un terreno amplio, pero tuvo el tropiezo de que Amaranta no disfrutaba bien del amor durante el invierno, sin escuchar el chinchineo sobre el techo de zinc que la volvía loca en la intimidad. Y él siempre la deseaba, así, activa.

Tomó en consecuencia los correctivos. Hizo una pieza de latas en la parte de atrás de su casa con todas las comodidades, para que su compañera fuera la hembra vigorosa que conoció un invierno en un rancho, corriendo por el patio con los brazos abiertos y mirando al cielo, como disfrutando a plenitud del aguacero. Y si el diluvio la sorprendía en su dormitorio, el crepitar del agua sobre las láminas galvanizadas la convertía en una superdotada en el amor.

Esa tarde, cuando se conocieron, Amaranta lo invitó varias veces a bañarse en la lluvia, él se negó tiritando con la ropa mojada dentro de la sala, pero desde ese momento, brotó un cariño en ellos que a pesar de los años seguía con la misma reciprocidad.

Evilacio se las ingeniaba para complacerla constantemente, y no tenía dudas de que en el rancho de latas con el rechineo de las gotas de agua, ella mantenía recargada las baterías de la lujuria, pero el fenómeno climático El Niño llegó para marchitarles la relación. Dejó de llover y eso se confabuló contra la estabilidad amorosa de la pareja. Y pasaban los años y no llovía.

La sequía era terrible, espantosa. La empresa hidrológica comenzó a racionar el preciado líquido con un esquemas según el cual, la comunidad del barrio No me olvides contaba con el servicio un día y luego se lo suspendían por una semana.

La hidrológica nunca hizo las inversiones necesarias para enfrentar un verano tan prolongado, y ya no había ni agua potable para beber, aunque en realidad a Evilacio solo le preocupaba el golpe de las gotas de lluvia en el techo galvanizado, combustible de la vida de Amaranta, de su consorte, esa señora que conoció durante un aguacero y que lo desquiciaba de lascivia en invierno.

Ya Evilacio no aguantaba más, sentía que vivía con otra mujer, a veces ni la conocía, estaba tan fría y desganada, que no animaba a la convivencia, menos a la normal sexualidad de una pareja que a su edad todavía podía echar el resto en la alcoba, aunque la seguía amando con desenfreno. Y estaba dispuesto a pagar el precio que fuera necesario por recobrarla.

De modo, que no lo pensó mucho, vendió la casa de platabanda y se mudó a un pueblo anclado en una región agrícola, donde llovía casi todos los días. Prefería padecer de inundaciones, derrumbes, convertirse en un damnificado, pero al lado de Amaranta.

Evilacio se compró una acogedora casita con techo de metal y apenas la ocupó en horas del mediodía, el cielo se nubló y se descolgó un diluvio. La mujer de una vez se expuso a la lluvia. Parecía una garza inquieta caminando con las alas extendidas. Deambulaba de un lado a otro llenándose de una extraña energía que se le notaba en el vigor de sus movimientos.

De repente comenzó a correr, corrió, corrió, corrió a tranco largo. Evilacio la vio y se estremeció de miedo. La siguió. Corrió a su alcance desesperado, e intuyendo que se le iba, que la perdía, la llamó a gritos, una, dos, tres veces, muchas veces, hasta quedar estupefacto al ver que su consorte se fue haciendo gotas y desapareció con la lluvia.

Ahora es Evilacio quien espera el invierno, se baña en los aguaceros mirando el firmamento haciendo una cruz con sus brazos, con la esperanza de convertirse en lluvia y poder estar, de nuevo, en cada diluvio amatorio de una Amaranta que se caracterizaba por su rechinar incontinente debajo de la sábana. [email protected]

@AlberMoran