La mariposa con dientes (Alberto Morán, cuento infantil)

La mariposa con dientes (Alberto Morán, cuento infantil)

Alberto Morán

Alberto Morán

La señora Débora estaba atareada en la cocina preparando la cena de su hija Sofía, se acercaba la hora de llegar la niña del colegio y a ella le gustaba que la pequeña encontrara la comida recién hecha sobre la mesa.
Siempre le hacía algo saludable, nada de pastelitos, empanadas, mandocas, yoyos, ningún tipo de frituras que producen daño a la salud; esa tarde horneaba una arepa para rellenarla con una rebanada de queso y una de jamón sin grasa con bastante verduras y jugo de melón.
Débora miró el reloj colgando de la pared, se percató de que su hija debería estar por venir y le terminó de preparar la cena; en eso la gritó una vecina y salió al frente de la casa, habló un rato con la amiga y volvió a la cocina; llegando vio salir una mariposa por la ventana. No le pareció extraño, pero cayó en cuenta de que la arepa no estaba y el vaso de jugo se encontraba vacío con el pitillo adentro todavía escurriendo los residuos espumosos del zumo de la fruta.
-Yo no estoy loca –dijo-, y buscó en los alrededores convencida de que un perro o un gato se comió la arepa y se tomó el jugo. Débora, al no ver animal ni rastros de la cena, regresó y metió al horno otra arepa, después la rellenó y la colocó sobre la mesa con otro vaso de melón. Fue un momento a darse un baño y al regresar encontró el plato sin nada.
-¡No puede ser!, dónde estará ese gato o ese perro –dijo- y enardecida insistió en buscarlo, pero tampoco vio nada, solo se topó con la mariposa y no le dio importancia.
Débora volvió a mirar el reloj, vio que se había pasado la hora y Sofía no llegaba. Quiso hacer otra arepa, pero la angustia no la dejó, su hija era puntual; corrió desesperada a buscarla. Llegó a la escuela justo cuando la maestra se marchaba.
-Maestra, ¿y Sofía?
-Sofía hace rato que se marchó.
-A casa no ha llegado…
-¡¿Cómo?!
-¡No ha llegado!
La maestra y Débora buscaron la lista de los amiguitos de Sofía y los contactaron vía telefónica uno por uno, pero nadie sabía del paradero de la niña después que cruzó el portón de la escuela.
Desesperada, la señora regresó a su casa con la esperanza de encontrar a su hija, pero cuando abrió la habitación de Sofía y la vio vacía, se derrumbó sin fuerzas sobre sus rodillas, estaba confundida, no hallaba qué pensar, su mente se bloqueó saturada de angustia.
Débora comenzó a sentir una opresión en el pecho que iba en aumento, y ya con la sensación de que casi no podía respirar volvió a mirar la habitación como esperando un milagro de Dios, que el Señor se la colocara enfrente sana y salva, y en ese instante vio la mariposa.
Aguzó la vista para observarla mejor, y se estremeció al ver que el insecto tenía unos cachos puntiagudos como los de satanás y unos dientes grandes afilados. Débora se erizó, se levantó titiritando de miedo, pretendió correr, pero antes de arrancar, escuchó:
-Mami, soy yo, el demonio me tiene atrapada.
La señora Débora enseguida saltó sobre la mariposa, la tomó por los cuernos, y el animal le dijo: “Sofía es mía, me pertenece, me la voy a llevar”, era una voz vibrante, malévola, como de muertos, que se repitió en ecos tenebrosos hasta que se apagó.
No fue Sofía quien habló, pero con la voz escalofriante se sintió un llanto de fondo que era el de la niña, la señora Débora estaba segura de ello, y lejos de asustarse, rescatar a su hija de las garras del demonio la impregnó de valor, y corrió hacia la iglesia del sector con la mariposa por los cuernos.
-Esta es mi hija, está en poder de satanás –le dijo al cura y le contó lo sucedido. El sacerdote no perdió tiempo, de inmediato, tomó un crucifijo, comenzó a rezar y a echarle agua bendita. Cuando la mariposa sintió la humedad santificada sobre su cuerpo, contrajo los labios con una terrible agonía que la hizo exponer sus dientes afilados, y abatida por esa misma exasperación se sacudió tan duro que tuvieron que sujetarla con cadenas.
-Deja en paz a Sofía –le gritaba el cura y le pegaba con el crucifijo por la cabeza.
-Sofía es mía, me la voy a llevar para el infierno –le respondía la mariposa lanzándoles duros mordiscos para desagarrarlo.
El presbítero siguió rezando y echándole agua bendita, hasta que el macabro insecto se estremeció tan fuerte que casi rompe las amarras e hizo un gemido aterrador: ¡Ayyy! Con el grito, se le cayeron los dientes y quedó débil, desvanecido. El cura y Débora no pudieron con el sacudón, se desprendieron de los cuernos de la mariposa y cayeron casi desmayados.
La señora acezante fue abriendo los ojos y vio que la mariposa se transformaba en su hija; el cura observando el cambio del diabólico animal a la niña se levantó limpiándose la sotana, se santiguó, la liberó de las cadenas y besó a Cristo en la cruz. Satanás tuvo que marcharse solo al infierno. No se pudo llevar a Sofía.
“¿Mija qué te ocurrió?”, le preguntó la mamá y la niña contó lo sucedido.
Sofía al salir de la escuela, se encontró con un hombre que le regaló un caramelo, ella se lo llevó a la boca y perdió el conocimiento. Cuando despertó estaba en una casa oscura, donde sentía murmullos y un silbido espeluznante, allí vio al hombre que le dio el dulce, ahora con cachos que, agitando una vara mágica envuelta en llamas, le dijo: “Nos convertiremos en mariposa para ir al infierno”, y ambos se transformaron en el horrible insecto con dientes y cuernos, que luego se comió las arepas y se tomó el jugo con el pitillo.
Débora al escuchar el relato, tomó a su hija en los brazos, la apretujó duro contra su pecho, y llevándola a su casa le dijo que las niñas y los niños no deben aceptar caramelos o dulces ni nada a los extraños que merodean las escuelas, menos acudir a sus llamados; se puede tratar de personas malas que buscando hacerles daño, los esperan al salir de clase para raptarlos y desaparecerlos.
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