La chica eléctrica y El bobito feliz: Dos eventos tan distintos (Josué Carrillo)

La chica eléctrica y El bobito feliz: Dos eventos tan distintos (Josué Carrillo)

 

Josué Carrillo

Josué Carrillo

Fui al Centro Comercial Los churupos en el Kilómetro 4 a reparar el teléfono celular. Sábado a eso de las 2 pm. Llegué a un cucurichito con el atinado nombre de “Servicio Técnico”. Oportuno y muy bien ubicado – al frente me quedó el bar de mi amigo Hugo Morán -. A la derecha una chica linda que en veces me recordaba a Lila Morillo a los 20 cuando era vedette y, en otras,  a María Bolívar en esas fotos donde se le ve pechugona. Se me fueron los minutos volando. Estaban heladas las regionales. Un anciano solicita una colaboración, a los pocos minutos, un muchacho especial, con dificultades motoras, con el rostro punzado por la pobreza, un adolescente para quien la riqueza es ese remedo de queso fundido, tiende su mano, busco en la cartera un billete y se lo doy, me da las gracias, la puerta del bar se abre y un vallenato de Diomedes sacude la modorra de la tarde, “esa me la se yo”, dice y comienza a cantar “Que Dios me quite la vida si no te quiero/y es muy difícil que los dos nos separemos”, su cara ahora está libre de penas, la pobreza no le amarga, sigue su camino cantando… es un bobito feliz.

Antes de mediodía fui donde el árabe que dispensa avances en efectivo en El pinar. Ya había una colita como de cinco personas. Detrás de mí llegaron dos muchachas. Una llevaba short de jean, franela, sandalias plásticas, rostro común; la otra, un pantalón negro de tela suave adherido a su cuerpo, pequeña, cabello negro, largo, suelto, una franela que mostraba con generosidad el valle de su vientre, la tersura de la piel en sus hombros, labios para enamorar, dientes alieneaditos y parejos, un olor a Malva y Azaleas. Conversaba con la amiga y reía, le miraba tratando de no ser indiscreto, ella reía, me contagiaba su risa, sonreí como por instinto, ella hizo lo mismo mirándome, tocó mi turno, hice la operación, recibí mi dinero, mi tarjeta de débito y mi cédula, me hice a un lado, giré lentamente mientras metía en la cartera el dinero y los documentos, el dorso de mi mano izquierda en alto se encuentra con la piel del antebrazo de la chica sin yo saberlo, percibo los vellos de mis dedos entrelazarse con los del brazo de ella, siente mi mano la delicadeza de su piel en la parte que va del hombro al codo, segundos que se extienden al sentir poros que estallan en mil voltios, electricidad incontrolable invadiendo mis sentidos, una consternación…¡Ay, lo siento!, dice ella culpándose de haberme causado un mal, “perdón”, le digo, apenado, “no se preocupe, siempre ando eléctrica, soy así, señor”. Era cierto, aquella explosión descontroló mis sentidos, caminé hasta el carro con pasos torpes, recordando el pasaje bíblico de Jesús y la mujer con el flujo, esa pregunta “¿quién  me ha tocado? porque virtud ha salido de mi”. Me siento tras el volante recuperando la serenidad. Con una descripción detallada del camino recorrido por el dorso de mi mano en la cara del bisceps y del tríceps, sobre unos vellos cobrizos extendidos como espigas, en una piel de poros en actividad volcánica, en el brazo de una joven mujer con el cuerpo dispuesto, con la máquina del placer aceitadita, pero,  ya para mí inalcanzable.  Las chicas pasan sin saber que estoy allí y escucho cuando dice “chama, ese señor me puso a mil”.

Josué Carrillo