¿Éramos felices y no lo sabíamos? (Nirso Varela)

¿Éramos felices y no lo sabíamos? (Nirso Varela)

Ha causado disgusto entre notables de mucho brillo, la muy socorrida expresión “cuando éramos felices y no lo sabíamos”. Gente común y corriente, echando una mirada atrás, hacia el pasado reciente, comparamos el país que teníamos con todos sus defectos, con el país que ahora tenemos, arrasado por un cataclismo ideológico y convertido en escombros y miserias por el inmisericorde pillaje entronizado en el país.

También avistamos en el camino, francotiradores disparando desde sus encumbradas reputaciones, contra las bases del orden establecido en 1959. Hoy sabemos que muchos de esos disparos dieron en el blanco. En Venezuela todo se reduce a los efectos del lenguaje de odio, que emponzoña  la sociedad desde tiempos coloniales.

Descubrimos tardíamente y sin fórmulas de solución, que éramos felices, sencillamente porque no éramos infelices. En Venezuela, en condiciones normales, nadie era infeliz ni individual ni colectivamente, nadie vivía en el desespero de la desesperanza, nadie quería huir del país, nadie veía a nadie sufrir y morir de hambre, nadie vivió la desintegración familiar con la emigración forzosa e irremediable.

  En el periodo democrático 1959-1999, nadie presenció la destrucción de sus ciudades, de sus universidades, de su sistema hospitalario y salud, de las instituciones en general. Nadie vivía entre montañas de basura, nadie padecía prolongados y continuos apagones eléctricos, ni escasez de productos básicos, del signo monetario y  combustibles;  nadie sufrió la hiperinflación más alta del mundo, nadie vio sus salarios reducidos a cero. Nadie vio a multitudes matándose en un supermercado por un paquete de harina pan.

 Ningún ilustre podía afirmar a ciencia cierta que el país retrocedía, aunque no creciera adecuadamente, nadie vivió tanta corrupción y tanto desfalco del tesoro venezolano como ahora. Nadie escuchó todos los días, mensajes y discursos de odio en cadenas nacionales de radio y televisión.

En esos maravillosos años de democracia, ningún programa de los medios radioeléctricos venezolanos, era conducido por sociópatas en forma permanente y complaciente, transmitiendo sandeces y fobias apasionadas y ridículas, vulgaridades y bajezas, en nombre del comunismo de baja ralea.

El pueblo venezolano era feliz y vivía feliz con lo que tenía mientras buscaba progresar. Fue una sociedad inconforme, no conformista, luchaba por un mejor nivel de vida, alzaba la voz, protestaba, era consciente de sus debilidades y  fortalezas en su contexto específico, de sus cosas buenas y no tan buenas.

 En sentido general el venezolano era tolerante, sabía y aprendía a convivir con los demás y no dependíamos de ideologías radicales fundamentalistas. Éramos libres de pensamiento, nadie nos sujetaba ni manipulaba por un bono o una bolsa de comida, nadie inducía nuestros comportamientos y creencias, ni siquiera la fe cristiana, pues éramos sanos creyentes y no dependíamos de sectas ni obligaciones rituales.

Éramos felices y no lo sabíamos, porque aspirábamos más de lo que teníamos en todos los aspectos, pero fundamentalmente éramos felices, porque no presentíamos, no imaginábamos, no sospechábamos ni temíamos que Venezuela se fuera a derrumbar en apenas una década, mientras nos amordazaban y encadenaban. Aparentemente, los ilustres tampoco se percataron de eso, pese a que Arturo Úslar Pietri y Mario Vargas Llosa, entre otros, hicieron un riguroso análisis en 1999, con visos de profecía, de lo que vendría y desgraciadamente llegó.

 Fue así que en el período de gobierno más nefasto de la historia, donde se derrumbó definitivamente Venezuela, sus gobernantes tuvieron la desfachatez de  presentarse como candidatos, repetir sus triunfos electorales y ser legitimados  por “alacranes”. Cuando éramos felices, nadie secuestró nuestras instituciones, nadie nos vendió al mundo como un país ignorante,  masoquista, víctimas del síndrome de Estocolmo. Eso no ocurrió nunca en el pasado democrático. Hoy en día un altísimo porcentaje de venezolanos, aquí y en el exterior, viven esencialmente infelices.

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