Por Luz Neira Parra
Cada vez que cruzo el Puente General Rafael Urdaneta, inevitablemente miro hacia abajo.
No es un gesto consciente. Es casi un reflejo. El lago se abre inmenso bajo la línea interminable del concreto y, por un instante, vuelve a la memoria una historia que el Zulia no ha olvidado.
Cuando fue inaugurado en 1962, aquel puente era una proeza de la ingeniería civil latinoamericana. Durante años fue el puente de concreto pretensado más largo de América Latina, extendiéndose casi nueve kilómetros sobre el Lago de Maracaibo. Para la región era algo más que una obra de infraestructura: era un símbolo de modernidad, la conexión definitiva entre la capital zuliana y el resto del país.
Pero también se convirtió en un emblema de la zulianidad, un ícono cultural comparable a la Estatua de la Libertad en Nueva York o al Big Ben en Londres. El puente General Rafael Urdaneta no solo une orillas, sino generaciones, memoria y orgullo regional, se le componen y se le cantan gaitas y siempre aparece como el mayor simbolo de la iconografia de Maracaibo.
Sin embargo, este coloso también ha vivido sus noches trágicas .La noche del 6 de abril de 1964, el tanquero Esso Maracaibo, vinculado a la red petrolera de la transnacional Esso, perdió el control mientras navegaba bajo el puente. El impacto contra varios pilares provocó el colapso de un tramo entero de la estructura. En segundos, siete personas cayeron al lago, y el país despertó al día siguiente con la imagen de un puente quebrado y un lago que parecía tragárselo todo.
Yo era apenas una niña, pero recuerdo la inquietud de mis padres cuando la noticia comenzó a circular en Maracaibo y la desesperación de la gente buscando el Panorama para enterarse de la noticia. Mi padre por muchos años timonel de esos barcos petroleros que entraban al lago por petróleo no salía de su asombro y, como muchas otras familias de la ciudad, aquella noche sentimos de cerca la incertidumbre que recorría los hogares en Maracaibo y en la costa oriental del lago.
Con el tiempo el puente fue reparado y la vida siguió su curso. Los vehículos volvieron a cruzarlo diariamente, como si el lago hubiese guardado silencio sobre lo ocurrido.
Sin embargo, para muchos zulianos quedó una memoria invisible.
Porque cada vez que uno atraviesa esa inmensa línea de concreto sobre el agua, hay un momento en que la mirada se dirige inevitablemente hacia el lago. Y en ese gesto silencioso aparece la conciencia de que allí, bajo esas aguas tranquilas, una vez desapareció un pedazo del puente.
Tal vez por eso el Puente sobre el Lago no es solo una obra de ingeniería.
Es también un lugar donde la historia, la fragilidad humana y la memoria colectiva se cruzan en medio del viento y del horizonte, y donde la cultura zuliana encontró un emblema que la representa.
“Y cada vez que el puente se extiende ante mis ojos, sé que bajo sus aguas duerme una noche que no debemos olvidar.”
Profa Luz Neira Parra Msc
@luzneirap