El piso (Josué Carrillo)

El piso (Josué Carrillo)

Josué Carrillo

Josué Carrillo

Cuatro días esforzados con soles y sudores. Algo simple para albañiles entrenados. Una odisea para neófitos, principiantes o aventureros como yo. En las jornadas un acompañante, Carlos Alejandro, ese chico que sin llevar mi sangre me pide la bendición. La meta: un piso de no más de 3 metros de largo por dos y medio de ancho y 4 centímetros de grosor. Un piso rústico. Sin pretenciones. Sin exigencias. Hacer el cuadro. Montar el encofrado. Poner algo de cabillas – dada la ausencia de malla –, vaciar el concreto que debe ser mezclado, batido. Dura tarea para músculos cansados de no hacer nada – me refiero a los míos -, los de Carlos Alejandro más fuertes, pero, seducidos por el fútbol y las pesas.

Los retos a superar:
1-. Errores en el cálculo del material
2-. Impericia en el manejo de las herramientas: pala, cuchara, llana, nivel y martillo.
3-. El sofoco de estos días sedientes y con vientos de arena.

No arrugamos. Fuimos persistentes. Tres, cuatro viajes a la ferretería en busca de frijolito y arena blanca; luego, “parir” el “tantito” de cemento que nos hizo falta. La cuñada, Yajaira, nos regaló un cuarto de saco, el resto, lo compramos “kiladito” que llaman. Al cuarto día cubrimos el cuadro. Caímos extenuados en las sillas. La tarde nos pesaba en los hombros y en los ojos. A un margen escribí como los hombres primitivos de las cuevas “Mi regalo de cumple… gracias, Carlos Alejandro y Yajaira”. El chico leyó con esa pausa con la cual leen los liceístas, sonrió, le noté complacido de haberme ayudado, de haberme acompañado en mi regalo. Sentado, tomando el enésimo vaso de agua helada, le explico: “tal vez muchos van a creer que este piso es mi regalo de cumple”. “¿Cómo así? ¿Qué es entonces?”, me pregunta, contrariado. “El piso no es el regalo, Carlos Alejandro, el regalo es haberlo hecho, el propósito que tuvimos, el cansancio que nos causó, la tenacidad con la cual llegamos al final, el tiempo que hemos compartido ambos aprendiendo uno del otro, echando el hombro uno al otro …¡ese es el regalo, sentirme capaz, ser capaz de hacer, de construir aquello que me proponga!”. El chico comprende. Se levanta orgulloso. Yo quedo observando las fallas que dejamos, esas imperfecciones propias de los principiantes o aprendices, veo en ellas lo hermoso. Me regalé un piso en cuyo concreto hay sudor y lágrimas, hay tantos momentos amargos sin poderlos explicar, sin poderlos entender… un piso marcando momentos a los que creí no llegar, un piso que había soñado hacer bajo otros signos, bajo esas alegrías que creo merecer.
Josué Carrillo