El duende de los niños sin dientes (Cuento infantil, Alberto Morán)

El duende de los niños sin dientes (Cuento infantil, Alberto Morán)

Alberto Morán

Alberto Morán

Los aplausos de los alumnos alertaron a las maestras en el recreo. Presurosas buscaron en el patio de la escuela la reunión infantil, y se encontraron con el Niño Desobediente triste en el centro del grupo; muy consternado mostraba a los compañeros su primer diente flojo.

Las docentes al verlo afligido moviéndose el incisivo con la punta de la lengua, aplaudieron con el resto de los escolares aclarando que eso no era motivo de tristeza, sino de alegría, algo normal en los niños.

-A las personas nos nacen primero los dientes de leche, después se van cayendo y en su lugar salen los de hueso que duran hasta que nos hacemos adultos –le dijo su maestra.

-¿No voy a quedar sin dientes? – dudó el Niño Desobediente.

-No, se te caerán los de leche y te saldrán los de hueso –le aseguró la educadora- y explicó que los dientes de leche brotan de seis a doce meses, para que los lactantes aprendan a hablar y a masticar. Y se les caen de cinco a seis años en adelante. ¿Escucharon?

– ¡Sííí! –gritaron los alumnos.

-Shhh… ¡Bueno ya! -La maestra impuso orden-. Cuando un diente se cae es causa de alegría, los niños, incluso, pueden recibir regalos.

-¡Regalos!, -gritó el Niño Desobediente con una voz que rebasó la algarabía del grupo, pensando en el carrito de bomberos que tanto quería.

-Sí, pero tienen que cepillarse los dientes por lo menos dos veces al día – alertó la docente-. ¿Saben cómo?

-¡Sííí! – dijeron los muchachos.

-¡Sin gritar! –advirtió la maestra con autoridad-. Lo explico de nuevo: es necesario un cepillo con la cabeza pequeña y las hebritas suaves. Echan un poquito de pasta dental a las cerditas y la humedecen; luego se pasan el cepillo de arriba hacia abajo por delante de los dientes, después por detrás con el cuidado de no tragar espuma. Por último, se enjuagan la boca.

-¿El regalo, el regalo? –reclamaban los escolares.

-¡Shhh! ¡Silencio! Si han tenido una adecuada higiene bucal, cuando una piececita se les cae, deben participarle a sus padres y guardarla con el conocimiento de ellos; posteriormente vendrá Don Titi, el duende de los niños sin dientes, se la llevará y en su lugar dejará un regalo.

-¿Duende? ¿Don Titi? –se preguntaron los alumnos tan emocionados como desconcertados.

-Sí, ¿no han oído hablar de Don Titi, el duende de los niños sin dientes?

-¡Nooo! –respondieron los niños alborozados.

-¡Pero no griten! ¡Si no se callan no les cuento! El duende de los niños sin dientes es una criatura mágica, como del tamaño de ustedes, con cuerpo y cara de niño, orejas de perro, ojos de gato, colita de cerdo y nariz de chivito, no lo verán, pero él llegará y hablará con sus papás.

-¿Y dónde vive?, maestra.

-Vive entre las nubes y cuando lo llaman para que traiga un regalo a un niño que perdió un diente de leche, baja con sus alas grandotas que le permiten volar como los pájaros y las aves.

Los alumnos avasallaban a la maestra de preguntas sobre Don Titi, hasta que la educadora concluyó la tertulia y el Niño Desobediente se marchó contento, pero siguió sin cepillarse ni hacerle caso a sus padres.

En silencio esperaba que se le cayera la piececita dental para esconderla, y que el duende le trajera el carrito de bombero. A los pocos días, bañándose, se restregaba la cara cuando el dientecito le quedó en la mano y calladito lo introdujo en una caja de zapatos.

El Niño Desobediente iba seguido a su habitación, esperaba ansioso el regalo, pero en una oportunidad entró, abrió la caja y no vio el trocito esmaltado. Buscó en el clóset y tampoco. Miró bien los alrededores del cuarto y lo avistó sobre el colchón.

Quiso tomarlo para volverlo a guardar, pero el dientecito le sacó la lengua y comenzó a saltar. El chiquillo le tiró un manotazo para atraparlo, pero la piececita brincando se subió en la almohada, el muchacho la siguió. Luego, el diente se lanzó al piso y se metió debajo de la cama.

El Niño Desobediente también lo siguió debajo de la cama; la paletita blanca, al observarlo, huyó veloz y se encamaró en la mesita de noche bailando, moviendo las caderas, se burlaba del pequeño que pretendía agarrarlo; el dientecito trepó la pared y cuando se percató de que el infante continuaba detrás de él, se arrojó al piso. El chiquillo bajó rapidito, pero no supo para dónde le tomó.

Buscó y buscó y lo observó arriba del televisor, el dientecito se seguía mofando del escolar, le hacía muecas, piruetas, saltaba en un pie en los dos pies, corría, el Niño Desobediente muy cansado, lo perdió de vista.

El escolar al no ver más la piececita dental se puso triste, Don Titi no le traería el carrito de bombero; desconsolado fue llorando a contarle a su mamá. Y su progenitora le explicó que eso le ocurrió por ser un pequeño desobediente, que no hacía caso ni en la escuela ni en la casa, tampoco le decía nada a sus padres, ni se quería cepillar, por eso el dientecito huía de él y lo burlaba.

La mamá regresó con su hijo al cuarto, y allí encontraron el incisivo tranquilito en una gaveta de la peinadora. Ambos lo devolvieron en secreto a la caja de zapatos y, al día siguiente, desapareció, pero en su lugar, el duende le dejó el carrito de bomberos y se marchó volando.

Contento mostró el regalo a sus padres y les prometió que de ahora en adelante, hablará todo el tiempo con ellos, para contarles lo que le sucede en la calle, los acontecimientos de la escuela y se cepillara por lo menos dos veces al día. Ya no será más un niño de desobediente. [email protected]

@AlberMoran