El asesinato del médico con los zapatos nuevos (Relatos de muerte 42, Alberto Morán)

El asesinato del médico con los zapatos nuevos (Relatos de muerte 42, Alberto Morán)

 

Cuando el hampón lo apuntó con la pistola y le pidió los zapatos, al médico, que acababa de soltar la guardia,  le pasó por la mente en fracciones de segundos la película de obtenerlos; se vio como el protagonista que fue en la vida real de un drama en conflicto con la miseria, privándose de las ganas de ir al cine, de comerse un perro caliente, de tomarse una cerveza; se veía en la imaginación encerrado en su casa, evitando las fiestas con amigos los fines de semana, abriendo la cartera y observando los billetes planchaditos con las caras de un solo lado, reunidos con el sacrificio de completar el dinero  de comprar los calzados que nunca había podido tener; por eso,  quizás, cometió la torpeza  de querer ser más rápido que la bala mortal que le entró por la espalda.

                El médico tuvo un desempeño brillante durante su formación profesional, lo que le facilitó encontrar trabajo en el mismo hospital donde expiró, y después de graduado se hizo respetar entre los mejores especialistas. Fue un estudiante sobresaliente en la universidad desde los primeros años, hasta que se graduó con honores. Cursando el bachillerato destacaba por sus buenas calificaciones y su decisión de estudiar medicina. En primaria, el pequeño ya hablaba de hacerse médico y así se lo comentaba a sus amiguitos. Durante su educación preescolar, la mamá lo hacía garabatear los dibujos del aparato digestivo o cuestiones alusivas al cuerpo humano; aún sin dar los primeros pasos, su progenitora le compraba estetoscopios de juguetes u otros entretenimientos relacionados con la medicina.

                La mañana que Natalia Valentina llegó a la prefectura y lo asentaron en el libro con el nombre de Santiago, se dijo así misma que su hijo sería médico. Antes, con esa convicción se lo aseguró al hombre que la embarazó y desapareció.

Se lo dijo cuándo novios la tarde que se le entregó, se lo advirtió dándole el primer beso, previo a decirle “sí, te quiero”, porque Natalia Valentina lo intuyó desde que conoció a Renzo Caicedo -un moreno musculoso de ojos atigrados con una leve cicatriz sobre la ceja izquierda-, comprando en el supermercado. Natalia Valentina lo pensaba desde adolescente, cuando su mamá la llevaba a la consulta de rutina con el galeno.

Lo comenzó a percibir desde niña, que Natalia Rosa dándole tetero le decía: “tienes que tener un hijo varón, para que sea un médico brillante cómo su abuelo, así se lo prometí cuando moría en el hospital, ese aciago día que soltó la guardia, salió, y enseguida lo llevaron de vuelta mal herido; un ladrón le pegó un tiro y le quitó los zapatos nuevos, que logró comprar después de tanto tiempo ahorrando.

Natalia Rosa se lo sembraba en la conciencia a su pequeña hija, porque así se lo decía a ella su mamá Natalia Camila: “tienes que tener un hijo varón, para que sea un médico exitoso como su abuelo, se lo juré en el hospital donde laboraba y terminó falleciendo, después que, saliendo del trabajo, un ladrón le propinó un disparo por la espalda y lo despojara de los calzados que estrenaba, y que su precario poder adquisitivo no le permitían adquirir”.

Y a Natalia Camila le decía su mamá Natalia Argimira: “tienes que tener un hijo varón para que sea un médico rutilante como su abuelo”, le dí mi palabra en el hospital donde prestaba servicio la vez que, culminadas sus labores, se despidió y en el camino un atracador lo sometió y le agujereó la espalda de un balazo, para robarle los mocasines recién comprados, que siempre veía en la zapatería, pero que nunca había podido obtener por falta de dinero.

Ahora, cuatro generaciones después de puras descendientes hembras en la familia, Natalia Valentina lloraba estremecida sobre el ataúd de su único hijo varón, y se estremeció todavía más, cuando una viejecita desconocida se le acercó y dándole el pésame, le soltó -como un simple comentario, como algo desinteresado y sin ninguna intención- que el tatarabuelo de su hijo por parte de madre, era un moreno musculoso de ojos atigrados con una leve cicatriz sobre la ceja izquierda, y se llamaba Renzo Caicedo, igual que el padre de Santiago, el mismo de zapatos nuevos y relucientes que la deslumbró en el supermercado, la embarazó y desapareció, igual como desapareció la misteriosa ancianita, cuando Natalia Valentina, luego de meditar al respecto, quiso buscarla y pedirle mayores explicaciones.

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