“Decreto de Guerra a Muerte” y el discurso de odio (Nirso Varela)

“Decreto de Guerra a Muerte” y el discurso de odio (Nirso Varela)

“Decreto de Guerra a Muerte” y el discurso de odio (Nirso Varela)

“Decreto de Guerra a Muerte” y el discurso de odio (Nirso Varela)

El discurso antiespañol a inicios de la gesta independentista venezolana, fue básicamente un recurso lingüístico para justificar la secesión territorial del Reino de España y la ruptura con La Regencia instalada en Cádiz. Se expresó con énfasis en el Acta del 19 de abril de 1810 y con más contundencia en la Declaración de Independencia el 5 de julio de 1811.

El lenguaje de odio propiamente dicho, fermentó con la guerra, tras la violación de los términos suscritos en la capitulación de San Mateo, firmada por Francisco de Miranda en julio 1812, y la posterior implantación de la Ley de Conquista por el General realista Domingo Monteverde, dando origen a terribles represalias contra los republicanos, tales como fusilamientos, degüellos, destierros y confinamientos inhumanos en las mazmorras de los castillos de San Carlos y Puerto Cabello, incluyendo al mismo Miranda.

Como contrapartida, en Trujillo, el 15 de junio de 1813, Simón Bolívar firmó el “Decreto de Guerra a Muerte”, una Proclama que se convirtió en la  máxima expresión del lenguaje de odio de la época. No solo acusó a sus muy cercanos antepasados españoles de ser tiranos durante los tres siglos de innegable civilización colonial, sino que señaló a los americanos de ciegos, ignorantes y criminales, por apoyar la causa de la monarquía española.

 Ambas razones fueron exageradas: ni los peninsulares tenían esclavizada a la sociedad venezolana, menos aún a los mantuanos propulsores del movimiento 19 de abril de 1810, ni los venezolanos estaban “extraviados de las sendas de la justicia”.

Esa proclama no hizo mella en el ánimo de la mayoría de venezolanos, pese al trillado grito de Libertad. Su contenido fue redactado con léxico elitista y aristocrático. La guerra de exterminio trascendió toda confrontación de ideas. El grueso de la población, o “populacho”, obligada a alistarse en los ejércitos, no tenía conciencia de patria, más allá de la propia identidad familiar, étnica y parroquial, que adquirían al momento de ser bautizados.

Antes que americanos o súbditos del rey, eran apureños, caraqueños o corianos, casi todos analfabetas, ceñidos a la cultura inmaterial aprehendida en sus localidades, y al modo de vida agreste que imponía la subsistencia. No obstante, la doctrina católica regía una drástica moral comunitaria expresada en sanas costumbres y antiguas tradiciones, donde el amor, y no el incesto, era el punto de partida de la procreación.

Toda aberración social era sacrilegio. Las excepciones puntuales no socavaban la moral colectiva. Ahora, en la guerra, se transfiguraban. Dejaban a un lado todo principio religioso o pauta moral y se consagraban a matar y saquear, bajo las circunstancias de vencer o morir en el campo de batalla. Más no era esa su naturaleza humana, como se pretende, ni genética ni cultural. Las  inferencias sobre el llanero salvaje y asesino, son burdos alegatos racistas.

Los efectos del lenguaje de odio se revirtieron en Bolívar después de alcanzar la cúspide del triunfo y la gloria. A partir de 1826, se intensificó un imponente discurso de fobia  contra su persona, desde el triángulo Lima, Caracas, Bogotá, que en mucho contribuyó a llevarlo a la tumba exageradamente desprestigiado, vilipendiado y desmoralizado en 1830.

Bolívar murió amargado, no deplorando su fracaso personal, sino lamentando el derrumbe de la Gran Colombia. En su ruta del río Magdalena hacia el exilio y la muerte, vio desplomarse definitivamente el proyecto, que él consideraba la gran oportunidad de edificar para el futuro, un pueblo unido, libre, soberano, independiente, grande, poderoso y autosuficiente, abocado al ideal de “moral y luces son nuestras primeras necesidades”. Colombia y la Confederación Suramérica, sus utopías frustradas, marcharon al unísono, junto a él, al sepulcro. No solo “aró en el mar”, ni siquiera pudo sembrar sus sueños.

El discurso de odio contra Bolívar se mantuvo vigente durante los 12 años  de ostracismo a que fue sometida su obra y existencia después de expirar el 17 de diciembre de 1830. Bolívar fue en Venezuela un mal recuerdo hasta 1842, cuando emerge, contra sus deseos en vida, investido de un colosal culto a su persona. Desde allí han surgido diversos  matices interpretativos acerca de su verdadera obra, y desde su muerte hasta hoy, no le han faltado enemigos. 

Han tratado de poner en duda su don de estratega militar y ductor de una de las hazañas militares más impresionantes de la historia universal, tanto en esfuerzo físico, distancia recorrida, escenarios de guerra, vicisitudes de las marchas, como  sus resultados: fundó tres repúblicas, Colombia, Perú y Bolivia, hoy constituidas por seis naciones que le reconocen como Libertador.

Nada impide que sea considerado uno de los personajes más importantes e interesantes de la historia de la humanidad, por su rol de libertador y no conquistador, de republicano y no emperador, de demócrata y no autócrata, de fundador de repúblicas y no destructor de civilizaciones.

¿Fue un dictador? Las Dictaduras asumidas por Bolívar en 1813 y 1828, fueron instancias legales concebidas en las leyes vigentes del momento, para atender emergencias y resguardar el orden. No el producto de  golpes de Estado ni el manejo arbitrario del resto de los poderes. Cuando Bolívar arribó a Caracas después de la “Campaña Admirable”, no existían poderes establecidos.

Y en 1828, tras el fracaso de la Convención de Ocaña, disolvió los poderes e instauró la dictadura de acuerdo a sus atribuciones como presidente constitucional. Fue así que el discurso y los escritos contra su persona se exacerbaron, a través de una poderosa campaña de calumnias, injurias y ultrajes, que condujeron a la noche septembrina de Bogotá.

La cruzada de desprestigio contra Bolívar se mantuvo a lo largo de los años, aun después de su muerte, y se mantiene hoy, a veces con tanta saña, como la desplegada por la pluma de su compatriota José Domingo Díaz (1784-1836), tal vez, el peor enemigo y acosador de Bolívar. Algunos autores, igual que Díaz, lo han tildado de asesino y cobarde, sin disimular sus sesgos racistas y ególatras.

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