De Interés: ser pesimista también es bueno (María Elena Araujo Torres)

De Interés: ser pesimista también es bueno (María Elena Araujo Torres)

María Elena Araujo Torres

María Elena Araujo Torres

Dicen que ser optimista es el estado ideal para alcanzar la felicidad y el éxito en la vida, mientras que el pesimismo reforzaría lo contrario. Sin embargo, pareciera que debe existir un sano equilibrio entre ambas conductas o disposición ante los hechos cotidianos, para que el mundo funcione sin los nocivos extremos.
El optimista espera siempre lo mejor de todo lo que ocurre y trata de sacarle provecho a las situaciones que aparentemente son malas. Se recrea en pensar que cada vez que algo negativo acontece es porque le sigue algo mejor. “Cuando una puerta se cierra, dos se abren”, “Lo que ocurre siempre es lo mejor”.
Si sufre un accidente trata de sacarle provecho a la circunstancia de que pudo haberle ocurrido algo peor, también analiza el proceso de recuperación como un logro obviamente beneficioso. Cuando sus proyectos no resultan como los concebía entonces analiza para sopesar el aprendizaje que obtiene y le servirá para corregir y perfeccionar los próximos intentos.
El optimista se supone es entusiasta, dinámico, emprendedor, valeroso, características que refuerzan la confianza en sus capacidades para enfrentar con perseverancia y buena disposición anímica cualquier contrariedad que pueda presentársele. Trata de ver el lado bueno a las personas de su entorno y como ya referimos antes, encontrar soluciones, ventajas y posibilidades ante los inconvenientes surgidos.
Suele reforzar su perseverancia en cualquier propósito por nimio que parezca pues el éxito final dependerá de ello. Algunos pudieran estar claros en que la consecuencia lógica del optimismo no siempre es el éxito, que se pueden equivocar, pero que lo importante es una actitud de recomenzar permanentemente sobre acciones, decisiones, hechos y vivencias; observar en qué se falla para entender, corregir y lograr en próximos intentos los objetivos tan deseados.
Mientras que el pesimista en vez de ver el vaso medio lleno lo ve medio vacío; supone que el mundo está en su contra; puede llegar a considerar que si algo no salió como aspiraba en el pasado seguramente en el presente y futuro ocurrirá lo mismo, aunque se encuentre en otras circunstancias; estima que la enfermedad, las dolencias, forman parte de su atropellada vida; considera que la mesa siempre cojea de alguna pata y que cuando no es una cosa mala es otra; si es mujer puede pensar que ningún hombre sirve o viceversa, que es mejor vivir solo que mal acompañado. El pesimismo hace dedicar tiempo a cosas que todavía no han ocurrido y que posiblemente nunca vayan a ocurrir. Es una pérdida de tiempo.
Seguramente desde su niñez vivió en un ambiente nocivo donde la queja, la negativa disposición a los cambios, hechos de la vida cotidiana, representaban actos pesados, indeseables y la sensación de tener mala suerte se volvió causa común al seno familiar.
El optimista y el pesimista forman parte de todos los espacios, pudiéndose presentar una variante de combinación inclinada más hacia un comportamiento que al otro. El caso es que pudiera calificarse de normal la combinación siempre y cuando no se conviertan en actitudes nocivas contra nosotros mismos o quienes nos rodeen.
El optimismo y pesimismo llevándolos al extremo, a su máxima expresión, pueden ser contraproducentes, pues como todo, los extremos siempre provocan efectos dañinos. Ser demasiado optimista sin marcar diferencia entre las expectativas posibles y el autoengaño pueden a la larga provocar zozobra, incredulidad y hasta la posibilidad de saltar la talanquera hacia el pesimismo. Ser demasiado pesimista suele convertir la vida en un andar miserable, alejar hasta a familiares fastidiados ante actitudes derrotistas que invitan a la tristeza y malestar.
El equilibrio entre optimismo y pesimismo podría calificarse como el estado saludable para vivir el día a día. Esperar lo mejor pero estar preparado para cualquier eventualidad sería lo ideal, ahorraría disgustos, decepciones, a la par que permitiría asimilar con mayor sosiego el alcance de logros proyectados. Así entenderíamos entonces que: el optimista inventó el avión, el pesimista el paracaídas; el primero tiene el no como palabra preferida y trata de buscar la parte negativa de cualquier situación, el segundo usa con bastante frecuencia el sí y analiza la parte positiva tanto de la gente como de las circunstancias del entorno.
María Elena Araujo Torres