De Interés: No creas todo lo que oyes ni lo que supuestamente ves (María Elena Araujo Torres)

De Interés: No creas todo lo que oyes ni lo que supuestamente ves (María Elena Araujo Torres)

María Elena Araujo Torres

María Elena Araujo Torres

El empeño de algunas personas en aparentar tener poder, influencias o la capacidad de controlar a otros tiene mucho que ver con las ansiedades por sentirse importante ante el entorno que en determinado momento pueda rodearle. Según expertos en comportamiento humano esta conducta tendría que ver –como siempre- con profundos complejos desarrollados desde la niñez, practicados en la adolescencia y fortalecidos en la adultez.

Estamos refiriendo a esa gente que dice ser amiga de políticos influyentes, de hombres poderosos económicamente y, hasta de personas que puedan tener algún cargo medio en organigramas institucionales o empresas. Son capaces de narrar incluso conversaciones que mantienen con los personajes en cuestión y hasta de fingir llamadas hablándoles con la confianza que da la amistad o girándoles supuestas indicaciones respecto a algún procedimiento que deben realizar. Todo esto delante de público, con el propósito de tener un efecto de admiración tal vez o demostrar su poder sobre las personas en cuestión.

Es posible que quienes realizan esta práctica sean gente carente de mala intención, lo que conocemos en el argot criollo como pantalleros, con ciertas disfunciones de conducta o extraños complejos de personalidad. Sin embargo, es importante mantener la cautela ante casos que puedan representar situaciones de peligro pues este también es un truco utilizado por personas con insanas intenciones capaces de perpetrar acciones que puedan afectar la integridad de los sujetos de sus prácticas.

La formación académica, edad, condición social, no son indicadores específicos para caracterizar este tipo de comportamiento. Cuantos profesionales -incluyendo quienes presumen seriedad, sobriedad- asumen esa personalidad, ese alter ego. Son capaces de conversar telefónicamente con gente poderosa o influyente, como si conversaran con su mejor amigo. Obviamente delante de quienes quiere impresionar por determinadas razones de su interés. El caso es una táctica para conseguir determinados objetivos, o, en su defecto, solo para aparentar.

Posiblemente quienes realizan esta práctica se sientan  poderosos, realizados o gusten subir de esa manera la adrenalina (hormona secretada que provoca aceleración del ritmo cardíaco, aumento de la fuerza de los latidos del corazón, subida de la presión arterial y la dilatación de los bronquios, según diccionario médico). Las razones personales son infinitas pero siempre absurdas, pues alimentan las emociones de supremacía sin generar realmente beneficios que le permitan fortalecerse para ser un mejor ser humano.

Y cuando referimos el hecho de no creer  todo lo que oyes ni lo que supuestamente ves es precisamente a las apariencias, a las acciones fingidas, a los teatros itinerantes que algunas personas interpretan sin ser actores formales. Es cuando observamos conductas aparentemente amable en seres agresivos cuando nadie les ve; en padres amorosos públicamente pero maltratadores en privado. Mujeres que insisten en demostrar que son felices con su pareja o viceversa cuando la relación es un verdadero infierno. Quienes muestran gestos de amistad pero expresan desprecio cuando se les da la espalda.

La parte negativa de todos estos escenarios señalados es el daño que se hacen a sí mismos quienes insisten en fingir, en decir o aparentar situaciones distantes de sus verdaderas realidades. Si somos nosotros quienes lo hacemos, indefectiblemente causamos un agresivo daño no solo a nosotros sino a las personas que nos frecuentan, en especial a la familia más cercana, con el riesgo de perder credibilidad cuando digamos o mostremos verdades  verdaderas. Mentirnos y creernos nuestras propias mentiras es el último eslabón en el mundo de las apariencias.

María Elena Araujo Torres