De Interés: los pobres mentirosos (María Elena Araujo Torres)

De Interés: los pobres mentirosos (María Elena Araujo Torres)

María Elena Araujo Torres

María Elena Araujo Torres

El tema de la mentira se trata una y otra vez, desde diferentes ángulos, para descalificar a los mentirosos y tal vez para darse golpes de pecho enjuiciándolos  como especie ajena, como otros, nunca para reconocerse como tal. En fin, el tema da mucha tela para cortar.

En esta ocasión señalamos a la gente mentirosa como víctimas, más que como seres malignos o enemigos de quienes son sujetos de sus desvaríos. Y escribimos víctimas porque definitivamente quien utiliza la mentira como de vida indica a todas luces que esas fueron las enseñanzas que recibió en su hogar. Tal vez muchos no estén de acuerdo pero definitivamente es así.

Hay madres o padres que se preguntan por qué sus hijos son mentirosos, los regañan y hasta castigan físicamente para que no lo hagan. Pero obviamente estas reprimendas las realizan cuando el descendiente utiliza mentiras que les perjudica  su imagen como tutores, o muestran a los demás un hijo o hija con nociva conducta. Sin embargo, los hijos usualmente modelan a sus padres o tutores. La mayoría lo hace, y quienes se comportan de manera opuesta a sus padres por  lo general es con propósito rebelde, a menos que ya encaminados hacia la adultez los motive ser mejor que quienes le criaron, en el caso de haber recibido imágenes negativas de sus predecesores.

El caso es que ser mentiroso o mentirosa es un triste papel que condena al titular ante el entorno social que le corresponda vivir. Pierde credibilidad. Tiene éxito hasta que le conocen y descubren su falsedad. Algunos tienen elevado poder de convencimiento entre quienes se dejen timar. Suelen manejar un léxico con términos rimbombantes, poco usados en los dialectos diarios, muchas veces señorean timbres de voz especial, cálida, agradable a los oídos. Manejan argumentos que saben gustan a sus interlocutores y se enorgullecen de esta supuesta virtud. A la mayoría les place tener público que escuche sin interrupción sus encantadoras charlas.

Sin embargo, suelen ser charlatanes, y aunque parezca un contrasentido tienen éxito en algunos escenarios. Hay gente que confía en ellos, sobre todo si sus víctimas no manejan los temas en que el mentiroso aparenta ser docto. Por supuesto, tratan de lucirse delante de personas objetivo de sus intenciones, ya sea para ganar prebendas económicas, laborales o perpetuar algún plan personal.

Pero vivir en ese mundo de falsedad es frágil, porque siempre encuentran gente que les reconoce como aprovechadores, oportunistas, ya sea porque les ha observado aplicar los mismos argumentos en otros escenarios o sencillamente porque la experiencia les hace conocedores de este tipo de personajes que hablan mucho, viven tratando de convencer con testimonios aparentemente brillantes, pero hacen poco. Viejos adagios refieren que quien mucho habla poco hace. La vida ha demostrado que es así. Los grandes timadores, estafadores, suelen manejar brillante vocabulario, convincentes argumentos y aparente carisma para poder lograr perpetuar sus delitos. Si no manejaran esos elementos entonces difícilmente podrían convencer a la gente de desembolsarles dinero o facilitarles beneficios que una persona discreta solo conseguiría con sus hechos, comportamiento honesto, sin parlamentar tanta cháchara.

La vida del mentiroso es triste porque debe inventar mentiras permanentemente para mantener la credibilidad de las anteriores, seguramente la zozobra de vivir inmerso en un mundo de falsedad no le permite encontrar el camino de la paz. A lo largo de su vida se va convirtiendo en un puente roto, aleja a las personas de bien, pocos terminan creyéndole y lo peor, siembra entre su descendencia la semilla de la falsedad. Lo bueno es que el mentiroso  puede curarse si quiere y se esfuerza por lograrlo. De hacerlo, seguramente descubrirá el bienestar que busca absurdamente al mentir.

María Elena Araujo Torres