Chipi, el osito de chocolate (Cuento infantil, Alberto Morán)

Chipi, el osito de chocolate (Cuento infantil, Alberto Morán)

Alberto Morán

Alberto Morán

La niña caminaba de la mano de la mamá en el supermercado, de repente se soltó aligerando el paso hacia el estante multisabor de chucherías y, en el colorido exhibidor, se detuvo encantada en la sección de chocolates.

-Mami, quiero uno –dijo.

La mamá revisó el bolso grande estampado de flores y asas cortas, que le colgaba del brazo doblado en forma de gancho mucho más abajo de la cintura. Metió la mano, sacó una blusa de seda que se colocó en el mismo brazo mientras buscaba y, entre estuches, frascos, pinzas, cortaúñas, lápiz de labios sin tapa, facturas, récipes, una tetica de café detallado, recogió un sencillo en monedas que ya habían perdido el brillo, lo contó rapidito y, al final, no sacó nada.

-Mami quiero uno -insistió la niña.

-No tengo dinero hija –le dijo-. La pequeña se enfadó y comenzó a llorar. La señora continuó buscando y revisando los precios de la tienda sin perderla de vista, hasta que se vio en la obligación de ir a su encuentro, la niña seguía sin moverse del sitio con las manitos en la cara llorando en silencio por el dulce.

-Ven mi amor, ven –le pidió con voz arrulladora.

-Quiero un chocolate –gimoteó la pequeña-. La señora le tomó la barbilla en sus manos y le secó las lágrimas.

-Ahora no tengo dinero, pero cuando cobre la quincena te lo compro. La señora siguió y la niña se quedó sollozando en el estante. En ese momento vio que un osito de chocolate intentaba decirle algo. La muchachita lo miró sorprendida y escuchó cuando el animalito le habló.

– Hazle caso a tu mamá, tienes que obedecerle y ser una hija buena–le dijo.

-Ven conmigo –lo invitó la niña.

-Pórtate bien con tu mamá y te aseguro que te daré una sorpresa.

-No te creo –desconfió la chiquilla.

-Seguro que sí, te lo prometo, yo soy amigo de los niños.

-¿Cómo te llamas?

-Me llamo Chipi –le respondió el osito.

La pequeña siguió detrás de su mamá pensando en que el plantígrado de chocolate iría con ella, pero se marcharon y no apareció por ningún lado. La niña no dejó de pensar en lo que le dijo el osito, y pensando en lo que le dijo, llegó la quincena.

La mamá en esa oportunidad no la pudo llevar de compras, se marchó sola, pero la infante ansiosa estuvo atenta a su regreso. Cuando la señora volvió a su casa, la hija ni siquiera esperó que se deshiciera de la cartera morral y de la bolsa plástica del supermercado, de una vez la increpó.

-Mami, me trajiste el chocolate –le preguntó.

La señora hizo silencio y la miró con las lágrimas al borde de los parpados. La pequeña comprendió y también comenzó a llorar. La madre la estrechó contra su pecho.

-No me alcanzó el dinero ni para la comida de la quincena –dijo revolviendo de nuevo su bolso de nylon tipo trapecio invertido, y tampoco encontró nada con qué consolar a su muchacha. Le explicó que el chocolate que ella quería era demasiado caro, pero su hija no entró en razón.

Al día siguiente, a la hora del desayuno, la niña no quiso comer, el almuerzo tampoco lo probó. La madre se comenzó a preocupar. Temía que la niña enfermara. De allí que la señora la tomó, se la sentó en el regazo y le aconsejó que debía ingerir alimentos, de lo contrario, se vería afectada su salud, además todos los hijos tienen que acatar lo que le dicen sus padres.

Cuando la madre habló de obedecer, la muchachita recordó lo que le dijo Chipi, el osito de chocolate: “tienes que hacerle caso a tu mamá.”

-Mami tengo hambre, dame la comida –dijo- y la señora enseguida le sirvió. Al segundo día, la pequeña comió sin reparos lo que su progenitora le colocó sobre la mesa.

Al tercer día en la noche, dormía plácidamente cuando escuchó que abrían la puerta de su cuarto y encendían la luz. Ella se percató, sabía que alguien había entrado, pero creyó que era su progenitora y continuó con los ojos cerrados. Sintió luego pasos leves sobre el colchón y que le daban un besito cariñoso en la frente.

Al beso, la chiquilla percibió un marcado olor a chocolate y enseguida abrió los ojos: “¡Chipi!”, gritó. Y sí, era Chipi, que cargaba en el hombro una barra de chocolate que le dejó en la almohada; esa era la sorpresa que le prometió cumplir en el supermercado, sin embargo, desapareció y la pequeña no pudo verlo.

La niña se comió el chocolate pensando en que hubiese querido hablarle a Chipi, compartir con él, se trata de un animalito bonito, tierno, gracioso, pero cuando despabiló no lo encontró por ningún lado.

Corrió a contarle a su mamá, y la señora le explicó que, en efecto, Chipi es un osito de chocolate que se encarga de regalarles dulces a los pequeños cuando duermen… “puede ser en el día o en la noche, a cualquier hora, pero tienen que estar dormidos, por eso nunca lo ven cuando llega con las golosinas”.

La pequeña se quedó pensativa y su progenitora continuó:

-Los niños le dicen a los padres que quieren que Chipi les regale un dulce, y los papás enseguida se comunican con el osito para que se los lleve si los niños se han portado bien.

-Ah… ahora si entiendo –dijo la infante.

Después de conversar con su mamá, a la chiquilla le quedó claro que Chipi sólo regala caramelos a los muchachitos que obedecen a sus progenitores. Nunca a los malcriados, rebeldes, indisciplinados, que se la pasan en la calle, no les gusta comer ni bañarse, no se lavan las manos, y no quieren ir a la escuela ni estudiar; a esos no les lleva nada por mucho que le dejen sus mensajes con los padres. [email protected]

@AlberMoran