Aquella Maracaibo, se nos fue lentamente (Germán Hernández & Enio Trujillo)

Aquella Maracaibo, se nos fue lentamente (Germán Hernández & Enio Trujillo)

Germán Hernández& Enio Trujillo

Germán Hernández& Enio Trujillo

Maracaibo despierta con su sol amante y duerme arrullada por gaiteros, vive en la mente de su gente y se hace grande en el alma de su pueblo. Es Maracaibo, la de Alfinger, de Urdaneta, de Baralt, de Armando,” el cantor”; de Luis; “el grande”; de Ricardo, “el monumental”.
La ciudad vibro en las estrofas de Udon, inspiro a sus trovadores en la lluviosa tarde andina de Luis Guillermo, medito con sus sabios en el humanismo profundo y silencioso de Lossada. Eran tiempos de poesía, de música, de ciencia.
Su corazón palpitaba en una especia de avenida o paseo junto al convento franciscano, extendiéndose hacia la Plaza Bolívar con sombra fresca y barandas de hierro, su Catedral, el Palacio de Gobierno donde posaron águilas vigilantes de su destino, la histórica Casa de la Capitulación y su Teatro testigo mudo del pasado cultural.
Alrededor de su corazón, aparecieron sus famosas barriadas: el saladillo, génesis de lo único que el progreso no ha logrado destruir todavía: la devoción Mariana chiquinquireña. El empedrado, donde naciera la gaita genuina, expresión religiosa a la Santa Lucia, desde” la bajada hasta la subida de los furros”.
Aquella Maracaibo disfrutaba de sus fiestas patronales en el mes de noviembre, la Virgen China salía en procesión por la Plaza de San Juan de Dios colmada de devotos, sobre los enlosados de Las Quince Letras, de la Botica Occidental, de Puerto Arturo y de las calles Pascualito y Padre Añez, cuando aún el urbanismo no había destruido la calle de El Milagro con el pequeño santuario, donde era el sitio exacto en el cual vivió la lavandera que encontró la divina tabla flotando sobre el lago.

Bella Maracaibo

Bella Maracaibo

Ciudad de semana santa cristiana y alegres carnavales con muchachas en carrosas alegóricas regalando confites, coloreadas serpentinas y grageas. Eran los carnavales de Pierrot y Colombina, de Domino y Princesa, cuando German del Gallego, los cuatro días de carnestolendas, contagiaba con su alegría a toda la ciudad desde su fábrica de tabacos La Flor de La Habana. Época cuando la elección de la Reina de las fiestas se hacía por votación popular y en la carrosa oficial recorría las calles de la ciudad, mientras en las esquinas de todas las parroquias, la “cucaña” y el “palo encebao”, hacían las delicias de la multitud, en espera de las diez de la noche para iniciar los bailes en el Club del Comercio y en el Alemán. Los oficios religiosos eran transmitidos por la emisora radial “La Voz de la Fe” que fundara el Padre Olegario. Todo era una solemnidad religiosa, recogimiento y respeto.
Las navidades eran auténticamente hogareñas y alegres. Los muchachos salían a visitar pesebres en iglesias y casas, los adultos disfrutaban de las gaitas familiares.
Era la ciudad del muelle sembrado de piraguas, repleta de plátanos y de café andino para la exportación, de buques anclados en el puerto. Del mercado principal, en el cual se vendían todas las especies de frutas tropicales y carne de cacería abundante y barata. De la zulianita, donde se tejían tertulias literarias. De la esquina de Villasmil, lugar de cita en vacaciones, sitio propicio al piropo espontaneo ante el cadencioso caminar de las maracaiberas. De la famosa pizarra con las noticias del día. Del bar princesa. De las calles del centro: Carabobo, Venezuela, Ciencias, conocida popularmente como “Derecha”, en sus once cuadras que se extendían desde La Ciega hasta la Iglesia de San Juan de Dios. Del “hospitalito” que fundara Dagnino, de la Beneficencia de Urquinaona, con su “Puesto de Socorro” y la Placita Bustamante al frente. Del variedades, sala de espectáculos donde se presentaban operetas y zarzuelas. Del nuevo circo, coso taurino ubicado en las Veritas. De la Plaza Urdaneta, con la estatua pedestre del héroe empuñando la espada. De la Plaza Libertad, llamada por la gente del pueblo “La Muñeca”. Del cementerio de los ingleses en la calle el transito; del Cuadrado y el Redondo al principio y al final de las Delicias. Sitios que la anticultura disfrazada de progreso sepulto para siempre, menoscabando la identidad de la ciudad sin mostrar preocupación por conservar el conjunto arquitectónico de la vieja Maracaibo.
Ciudad de desfiles escolares frente a la estatua del Libertador en las celebraciones patrias. De retreta nocturna dominical. De la bajada de la Bandera a las seis de la tarde todos los domingos en el Cuartel de Veteranos. De de las consultas medicas a domicilio. De de la devoción por el Cristo aparecido de la calle Pacheco. De los paseos a lo largo del puerto hasta llegar al Faro, o en el tranvía de Bella Vista para ver elevarse los hidroaviones desde la Plaza del Buen Maestro. Del desaparecido Estadio del Lago forrado de planches de cinc. De la gente que, después de haber padecido una enfermedad, solía temperar en San Francisco, Isla de Toas; en fin, toda una manera de existir que un proceso acelerado de transculturización nos ha ido arrebatando poco a poco.
Era la Maracaibo de casas altas, con techos de tejas de arcilla acanalada forradas interiormente en caña, en cuya altura se formaba una cámara de aire caliente, mientras se conservaba una temperatura agradable en las partes bajas de esas casas; patios con árboles y aljibes. Tenían vitrola para escuchar los discos de 78 revoluciones de los cantantes de la época, no faltaban las vitrinas, los escaparates y las alcayatas. Se hacían las fiestas de bautizos y matrimonios en una época cuando se repartían mediecitos pegados en las tarjetas de recordatorias de la fecha de cristiandad del niño, y se daban propinas de un real o un bolívar al muchacho que llevaba el regalo de bodas a casa de la novia, y no faltaban las propinas que se ganaban los muchachos en los abastos. Fueron también pulperías y bares ubicados, casi siempre, en esquinas que tipificaron sitios conocidos en toda la ciudad: Lutecia, La Monteria, Múnich, Loco lindo… Esas casas altas y coloreadas, con mamparas en las ventanas, alegorías en las paredes y gárgolas en los techos, fueron arrasadas por la modernización de la ciudad.
Aquella Maracaibo era de convivencia armónica: trabajo, educación, distracciones, transporte, asistencia social, se hacían presentes. Pequeños Industriales, Comerciantes, Albañiles, Jornaleros, Trabajadores, Sacerdotes, Maestros, Juristas, Maestros de obra, Barberos… Tiempos cuando era elegante en hombres usar sombreros de la sombreria de Max Ferrer.

La ciudad de antaño

La ciudad de antaño

Aquella Maracaibo, se nos fue lentamente. Hoy a 487 años de su fundación casi nada queda de ella. Tradiciones, cantares, personajes, leyendas… lugares y costumbres, decires y barriadas, son cosas olvidadas que están en el ayer.
No olviden que lo único que le hace falta a Venezuela son mejores venezolanos.
Nos despedimos hasta la próxima semana.
Enio Trujillo E. @eniotrujilloe 0414/6377462 [email protected]
German Hernandez @manchogh 0412/1292893 [email protected]