Por las noches de Maracaibo, una voz se adentra en los bodegones y tascas, reviviendo al gran juglar, Diomedes, en un momento mágico, Sara Díaz, una preciosa maracucha, desde el primer acorde te atrapa, en la primera nota se mete en el sentir, enciende la parranda, ebuye la alegría, canciones viejas vuelven, eso lo vimos el pasado viernes en La casa de los licores, donde desplegó la fuerza de su garganta, el carisma de su rostro, el brillo de sus cabellos negros.
Estuvimos allí viendo el nacimiento de una estrella del vallenato. Sara era un imán poderoso que atrae, entonces, quieres verla y oirla cantar casi que al oído.
Con una vitalidad que da la juventud, esta muchacha desde el escenario escudriña cada gesto, cada rostro, cada movmiento, no pierde detalle.
Nos abrimos paso entre los presentes en La casa de los licores a reventar, cantaba y observaba al viejito (o sea yo) buscando tenerla mas cerca, con ternuda me ofrece "un puñito" y me llama compadre, vuelve a su programa, el acordeón llora notas conocidas y cantadas en cuanta parranda vallenatera que se respete del planeta debe escucharse: "Mi primera cana", entonces, Sara es ella con Diomedes metido en su alma, su voz se eleva, con temperatura grave, sin desvanecer en los registros altos.
Sabemos cuando un artista es completo, es bueno, al concluir su concierto, deja de cantar, baja de la tarima, dejando un vacío, allí ves cuánto espacio llena esa bella mujer para quien se abrirán los escenarios y se bañara de aplausos y mucho, mucho, pero, mucho querer.
JC