En Colombia hay un pueblo donde hace 20 años no ocurren homicidios

Se cuenta y no se cree: En Colombia hay un pueblo donde hace 20 años no ocurren homicidios

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Foto: Julián Ríos Monroy

José Armando Rojas Gil vive al lado del cementerio de Betéitiva, un pueblo de casas desvencijadas de estilo colonial enterrado entre las montañas rocosas del nororiente de Boyacá, en Colombia.

Fue sepulturero del lugar por más de 40 años. Sus vecinos son los muertos que él mismo ayudó a enterrar.

Se demora algunos segundos en abrir la puerta de su casa, pero lo hace sin importar que del otro lado esté un completo desconocido. Aparece debajo de su ruana blanca.

Tiene los ojos de un azul turquesa que combina con su saco y unas orejas casi redondas que sobresalen debajo de un sombrero de fieltro café.

Sus párpados parecen aplastados por las cejas y habla con el acento de los campos de esta zona, frunciendo siempre ese ceño en el que se dibujan todas las arrugas de los 67 años que ha estado en este mundo.

 

 

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Solo por muerte natural

 

Él le dedicó casi media vida a enterrar a quienes se fueron, pero ostenta un título que pocos colegas tienen: nunca tuvo que sepultar a una persona asesinada por otra. “El que llegaba a este cementerio era por muerte natural”, dice con esa voz carrasposa y gruesa.

De los 1.123 municipios de Colombia, solo cuatro (Betéitiva, Floresta, Iza y Sativasur, todos en Boyacá) no registran homicidios desde hace por lo menos 20 años, cuando arrancó el Sistema de Información Estadístico, Delincuencial, Contravencional y Operativo de la Policía Nacional (Siedco).

En esa base de datos aparece un centenar de poblaciones que por más de cinco años se ha mantenido libre de asesinatos.

Ese balance es un bálsamo en un país marcado por un conflicto armado que ha tocado casi a todas las regiones, con un saldo de más de 262.000 muertos y nueve millones de víctimas (uno de cada cinco colombianos).

Un pueblo de tradiciones

 

Son las 12:45 de una tarde de viernes que promete ser lluviosa en Betéitiva, y una de las calles del parque principal está inundada de olor a pan.

En Sabrosuras de Mamá, una de las 16 construcciones que rodean la plaza central, acaban de salir del horno las mogollas que por tres generaciones –y desde hace unos 70 años– prepara la familia de Nelly Acero, una hija de estas tierras que, como muchos paisanos, regresó hace poco al pueblo, huyéndole al caos de la ciudad.

La panadería es de los pocos establecimientos que está abierto a esta hora: a las 12 en punto, dice Nelly, los beteyanos hacen pausa para almorzar y el pueblo queda desierto.

Un carro azul trepa una vía empinada del parque y pasa frente a la estación de Policía, que queda junto al centro de salud y una capilla ‘posa’ construida en 1558 y amadrinada por la Unesco, que ha resistido a todos los temblores, aunque el pueblo se ha ido hundiendo, según los pobladores más viejos.

 

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Una celda sin ocupantes, solo conflictos menores

 

En la guarnición policial está el intendente Alirio Puentes López, un hombre cuarentón de rostro pecoso y gafas cuadradas que lleva en la cintura un revólver que no ha tenido que usar ni una sola vez en los dos años y medio que ha comandado la estación de Policía de Betéitiva.

En ese tiempo tampoco ha tenido que recluir a nadie en la única celda del pueblo, que de vez en cuando algún agente usa para ejercitarse en sus tiempos libres.

“Acá los casos más relevantes son de conflictos entre vecinos. Por el lindero, porque la vaca de uno se pasó la cerca e hizo destrozos en el cultivo del otro, o algunas confrontaciones, pero verbales. En cuanto a violencia intrafamiliar, hemos atendido tres casos en todo el año”, dice el oficial, quien creció en un ambiente muy distinto y tuvo que vivir en carne propia el horror de la guerra.

Puentes nació en Guicán, un pueblo a escasas seis horas, en el pie del nevado del Cocuy, donde tuvo que sufrir la presencia y el control de las guerrillas a finales de la década de 1990.

Aunque en Betéitiva no se vivió ese horror, hubo un tiempo en el que la violencia también transitó por estos territorios bañados por el río Chicamocha.

 

 

 

 

Hubo épocas violentas en Betéitiva

 

Las paredes exteriores de la casa de la profesora María Gemma Perico de Becerra parecen parte de un museo.

A un costado de los tres pisos están escritos los nombres de los miembros del Estado Mayor General del Ejército Libertador (empezando por Simón Bolívar) y de sus batallones; y al otro, la reproducción de una carta enviada al general español José María Barreiro, años antes de ser derrotado por Bolívar en la histórica batalla de Boyacá.

Gemma nació en 1945, lleva colgado al cuello un escapulario con una cruz en madera y tiene los ojos delineados de verde. Por años, ha escudriñado en archivos para reconstruir el paso del Ejército Libertador por Betéitiva y la provincia de Valderrama, y también ha indagado en el paso de la violencia por su municipio.

“Es cierto que ahora en el pueblo la gente dirime las cosas a través del diálogo, pero el municipio es muy violento y tiene una historia violenta. Desde las comunidades indígenas asentadas acá hubo conflictos por los territorios, y luego los españoles hicieron que el resguardo se desplazara”, detalla.

 

 

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«Después de tanta violencia, ahora somos más civilizados»

 

“Este pueblo participó en todos los eventos de la historia del partido liberal y conservador. Acá reina mucho el espíritu militar desde la fundación, y ha habido hombres importantes en las Fuerzas Armadas”, prosigue.

Durante la época de la violencia bipartidista, tuvo que ver cómo se desangraban tres hermanos de una familia prestante, de ascendencia española, que pertenecían al Partido Liberal.

“Ellos sentían que después de la hegemonía de presidentes liberales nunca se les había ido el poder, pero en esas el alcalde era conservador. Un día vinieron al casco urbano a pagar unos impuestos y los recibieron plomo”.

José Armando, el sepulturero, recuerda que cuando era joven decían que luego de elecciones, el que fuera del partido derrotado era desterrado al páramo: “Si se quedaban acá les pegaban sus leñeras o hasta los mataban”, recuerda.

La profesora Gemma se aventura a plantear una hipótesis sobre cómo todo ese pasado violento influyó en que la muerte cesara a tal punto que ahora nadie en el pueblo sabe con certeza cuándo se registró el último asesinato, por todo el tiempo que pasó desde entonces.

“Después de tanta guerra, de que a las mujeres nos criaran para ser esposas, servirle al hogar y prepararnos para que nuestros maridos murieran en esos conflictos, todo se fue tranquilizando. Tal vez es por eso que, después de tanta violencia, ahora somos más civilizados”.

 

Buenos vecinos

 

El intendente Puentes le suma a eso la formación de los beteyanos: “Este es un pueblo muy tranquilo gracias a la calidad de seres humanos que lo integran. Acá existe el principio del respeto, tanto entre habitantes como por las autoridades”.

En Betéitiva prevalece el sentido de solidaridad: “el vecino está pendiente de los bienes de su vecino para cuidarlos, no para robarlos. Todo eso es lo que tenemos que preservar”.

 

100 municipios sin registros de asesinatos desde 2018

 

De acuerdo a los registros del Siedco de la Policía, en total hay 100 municipios del país que llevan, al menos, cinco años sin registrar homicidios en sus jurisdicciones, de los cuales 44 están en Boyacá.

Betéitiva, Floresta, Iza y Sativasur son las poblaciones que han pasado un mayor periodo de tiempo sin presentar muertes violentas: 20 años o más. A estos les sigue California, en Santander, que llega a 19 años sin tales reportes.

Sin embargo, hay otro grupo de municipios que también tiene un tiempo significativo sin presentar estos hechos.

De acuerdo con el informe de la Policía, hace 18 años no se reportan homicidios en Cepitá, Macaravita y Concepción -todos en Santander-, Colón (Putumayo) y Ciénaga (Boyacá).

Corrales (Boyacá) no registra muertes violentas desde hace 17 años, Rondón (en el mismo departamento) hace 16, mientras que San Juanito (Meta), Guacamayas (Boyacá) y Gama (Cundinamarca) hace 15.

 

Sigue la lista

 

Pero no son los únicos. San Miguel y el Guacamayo -en Santander-, y Tenza, en Boyacá, llevan 14 años sin homicidios. En seguida, Sativanorte y Briceño (ambos en Boyacá) y Fúquene (Cundinamarca) alcanzan los 13 años sin estas muertes.

La lista continúa con Palmar (Santander) y La Capilla (Boyacá) que suman 12 años sin registro de asesinatos.

Se cumplen 11 años sin homicidios en Chima (Santander) y Gachalá (Cundinamarca). Además, seis municipios llegan a los 10 años sin muertes violentas: Páez y Tota (Boyacá), Manta y Fosca (Cundinamarca), Santa Bárbara (Santander) y Piedras (Tolima).

Entre los 9 y los 5 años sin reportes de homicidio se registran 69 municipios en los departamentos de Santander, Nariño, Cundinamarca, Bolívar, Casanare, Huila, Magdalena, Norte de Santander, Vaupés, Quindío, La Guajira y Antioquia.

 

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Con información de El Tiempo (Colombia)

Fotos: Julián Ríos Monroy