Togüito, el superbebé protector de los animales maltratados: La angustia del pollito Sabín (Penúltimo cuento infantil, Alberto Morán)

Togüito, el superbebé protector de los animales maltratados: La angustia del pollito Sabín (Penúltimo cuento infantil, Alberto Morán)

La angustia del pollito Sabín. Composición gráfica:  Gerbrahadys Villasana y Julbrahadys Villasana

 

Matías estaba sentado en el suelo intentando agarrar a Sabín, un pollito que desde que salió de la cáscara comenzó a crecer con el bebé de la casa que ni siquiera gateaba. Matías y Sabín aún no hablaban, sin embargo,  se comunicaban mediante gestos naturales de recién nacidos.

                Afuera, en la calle, se escuchaba la algarabía. Togüito, el paladín de los animales maltratados, se enfrentaba  a dos hombres que se robaban los pollos de un criadero avícola de una familia del Pueblito Flor de Cactus.

                -¡Alto ahí! –le gritó al superhéroe al par de bandidos que llevaba unos pollos escondidos en un bolso. Los desconocidos al verse descubiertos, emprendieron la carrera y arrancando, Togüito les lanzó a las manos sus poderosas superespinas de cardón y les tumbó el bulto con las aves.

                La mamá de Matías escuchó el alboroto, pero ya cuando salió no vio nada y siguió con un pan dulce mojado de café con  leche, se lo hizo agarrar al hijo que agitaba los bracitos sin parar  y continuó con los oficios de la casa. El infante lo apretó duro.  Sabín viendo el alimento corrió hacia donde estaba Matías, iba con  las alas abiertas queriendo volar y darle un picotazo al pan.

Matías se colocaba el pan en todas partes menos en la boca. Sabín intentó de nuevo volar, batió las alas sin plumas, pero ni siquiera movió las patas del suelo. Matías reía, e insistiendo en llevarse el panecillo a la boca, se lo pegó en un ojo, en la nariz, en el otro ojo, en la frente… Sabín rió: “Pío, pío, pío”. El niño estiró el brazo y soltó el pan,  Sabín corrió  a picotearlo en el suelo desesperado.

                La mamá salió de la cocina, tomó a Matías y lo metió en el corral que estaba debajo de la mata de ponsigué. Y fue un momento a la farmacia.

                Sabín acudió en busca de su amiguito, llegó al corral forrado de una malla plástica y no pudo entrar. En el copo del árbol de ponsigué retozaban dos pájaros. Saltaban de una rama a otra. El bebé miraba hacia arriba atraído por el ruido y el  canto de las avecillas, mientras Sabín intentaba entrar al corral.

                Los pájaros movieron fuerte una rama e hicieron caer unos ponsigué maduros dentro del corral. El bebé sentado tomó una fruta y la quiso ingerir, Sabín advirtió el peligro: “Pío, pío, pío”, gritó. Matías insistía en meterse la redonda fruta en la boca. Sabín salió corriendo con las alitas abiertas en busca de la mamá del niño y no la encontró. Regresó al corral.

                Matías insistiendo logró meterse en la boca un ponsigué como el tamaño de una metra, se atragantó y expulsó la fruta carraspeando y babeante con los ojos llorosos. El niño tomó otro ponsigué. Sabín al ver que no se daba por vencido, salió enfrente de la casa y miró a los lados queriendo poner sobre aviso a la mamá del pequeño, y tampoco la vio. Caminó presuroso sin rumbo fijo. El chivito Saltarín, que se encontraba en el sector, notó que al pollito le ocurría algo y queriendo hablarle, se percató de que  el animalito aún no articulaba palabras.

El pollito observando que Saltarín se interesó en él, aleteó duro y caminó de regreso a la casa de Matías. El chivito lo siguió hasta llegar al corral, el bebé tenía un ponsigué en las manos. Saltarín se dio cuenta del peligro y también buscó a la mamá de Matías y no la pudo localizar.

Corrió entonces en  busca de Togüito y le contó lo ocurrido. El bebé tomó el  cubrecama del colchoncito, lo entorchó en forma de mecate, lo lanzó del lado afuera de la cunita, bajó y se marcharon. Tomaron hacia  la supercueva secreta en la montaña. Togüito entró y salió sobre Saltarín, el superchivito blanco más veloz de la sierra, y lanzó su grito justiciero: “Santooosss Caramelooosss!”.

El paladín iba de supercapa, de superpañal desechable, con el supergorrito hundido en forma de careta, los superbotines de algodón, el superchupón escudo atado al bracito izquierdo y armado de las superespina de cardón.

En la casa de Matías

Llegaron a la casa de Matías, el niño estaba tendido en el corral, derramaba saliva por la boca, tenía la cara colorada, los labios morados y los ojitos cerrados, Togüito se lanzó del superchivito y corrió en su auxilio.  Lo tomó en los brazos, lo estrujó, le metió el dedo en la boca y no logró extraerle el ponsigué. Lo puso bocabajo y dándole golpecitos en la espalda, el pequeño expulsó la fruta atorada en la garganta.

Matías lloró babeante, respiró profundo, una, otra y otra vez, en eso llegó la mamá;  la señora se encontraba cerca, pero se entretuvo hablando con una vecina de los hombres que se robaban los pollos.

Togüito se marchó a la supercueva secreta, entró y salió de cocoliso como un niño indefenso para regresar a su casa, sin que nadie supiera que él era el superbebé protector de los animales maltratados.

María Teresa y Sebastián, padres de Togüito, atendían el santuario que el labriego les construyó a los animales en el patio de la vivienda; la mamá salió a saber del hijo. Entró al cuarto, lo vio rendido y regresó a seguir ayudando al marido, Togüito al sentir que su mamá abrió la puerta de salida, explayó los ojos y rió grosero con balbuceos que le formaban pequeños burbujitas de saliva en la boca.

[email protected]

Composición gráfica:  Gerbrahadys Villasana y Julbrahadys Villasana