Rafael y Linda vivieron entre rojos (por Alejandro Vásquez Escalona)

Rafael y Linda vivieron entre rojos (por Alejandro Vásquez Escalona)

Aún no logran desteñir el encanto que produce la luz rojiza del atardecer. En ese país, el rojo es un decreto. Rojos son los uniformes de los trabajadores estatales y la vestimenta cotidiana de aquellos vestidos de miedo. De adulancia. O crueldad. Rojas son las banderas del pensamiento único. Rojos son los ríos de gente que vociferan consignas donde no habita convivencia alguna con la diversidad.

Es mañana de otoño. Algunas hojas caídas que corren sobre el pavimento también son rojas, pero estamos a ocho horas de vuelo en avión del país donde el poder puteo el color de la sangre. Intento nuevamente conversar con la gente que acude con sus perros a la plaza de verdores diversos. Llevo unos tres intentos fallidos. Persisto.

Camina por la plaza. Cualquiera que lo observe creerá que es un uruguayo más. Fenotipo europeo. Alto. Blanco con visos de italiano. Lleva una gorra beisbolera negra. Bufanda negra también. Hace frío. El perro que lo acompaña es pequeño. Marrón con vetas negras. Soy venezolano. Vivo cerca en Defensa con Ferrer Serra. Hago un trabajo de retratos de los perros con su gente. Muela. Muela. Muela. Él sonríe. Extiende su mano en saludo simpático. Yo también soy venezolano, de Puerto la Cruz. Suelta al animal para que corretee por la plaza. Se inicia el intercambio amigable de palabras. El encuentro con lo similar anima. Alegra. Seremos diferentes, pero el despedazamiento de nuestro país, es razón común en nuestra condición de migrantes. Mi nombre es Rafael Caldera, dice sutilmente, contento de llevarlo. Soy teniente coronel en condición de retiro. Linda es el nombre de mi perra. El animal se aleja entre el follaje de un sauce que se arrastra sobre el terreno. Ya no se ve asustada. No huye. Juega. Seguramente olvidó el corneteo de los coches en la autopista.

Durante la conversación, Rafael no confiesa credos, militancia ni definiciones precisas. Ambivalentemente, surfea las diferencias políticas. Cuestiona el poder en Venezuela. Cuenta que Perteneció a la Casa Militar en Miraflores durante el gobierno de Carlos Andrés Pérez cuando sucedió el golpe militar del 4 de febrero. Esa madrugada salió con algunos soldados a los alrededores de la Casa de gobierno. Sólo fueron testigos de los enfrentamientos callejeros. ´Porque los conspiradores no confiaron en mí para involucrarme con antelación en los acontecimientos de ese día. Quería participar, pero no tenía orientaciones. Al poco tiempo regresé a Palacio con mi gente´. Con todo, estuvo preso seis meses en el Cuartel militar San Carlos de Caracas.

Linda ahora quizás en cuál sitio de la plaza estará. Seguramente correrá. Sanas sus patitas traseras. Rafael se percata de la ausencia y despliega sus cualidades militares. A prisa camina en dirección a donde se alejó la perra. La llama. La llama. Al fin la encuentra. La canina se acerca. No viene cubierta de fango. El hombre suelta su tensión acumulada. Mi esposa trabaja como odontóloga, se especializó en imagenología dental. A ella agrada la fotografía. Yo laboro en seguridad, sostiene. Tenemos seis años viviendo en Uruguay.

Hoy sábado en Montevideo, el cielo es tan azul que parece azulear nuestros ojos al mirarlo. Sol con luz tropical, pero con poca calidez. El viento es hojilla amellada de frío. Ese miércoles al mediodía la luz solar de Puerto la cruz en Venezuela casi aflojaba el asfalto de la autopista con su calor. Rafael vio al animal en la isla de la vía. Caminaba. Intentaba correr sin dirección precisa. Estaba cubierta de fango. Había llovido. Arrastraba las patas traseras. Sangraba un poco. Al verlo, huyó asustada, pero logró atraparla. La llevó a su casa. La ayudó a sanar. La nombro Linda. Ya era teniente coronel de la armada venezolana. ‘Es mi mejor amiga, después de mi esposa y mi hija. Vino con nosotros como un miembro más de la familia. Su lealtad no exige condición y su agradecimiento inmenso´.

Rafael Caldera no sabe de mandatos civiles como el presidente venezolano que llevó su nombre. Vivió entre los rojos lacerantes de un país que dejó atrás. No expresa odios. Hoy es migrante alegre. Viste una chaqueta roja, sin emblemas del poder, pero roja. Rojas son algunas flores en la plaza que salpican los verdes de la vegetación. Rojinegros son los cuadrados de la camisa que viste la perra. El cielo aún es azul interminable. Azul, seguramente es la esperanza que habita en Rafael de volver a su país.

 

 

Alejandro Vásquez Escalona