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La esfera de los recuerdos: Cuento de Navidad

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Tenía la costumbre de usar los mismos zapatos en cada Nochebuena. Los buscaba, afanoso, entre las cajas del guardarropa. Fue cuando encontré la esfera de cristal. Cómo había llegado allí, era un misterio. Recordaba haber visto a su hermana meterla en la maleta cuando se fue a probar suerte lejos, cruzando selvas y peligros.

Me la llevó Camilo, sé que te hubiese gustado quedártela-, así dijo cuando la guardó entre sus pertenencias más queridas y más oportunas para ese viaje con destino incierto, como la chaqueta en pana azul, regalo de la abuela, los jeans viejos, unas botas de suela fuerte.

Esfera en mano, recordaba vívidos esos momentos de cuando su hermana preparaba la partida hasta el momento cuando subió las escaleras del autobús, perdiendo su imagen en la ventanilla mientras el transporte se alejaba. No lo vio, pero, supo que Gaby dejaba caer dos lágrimas, lo mismo que él. También supo que no se volverían a ver.

Sostener la esfera le produjo un estado inusual. Una corriente por dentro le erizaba los vellos. De niños la usaban para jugar a las brujas, adivinar el futuro. En realidad carecía de poderes. Era una simple bola de cristal que debió pertenecer a otra composición, como un móvil de puerta, por ejemplo.

En un movimiento no pensado la luz que entraba por la ventana dio en la esfera, le pareció ver reflejada una imagen distinta a la suya.

-Estoy delirando, imaginando vainas, dijo

– ¿Cómo te va Camilo?, la abuela Bernardina. No era posible. Bernardina había fallecido hacía una década, pero, en Navidad suelen ocurrir milagros, cosas sobrenaturales, pensó. Hablaron de temas distintos, sin embargo, en la esfera la mayor parte del tiempo se presentaban recuerdos:

Las noches de Navidad en la casa de Villa Delicias con la abuela Bernardina cocinando para muchos unos platos como si fuesen pedidos a la carta. A Carlitos no le gustan las pasas en las hallacas, a Mancho la salsa no puede tocar ni el arroz, ni el pan de jamón; Arelis no come papas; Marcos es goloso con la macarronada.

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Revivían las canciones en el tocadisco, Germán escogía salsa de la Fania Star, Mancho lo último de José Luis quien ahora era el Puma, Carmen Delia Dipiní, Olga Guillot, Estela Ravel, El burrito sabanero. Una mescolanza de ritmos, de canciones.

Los fuegos artificiales en el cielo del 24 de diciembre sobre la Clínica D’Empaire. La abuela Bernardina sirviéndose el último plato para ella.

Aquella fotografía donde aparecen: Marcos, Vinicio y JC, comiendo tan gustosos. Regresaba el justo momento, la conversación.

Era una maravilla como la esfera presentaba los episodios que Camilo deseaba ver:

Los hijos Sikiú, Daniel, Jazmina en sus travesuras, creciendo en etapas de profundas emociones.

Esa manera de sonreír del abuelo Marcos, su voz imperecedera. Parecía consultar en la memoria del teléfono inteligente, pero, en aquellos tiempos no existía un aparato tan versátil, tan parecido a la memoria, a los recuerdos guardados en el pensamiento.

Nadie esperaba en la mesa donde estaba servido un plato con una insípida hallaca comprada en La Fina, una botella de refresco, un pan de jamón glorioso de La Romelia y la ensalada de pollo que él mismo había hecho.

Pudo conversar con la misma nitidez del Whatsapp o la mensajería del Facebook con familiares distantes o ya idos del plano terrenal o volado alto como les gusta llamar ahora a la muerte. La comida se enfriaba.

En un momento se preguntó en su interior ¿cómo había llegado la esfera a su closet?

Las imágenes aparecieron: La selva del Darien con sus miedos, la hermana sosteniendo con una mano fuerte la maleta y, con la otra, sostenida de una cuerda para cruzar el río de corriente tortuosa, fiera, el equipaje golpea con una roca, se abre, la esfera sale, ella se suelta para cerrarla y no perderlo todo, tambalea, sus pies se deslizan sobre rocas resbaladizas.

¡No se suelte señora!, grita el Coyote. La esfera se hunde entre la aguas en remolinos. Queda paciente en el fondo grabando las imágenes de su alrededor, los peces, las ramas, el cadáver de su hermana, rostro azulado del frío.

Siempre hubo dos esferas, Camilo, la tuya y la mía, ve a cenar que se enfría.

Camilo, ven a comer, le llama la abuela Bernardina, ya no estaba solo, estaba con sus recuerdos.

Josué Carrillo

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