Gritos en la oficina del jefe (Relato de muerte, Alberto Morán)

Gritos en la oficina del jefe (Relato de muerte, Alberto Morán)

Imagen de Winfifty

 

Desde ese día que Porfirio Blanco, alto ejecutivo de una empresa metalúrgica, entró al consultorio médico, su vida cambió radicalmente; de una persona jovial, alegre, divertida, pasó a ser un hombre amargado, triste, taciturno, y así continuó hasta que una bala en la cabeza le aligeró su dramático final.

Blanco quiso mantener el secreto de su enfermedad y no pudo. El cambio en él fue muy notorio. Tuvo que reunir a la familia y contarles la verdad, pensar que le quedaba poco tiempo de vida, lo hacía vivir en un calvario inocultable.

El ejecutivo quiso suicidarse en tres oportunidades y en los fallidos intentos comprendió – por lo menos eso fue su experiencia-, que quitarse la vida no era una cuestión de cobardía, sino más bien un acto de valentía, que descubrió no poseer.

La primera vez lo intentó en su casa. Tomó un mecate, lo amarró al techo y después no tuvo el valor de meter la cabeza en la soga y dejarse descolgar. Allí, dubitativo y tembloroso, lo sorprendió Onelia, la esposa, quien lo hizo bajar a regaños.  La segunda vez, estaba en su oficina y tomó la pistola del escritorio, le colocó el silenciador, se la puso en la sien y no fue capaz de tirar del gatillo.

La tercera vez, también en su despacho, Porfirio reventó el llanto atrapado entre la impotencia de no tener “los pantalones” para matarse de un balazo en la cabeza, y el miedo espantoso de esperar que su enfermedad se regodeara con perversión en su ya maltrecha salud, y lo fuera aniquilando poco a poco, sin ningún apresuramiento. Y al grito lacrimoso entró corriendo Calixto Molina, el administrador de la empresa, y lo consiguió temblando con el arma en la mano.

Livia García, la secretaria, llamó a Onelia, quien a su vez se comunicó con Renato Bravo, el mejor amigo de Porfirio Blanco, ambos se dirigieron de inmediato a la empresa metalúrgica. Porfirio estaba en crisis: “No puedo con mi vida en estas condiciones. No vale la pena este sufrimiento, quiero morirme”, dijo el ejecutivo preso del miedo, la angustia, la depresión.

Onelia le cayó en los pies hecha un manantial de lágrimas.

-No digas eso amor, Dios es el que decide quien muere o no – dijo dejando descansar la cabeza en el regazo de su marido.

-No aguanto mi agonía, Onelia –dijo Porfirio-, acariciándole con ternura el cabello.

-Creo que debemos llevarlo a un psiquiatra –opinó Renato Bravo y Onelia estuvo de acuerdo.

Porfirio fue internado en una clínica durante un mes. En apariencia superó el trauma, no pensó más en el suicidio y se dedicó a la familia, a los amigos, al trabajo. Pero una mañana, cuando menos se esperaba, los empleados de la empresa escucharon los gritos desesperados de Onelia, que acostumbraba a entrar a la oficina de su esposo por el pasillo privado que daba directo a la presidencia, y allí la encontraron con el ejecutivo sentado en su silla muerto de un tiro en la cabeza.

Los empleados más allegados de Porfirio se agolparon alrededor del cuerpo sin tocar nada. Llamaron a la policía. Y los investigadores, luego del levantamiento del cadáver, iniciaron las pesquisas en la oficina.

– ¿Quién le hace el café al jefe? -preguntó uno de los detectives tomando una taza llena del escritorio de Porfirio Blanco-. Un silencio tenso se sumó al ya espeso ambiente del lugar.

-Cuando yo entré, todavía esa taza de café se veía caliente -recordó Calixto Molina-. El único que habló y apenas se le escuchó ante el temor que infundió la voz templada del policía.

– ¿Quién le trajo el café al señor? – insistió de nuevo el policía moviendo la cabeza a su alrededor con una mirada, fija, sin pestañar, que la hacía casi una sentencia firme.

Y entonces Josefa, la señora de mantenimiento, se soltó a explicar que cuando ella entró a limpiar la oficina, no había ningún café en el escritorio, le hacía falta la plata de la leche y el azúcar, pero no tuvo el valor de molestar al jefe ante las precarias condiciones en que lo observó; Livia García escuchando a Josefa se animó y aseguró que después llegó ella y le colocó la taza de café en el escritorio, y al verlo en tal mal estado, tampoco se atrevió a pedirle la plata que necesitaba para comprar bolígrafos y libretas de anotaciones. Sin embargo, alguien había sustraído el dinero de la caja fuerte.

Los detectives se hicieron acompañar de las empleadas y las trasladaron a la delegación. Los trabajadores se fueron retirando ante el asombro de ver como se llevaban detenidas a sus compañeras de labores.

 Onelia llorando desesperada salió de la empresa apoyada en hombros de Calixto Molina; después del funeral fue citada y, a las primeras peguntas, se “reventó”, confesó que su amante secreto maquinó la perversa treta, que contemplaba hacer ver el asesinato como un suicidio. “Al principio me opuse, no quería, hasta que llegué a la oficina y encontré a mi esposo de nuevo temblando, intentando colocarse la pistola con silenciador en la sien, estaba cansada, mi vida era un infierno, y vi el momento perfecto de ejecutar el plan y no lo pensé más. Ya te saco de esa amargura, le dije”.

A esas palabras, Porfirio la miró desconcertado, sin entender nada, nunca antes le había visto una actitud tan decidida y serena como en ese instante. Onelia lo miró a él, le miró la pistola en la mano, y se colocó los guantes que a veces usaba para el frío de la oficina. Porfirio ya sospechando las intenciones de la esposa, derramó dos lágrimas gruesas, tan gruesas como el dolor que le carcomía el alma, esbozó una sonrisa o un rictus de consentimiento que le comprimió la cara en un lastimoso gesto de indefensión.

“Quieres que te ayude a matar, verdad, le dijo Onelia y Porfirio como un niño asustado soltó un gemido, mientras ella, decidida, ya sin escuchar ni prestar atención a nada, le tomó la mano con fuerza, y con el dedo de ella apretó sobre el dedo de él frunciendo los labios y cerrando los ojos. Porfirio sentado se estiró, y se fue de frente sobre su escritorio ladeando la cabeza. Onelia por segundos se quedó mirando el hilillo de sangre que emanaba de la sien ennegrecida de su esposo, luego acudió al cofre de seguridad, tomó el dinero, los metió en su bolso con los guantes, y comenzó a gritar diciendo que su marido se había suicidado.

Pero la delató Calixto Medina quien, en su declaración a la policía, señaló que cuando acompañó a Onelia de regreso a su casa, la ayudó con el bolso y le pareció que llevaba demasiado peso, para lo que generalmente acostumbra llevar una mujer en un bolso. Además, aseguró, que en la empresa era la única que conocía la combinación de la caja fuerte después de Porfirio Blanco.

La policía acudió a buscarla para interrogarla de nuevo, y cuando llegó a su residencia la encontró con el bolso de dinero en efectivo y las maletas hechas; la esperaba paciente Renato Bravo, quien la trasladaría al aeropuerto sin saber que allí la esperaba Livia García, su amante y artífice del macabro plan que, por supuesto, incluía la herencia plena del ejecutivo metalúrgico.

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