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lunes, abril 22, 2024
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Zulia

Encuentro casual por (Alejandro Vásquez Escalona)

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Llego a la Feria de mercados. Tanteo con la mirada el riachuelo de compradores. En sus
orillas, mesas de tamaño mediano donde se extienden frutas, verduras, condimentos de
comidas. Algunos marchantes, vocean sus mercaderías, sin aspavientos, ni griterías. La luz
liviana gotea sobre la calle. Sobre la ciudad. Pienso en Maracaibo, en Las pulgas, sin
nostalgia. Todos los sábados acudo a este lugar para comprar el pescado que consumo en la
semana. Hoy llevo la cámara fotográfica. Ando contento. Un poco atontado, pero calmo en
esencia. Observo suavemente la feria de mercado. Veo la gente que se mueve similar al
agua sobre cauce de río. No fotografío.

No llegan los deseos de fotografiar. Muchos mercados en mi archivo de imágenes. Mucha
vida de periodista de las contingencias. De la cámara es mi compañera permanente. Ahora
Asumo la reflexión intima, la calma visual en el detalle de lo intrascendente. Qué
fotografiar para no volver sobre lo mismo, a sabiendas que la repetición en la vida no
existe. Eso me lo dijo Milán Kundera. Tal vez lo hizo porque es un tío insoportable.

Compro el pescado. Lo cancelo. Como acordamos, la vendedora lo guarda mientras
adquiero el resto de la vitualla. Camino la calle, feria adentro. Brisa matutina, río de colores
vegetales adentro. Ella extiende sobre su mesa de venta, sobrecitos de plástico transparentes
de tomillo, romero, comino, orégano… como si echara cartas en una partida de póquer
donde se apuesta el sustento del hogar. Tal vez su espíritu libertario. Es blanca de cabello
claro de un desteñido natural. No es hermosa, pero su aura tiene algo de imán. La abordo.
Comento algo sobre el mercado, el calor que hace, mi oficio de fotógrafo. Amablemente
rechaza que la fotografíe. Otro día me retrata con mi esposo. Siento que lo dice, porque le
agradaría que sucediera de esa forma. Seguro, le prometo.

Continúo mi itinerario sabatino. Casi al final. Veo sobre el pavimento de la calle el platico
de losa con el niño de pantaloncito rojo impreso, la cucharita junto al libro El Mar del
Tiempo perdido en el puesto de objetos usados de Leo. Llega también la epifanía sobre qué
fotografiar. Eso ya lo relaté en Mujer con aroma a Tomillo. Asumo la sentencia de no me
vuelvas con ese cuento otra vez. Y sigo.

Camino. Me entretuve mucho. Llamaba a la familia. A los amigos, agradecía, les deseaba
armonía y paz. Un muchacho altote enmascarillado que espera en la parada me confirma
que habrá servicio de transporte público hasta las 5 de la tarde solamente. Son las 4: 20.
Quizás aprecia mi calma cuarteada y sugiere, mejor camine hasta 8 de octubre son unas seis
cuadras. Allí circulan más ómnibus que aquí. Lo sé. Vivo a media cuadra. Con todo,
agradezco. Y me lanzo a andar con la ansiedad que me salpica, como si fuese un uruguayo
cualquiera. Así andan siempre, creo.

Apenas dos cuadras para llegar a la avenida donde circulan más transporte que me lleve a
mi destino. Oigo del otro lado de la calle, Alejandro, Alejandro. Miro. Me confundo. Debe
ser alguien de Venezuela que me conoce, no preciso quién. Por impulso atravieso la vía
para acercarme. Es Daniel, el vendedor de especies y condimentos en la feria de mercados
de los sábados. Está con Mayda su mujer. Se acercan. Me extienden sus manos, me
abrazan. Recibimos el correo con el retrato que nos hizo en la feria y el cuento de la Mujer
con olor a Tomillo. Gracias, muchas gracias, expresan con la alegría del día. Es viernes, 31
de diciembre de 2021.

Lea también: 29 de agosto de 1909: Se adopta el himno del estado Zulia

Noticia al Día

Alejandro Vásquez Escalona





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