Balacera en la panadería

Balacera en la panadería (Relatos de muerte, Alberto Morán)

Imagen de Reporteros en Movimiento

Cuatro hampones llegaron a la panadería pocos minutos uno detrás del otro, caminaron directo a los anaqueles y comenzaron a revisar la mercancía confundidos entre los clientes. Observaban los precios sin comprar esperando el momento oportuno.
Aurelio Tovar entró en ese momento e hizo un pedido de pan dulce tipo manito. Tomó la bolsa y se sumó a la fila de la gente ansiosa por cancelar y marcharse. Los ladrones después de hacer una minuciosa observación en el interior del establecimiento, desenfundaron sus pistolas y decretaron el golpe. “¡Esto es un atraco!”, advirtieron, “¡al suelo!” “¡Bocabajo!” “¡Con las manos en la nuca!” “¡Vamos!”.
Aurelio fue el primero en lanzarse al piso esperando una oportunidad, portaba su pistola y debía actuar antes que los bandidos lo requisaran; sabía que a quienes descubren con un arma en esas circunstancias no vive para contarlo, y ya un bandoleros despojaba a los clientes de las prendas, el dinero, los celulares y cualquier objeto de valor, otro le quitaba la venta del día a la cajera; el tercero mantenía sometido a los panaderos y a los ayudantes en la sala de hornos, el cuarto, estaba atento en la entrada. Y todo el cliente que iba entrando era sometido.
De pronto se escuchó un tiro, enseguida otro; los hampones no vieron que, en el área de la charcutería, Fortunato, uno de los directivos de la panadería, estaba doblado en una de las cavas exhibidoras acomodando los jamones. El hombre viendo la incursión hamponil y con la certeza de que no lo habían visto, se quedó quieto y al tener en la mira a los dos ladrones que se encargaban de la cajera y los clientes, disparó y acertó. Los bandidos se fueron de bruces y cayeron fulminados.
Aurelio Tovar ya de pie con su pistola en la mano le metió al de la puerta, y presumiendo que Fortunato no sabía del hampón que tenía sometido a los empleados en la sala de hornos, cuando vio al delincuente asomar las narices, lo apuntó en la frente y dio en el blanco.
Y salió del local desconociendo que entre los trabajadores de la sala de hornos había uno cómplice de los hampones que, al verlo marcharse, le propinó un balazo por la espalda, el impacto lo hizo trastabillar, dio un paso atrás, otro hacia adelante tambaleándose, pero no cayó. Aurelio se afirmó bien, recobró el balance, y presuroso abordó el taxi que iba pasando.
-Dele para El Paraíso- le dijo al chofer-, dejando atrás el estruendo de otros disparos. Fortunato enfrentó al empleado delincuente, e igualmente le dio de baja en medio del llanto y la gritería de la gente abandonando aterrada la panadería.
¿Qué ocurre? –preguntó el taxista
-Un atraco, pero dominamos a los bandidos – dijo Aurelio Tovar sereno, inmutable, sin ninguna alteración en la voz.
– ¿Hacia dónde se dirige, señor?
-Voy al sector El Paraíso.
– ¿Dónde queda eso?
-Dele derecho, yo le indico.
Más adelante, Aurelio Tovar le explicó al conductor que cruzara a la izquierda y después a la derecha. El taxista continuó. “Ya falta poco”, le advirtió el pasajero después de unos 20 minutos de viaje sin contratiempos. “Cruce aquí, ahora a la derecha otra vez, siga derecho, derecho todo el tiempo”, y en unos 10 minutos más el pasajero habló de nuevo, para decir: “un poquito más adelante, por favor, ahí, ahí, aquí, aquí”.
El taxista levantó la vista y no vio nada, la carretera de asfalto se cortaba intempestivamente y delante solo había un espacio infinito, vacío.
-Yo no veo ningún sector, señor –dijo el chofer.
– ¿Cómo va a ser, será que estoy muerto y voy al cielo? –dijo Aurelio Tovar.
– Será, porque aquí no se ve nada- comentó el taxista.
El conductor miró por el espejo hacia atrás buscando al pasajero y no lo vio. Bajó del auto confundido y, observando incrédulo el cojín trasero vacío, sintió que miles de alfileres le puyaban la planta de los pies, comenzó a transpirar. Subió de nuevo al vehículo con un extraño escalofrío en el cuerpo, retrocedió a toda máquina, para regresar a la panadería; en pleno viaje no dejaba de mirar por el retrovisor sin poder creer que el pasajero se le hubiese esfumado del carro. El sudor le hacía resbalar las manos en el volante.
Los alrededores de la panadería aún estaban atestados de gente. El chofer descendió y corrió sin percibir la firmeza de sus piernas, como dando pasos en el vacío, ansioso penetró la barrera de curiosos y observó que, en el centro del grupo, la policía resguardaba con cinta amarilla el cuerpo del comisario Aurelio Tovar, quien yacía bocabajo con la pistola empuñada.

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