Una tarde con Agustín Lara viviendo “Piensa en Mi”: Éxito de Bitácora de Fuego en su tercera presentación

Una tarde con Agustín Lara viviendo “Piensa en Mi”: Éxito de Bitácora de Fuego en su tercera presentación

 

Una obra con sello zuliano, Piensa en mí, dirigida por la poeta, Mariela Isabel López

 

Subí del nivel 1 del sótano del Banco Central de Venezuela-Maracaibo hacia el auditorio Gastón Parra Luzardo. Escuché sus pasos detrás. Me detuve, giré en redondo para verle, se sonrió, llevaba paltó, camisa blanquísima, cabello engominado, estaba tres escalones mas abajo y aún era más alto, brillaron sus ojos, carraspó una tos caprichosa de fumador, no pude desviar la mirada de la cicatriz en su rostro. “Maestro, cuanto honor”, le dije. “Muy agradecido, muy agradecido”, me dijo y recordamos a un grande de siempre y amigo suyo, Don Pedro Vargas. Sus manos huesudas, sus dedos prodigiosos se asían del pasamano, sus zapatos lustrados brillaban. En el auditorio nos invitaron a subir al escenario. El Maestro, Agustín Lara escogió sentarse al centro y en la penúltima fila. Un chico vestido de mujer y descalzo se sentó al frente. El Maestro me miró, como desconcertado. “Han cambiado los tiempos”, le dije. Al lado estaba un chico moreno de lentes que es como un gemelo de Pablo Milanés. Dos guitarras respondieron a las caricias de sus ejecutantes. Una mujer en la edad maravillosa de la madurez, Bis Drieux, comenzó a cantar “Piensa en mí” y era como que si su voz viniera de otras épocas. Miré al Maestro seguir con los labios su canción. Entraron al escenario los poetas Emérita Mercado (Manona) y Darío Romero, dialogaron versos, se tocaron sin tocarse, bailaron como sobre espumas y nubes, se retiraron perseguidos por aplausos. Gritaron “Ya saben esta noche ¡Piensa en mi!”, el Maestro, secó, delicadamente, una lágrima con su pañuelo blanco con sus iniciales bordadas en dorado en las cuatro puntas. Prometía tantas ilusiones la obra. Los poemas se buscaban, eran cuerdas, sedas vivas trenzándose una a la otra. Los poetas y las poetas de Bitácora de Fuero ahora esculcaban el alma. Teresa Martínez, recordó al Maestro a Toña La negra, ese amargo dolor en su mirada, porque Tessa dolió tanto en su desconsuelo, imposible de calmar por la voz de la chica de cabellos largos. Kharim Socorro mostró el amor ante la muerte. David Ernesto Acosta Cepeda en su primera actuación algo distante, se recupera con Balada de Hans y Jenny del inmenso Aquiles Nazoa. El Maestro le aplaude. Yrseili Domínguez en blanco y negro, pantalón de tirantes, nos sacude, nos enoja, nos hace reír. “he tenido 5 novios, me han clavado más que a Cristo”, sus manos en cruz y su boca con mil besos desbordando. Nicauly Morales lee nostalgias, no ve a Kharem y a mi también me hace falta. Bis Drieux es ahora Piaff. Define al hombre que ama. Nos planta en Paris. El Maestro saborea, se nota que tiene ganas de fumar, la cantante con su cachucha marrón es un gorrión mensajero de recuerdos. Mariela López introduce el habla nuestra, el guitarrista y un maracucho con 5 esposas muertas le aconseja como encontrar el amor y le regala un poema. Sabina se asoma por el hueco de la guitarra y corean los asistentes “19 días y 500 noches”. Cantan alegres: “Porque ya no le importa/ Siempre tuvo la frente muy alta/ La lengua muy larga/ Y la falda muy corta”. El Maestro ríe. “Así componen ahora”, poeta, le digo. “¡Genial!”, responde. Javier Socorro riega de ojos claros a la audiencia. Con calidad de sobra pone en el corazón de todos un caldero de emociones. De fondo la voz de Sandro en “Penumbras” y la noche se nos pierde a todos en su pelo.  Redime la dimensión real de un simple jabón y nos demuestra que el tiempo no existe, que existe el silencio y el movimiento. Llueven aplausos. Harmonía Dueto y son es Adriana Padilla y Milagros Díaz sus voces son como lluvia delgada que te baña, como llegada de la amada al final del día. Con Los amorosos, José Molero, deja ver el dominio de los escenarios, el manejo de su voz, pero, sobretodo, es capaz de elevarnos, llevarnos alto para soltarnos y volvernos a tomar, sostenernos antes de estrellarnos al fondo del precipicio. Caemos en brazos de la muchacha que danza. Su cuerpo joven nos distrae de la música. Pide que le pensemos en un letrero escrito en su espalda. ¿Pero cómo olvidarla? ¿Cómo no recordarla si sus piernas podrían ser el cielo?. Un señor del canto lírico, Eduardo Saavedra, lee a Neruda, pone en las manos de todos semillas de esperanza, se engrandece con Escríbeme hasta conmovernos. El Maestro aguza la mirada cuando Saavedra canta “si sientes un hondo penar”. “¿Se la sabe?”, me pregunta. Le respondo que sí, que todo el mundo se sabe su canción. El poeta y Juglar, Darwin Romero Montiel, añade “gracias, poeta”. El final no pudo ser más espléndido. Los actores se juntaron en parejas para bailar. Agradecí el esfuerzo de Eduardo Saavedra en la dirección musical y, de regalo, a la poeta, Mariela Isabel López, en la impecable dirección, le presenté al Maestro Agustín Lara quien caballeroso, conocedor del pulso, del alma de mujer le tomó suavemente para bailar con ella su canción y susurrarle al oído “Piensa en mí”.

Josué Carrillo