En el Día Internacional de la Danza, Maracaibo no solo celebra un arte; celebra un nombre que se volvió institución, un eco que llegó desde el Uruguay en 1968 para enseñarnos que el movimiento es, ante todo, un acto de conciencia. Hablar con la maestra Marisol Ferrari es recibir un regalo de lucidez: la de una mujer que cambió los teatros de élite por el calor de las comunidades y el rigor de la academia por la calidez del mestizaje.
El desembarco de la "Bailarina Revelación"
Corría el año 1968 cuando una joven uruguaya, ya consagrada como revelación en su tierra natal, cruzó el continente. Venía con un contrato bajo el brazo y una visa gestionada desde la embajada, pero traía algo más poderoso: el sistema Laban en la mente y el violín en el alma.
Aunque su llegada fue para una academia privada, el destino —o quizás la sed de cultura de esta tierra— la llevó a encontrarse con el poeta César David Rincón en la Universidad del Zulia. Allí, lo que comenzó como danza experimental terminó siendo DANZALUZ, el faro que iluminó la escena contemporánea del país. Ferrari no solo fundó una compañía; fundó una forma de mirar el mundo desde el cuerpo.

La matemática del alma: El rigor de una ciencia que se hace viento
Para Marisol, la danza no es una sucesión de pasos al azar; es una arquitectura matemática. Con seis años de piano y cuatro de violín a sus espaldas, ella no escucha la música, la habita. "En la danza no hay nada casual, es absolutamente científico", nos explica con esa voz que destila la autoridad de quien ha publicado más de 25 libros sobre el arte de danzar en sus diversas manifestaciones.
Su formación bajo la escuela de Rudolf Von Laban le permite entender el espacio como una partitura invisible. Por eso, su crítica hacia la "danza frívola" es tajante: la danza no es un accesorio para el lucro o la vanidad de un espectáculo anual. Para la maestra, el escenario exige un nivel físico y técnico supremo, pero siempre al servicio de un sentido social. "Llevar a cabo una coreografía no es sobre ser el mejor, se trata de coordinación y saber lo que se hace", afirma, recordándonos que el arte que no transforma su entorno, es solo pirotecnia.


De la estética a la ética: El abrazo de Alí Primera
Uruguay le dio la base, pero Venezuela le dio el fuego. Al llegar, Marisol se topó de frente con la universalidad del mestizaje, algo que en su natal Montevideo le era ajeno. Fue su amistad con el cantor del pueblo, Alí Primera, lo que terminó de sellar su compromiso ideológico. Desde 1973, Marisol ha montado danzas sobre la necesaria poética de Alí, entendiendo que el artista debe ser un cronista de su tiempo.
"¿Para qué vas a hacer cuatro piruetas y una proyección de Graham si no hay fundamento detrás?", se pregunta, haciendo referencia a que el arte de la danza también debe tener algo que decir, un mensaje, un propósito, de otra forma se corre el riesgo de perderse en lo superficial. Esta visión la llevó a fundar hace 28 años AZUDANZA, un templo donde la danza académica, la contemporánea y la tradicional se encuentran sin jerarquías. Allí, en su proyecto Danza Solidaria, ha logrado que toda Latinoamérica baile bajo un mismo sol, defendiendo la identidad de los pueblos frente a la vacuidad de lo comercial.

La eterna alumna de cinta blanca
Lo más conmovedor de Marisol Ferrari no es solo su pasado glorioso en el Teatro Teresa Carreño o sus premios nacionales de cultura, sino su humildad presente. Se define a sí misma como una "cinta blanca", el grado más bajo en las artes marciales, porque entiende que ante la vastedad del conocimiento, siempre se es aprendiz.
A pesar de ser una experta mundial en la danza del Renacimiento Francés, sigue estudiando, asistiendo a clases y manteniendo el corazón abierto. En sus manos, la danza es una lección de vida para sus alumnos: "Desconozcan la frase ‘no puedo’ y cultiven la honestidad".
El refugio de la creación: Más allá de las tablas
Pero la sensibilidad de la maestra Ferrari desborda el escenario. Al entrar a su estudio, descubrimos a la artesana, a la mujer que convierte el tiempo libre en objetos de belleza. Sus manos, que han dibujado el aire con coreografías sublimes, también pintan sobre madera para convertir juguetes en piezas de arte, bolsos de tela con diseños únicos y transforman zapatos de lona en piezas de colección.
Es una sensibilidad que no se limita a la arquitectura del movimiento; es una ética de vida que se siente en cada gesto. Marisol Ferrari, la bailarina uruguaya que se hizo maracucha por elección y amor, nos deja claro que el arte es el único camino hacia la paz interior y la solidaridad de los pueblos. Hoy, en su día, la ciudad le rinde pleitesía a quien nos enseñó que, como dijo Bolívar, la danza es la poesía que nos pone en movimiento.
¡Gracias, Maestra, por ensancharnos el corazón!







Luis Miguel Flores
Imágenes y video: Estefany Montoya (pasante)
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