Brenda Grilli lleva años observando cómo el entretenimiento digital hispanohablante compite por la atención de audiencias que no siempre se reconocen en los contenidos que las retratan. El escándalo desatado por un sketch de El Intermedio sobre la comunidad venezolana en España no la sorprendió como hecho aislado, sino como síntoma de algo más profundo. Esa audiencia venezolana, que vive mayoritariamente en distritos obreros y no en zonas residenciales de lujo, reparte su tiempo entre series, redes sociales, streaming y otras formas de ocio digital. La web oficial de Apuestas.Guru concentra buena parte de la oferta de apuestas deportivas y casino en línea que hoy disputa esa misma atención, una categoría que Grilli menciona como parte del ecosistema que monitorea, siempre con la premisa del consumo responsable como condición de legitimidad.
“El ecosistema de entretenimiento digital hispanohablante es muy competitivo. Cuando un programa de televisión construye una caricatura de una comunidad entera, no solo falla éticamente: pierde credibilidad ante una audiencia que ya tiene muchas otras pantallas donde existir con dignidad.”
El programa de La Sexta emitió el sketch y, según Libertad Digital, la respuesta de escritores, académicos y organizaciones civiles venezolanas fue inmediata y contundente.
El personaje ficticio y el retrato que encendió la polémica
El Intermedio, programa conducido por el Gran Wyoming en La Sexta, emitió un sketch protagonizado por un personaje ficticio llamado "María Yurisleidy Wagner de la Luz Divina", concebido para caricaturizar a la población venezolana residente en España. El perfil trazado por los guionistas fue el de una ciudadana venezolana "sifrino", término equivalente al "pijo" español, que se presentaba a sí misma como "emprendedora e inversora, aeroyogui, pero, sobre todo, orgullosa venezolana afincada en Madrid y disfrutando de su libertad".
El contenido del sketch no dejaba margen a la ambigüedad. El personaje alardeaba de haberse comprado dos áticos en el barrio de Salamanca y de que su marido había adquirido un edificio frente al parque del Retiro. Ante la pregunta implícita sobre la crisis inmobiliaria española, el personaje respondía: "¿Cómo va a haber crisis si vengo de comprarme dos áticos en el barrio de Salamanca?"
La solidaridad con sus compatriotas quedaba igualmente retratada con ironía corrosiva. El personaje afirmaba ayudar a los venezolanos publicando vídeos en Instagram con el hashtag "#FreeVenezuela" y organizando subastas benéficas de bolsos de lujo "Luisvis", cuya recaudación reinvertía contratando exclusivamente a personal venezolano para su servicio doméstico. La presencia del mayordomo completaba el cuadro. El Gran Wyoming cerró el intercambio con un remate que resumía la intención del sketch: "Al final va a ser verdad eso de que crisis es igual a oportunidad, oportunidad de que algunos se forren."
Catorce mil venezolanos en Vallecas frente al mito del barrio de Salamanca
El retrato construido por los guionistas de El Intermedio choca frontalmente con los datos disponibles sobre la comunidad venezolana en España. En el distrito obrero de Vallecas residen más de 14.000 ciudadanos venezolanos, mientras que en la zona pudiente de Salamanca apenas figuran empadronados unos 1.700. El medio venezolano El Nacional señaló que este desequilibrio demográfico hace que el perfil "sifrino" del sketch resulte una distorsión deliberada de la realidad sociológica de esta comunidad.
La mayoría de los venezolanos que llegaron a España lo hicieron huyendo de la persecución política y el colapso del país. El contraste entre esa realidad y la caricatura de la inversora con mayordomo y áticos en Salamanca es, para los críticos del programa, la raíz del problema. No se trata de un retrato exagerado con base en algo reconocible, sino de una imagen construida sobre premisas que los propios datos desmienten.
Escritores venezolanos denuncian clasismo y errores de guion
La respuesta intelectual llegó con rapidez y con nombres concretos. El escritor venezolano Juan Carlos Chirinos publicó un artículo en elmundo.es en el que calificó el sketch de "clasista, xenófobo y de un racismo miserable". Su diagnóstico no distinguía entre intención y resultado: el contenido, para Chirinos, era dañino con independencia del propósito cómico declarado.
Juan Carlos Méndez Guédez fue más preciso en su crítica técnica. Para el escritor venezolano, el problema no era solo ético sino también de ejecución. "El personaje está muy mal hecho", declaró, y la evidencia que aportó fue de una contundencia particular. Señaló que "una venezolana de clase alta jamás se llamaría Yurisleidy, que es un nombre de clase popular en Venezuela". El error no era menor. Un guion que pretende caricaturizar a la élite venezolana y elige para su personaje un nombre que en Venezuela pertenece a registros culturales y socioeconómicos completamente distintos revela, según Méndez Guédez, el desconocimiento de los guionistas sobre la comunidad que pretendían retratar. La sátira social mal documentada, argumentó, no falla solo en la forma sino en la premisa.
La demanda de las organizaciones civiles venezolanas
La reacción no quedó en el terreno de la crítica cultural. La plataforma Ayuda Venezuela y la entidad española Movimiento contra la Intolerancia publicaron un escrito conjunto rechazando el contenido del programa. La precisión de su petición es relevante porque evita el argumento fácil de la censura.
"No pedimos que se deje de hacer humor. Pedimos que nuestra nacionalidad no sea utilizada para construir una caricatura que puede generar prejuicios", rezaba el comunicado conjunto. La distinción es deliberada. Las organizaciones no cuestionan el derecho del programa a hacer sátira ni la legitimidad del humor sobre fenómenos migratorios. Lo que rechazan es el mecanismo por el cual un atributo nacional, ser venezolano, se convierte en el eje de una imagen estereotipada con potencial para alimentar prejuicios contra una comunidad que ya enfrenta condiciones de vulnerabilidad reconocidas.
El cierre del comunicado dejaba al lector con una petición concreta y con la advertencia de que detrás de ese nombre mal elegido, Yurisleidy como aristócrata, hay un desconocimiento que no es inocente, porque las caricaturas construidas desde la ignorancia también generan daño real.
