Luis Chacín, trabajador de gabarra, extiende el brazo hacia el horizonte desde la entrada de la barra del Lago de Maracaibo y traza con el dedo una línea que se distingue a simple vista: de un lado, el agua dulce del lago; del otro, la del mar. Es el punto exacto donde ambos mundos se tocan, y para él, mucho más que un paisaje.
"Esa notable diferencia entre el agua dulce del lago, la más azul, y la del mar, fue la que vieron los españoles en 1498″, explica Chacín, quien conoce la zona por su labor diaria en las embarcaciones que la recorren.
Según su relato, aquel contraste fue observado cuando los navegantes españoles recibieron autorización para ampliar los llamados "viajes menores", a finales de agosto de ese año. Aquellos marineros, expertos en la mar, reconocieron de inmediato que algo era distinto.
Una pista sobre un nuevo continente
Para Chacín, ese detalle natural fue una de las primeras evidencias de que el territorio que exploraban no era un conjunto de islas, como las que habían hallado en Cuba, Puerto Rico o las Bahamas. "Se comienzan a dar cuenta de que existe por lo menos un gran río, o muchos, por la gran cantidad de agua dulce visible y su fuerte corriente", relata.
Esa observación, agrega, sirvió para que los exploradores empezaran a entender que habían llegado a un nuevo continente y no a la India "por uno de sus costados", como creía Cristóbal Colón.
Un fenómeno único
Más allá de la anécdota, el trabajador de gabarra destaca el valor del lugar. "Hay mucha historia, y de la hermosa, allí, en ese particular evento natural, único en el mundo dada la inmensidad de nuestro lago", afirma Chacín.
Desde la isla de San Carlos, la llamada "Barra naval del lago" sigue mostrando cada día esa frontera de colores, la misma que hace más de 500 años despertó el asombro de los primeros navegantes.
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