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Hace 38 años Raiza Ruiz volvió a la vida: Un milagro en el Amazonas

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Foto: Cortesía

Su diminuta figura deambulaba malherida en la espesa selva amazónica. Sus tres compañeros habían fallecido; de la avioneta en la que viajaban solo quedaban restos de metal quemado y retorcido, regados aquí y allá.

¿Miedo? Por supuesto que hay miedo. A lo desconocido, a los sonidos que se dejan colar entre los árboles, a cualquier movimiento inesperado que puede suponer un riesgo; a las heridas que atenazan su cuerpo… ella como médico no puede ignorar lo obvio…   y eso, cuando te sabes perdida, deambulando en círculos, ayuda muy poco.

Qué sucedió

Horas antes de ese martes,  el primer día del mes de septiembre de 1981,  transcurría con normalidad un vuelo que cubría la ruta Puerto Ayacucho – Maroa – San Carlos de Río Negro. Nada hacía suponer que la desgracia llegaría de esa manera.

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Al rato de estar en el aire, se toparon con una fuerte neblina. De repente todo se volvió blanco imposibilitando la visibilidad; esto hizo que el experimentado piloto comenzara a buscar a ciegas un sitio para un intento de aterrizaje forzoso que acabó muy mal.

La Cessna 207 monomotor, pintada de amarillo fuego y con las siglas YV-244-C debía aterrizar en San Carlos a las nueve de la mañana, pero nunca llegó.

 

Foto: Agencias

 

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La pregunta insistente que cruza su mente: ¿Alguien nos busca? ¿Por qué no se escucha un helicóptero, voces, lo que sea?.

Lo que Raiza desconocía, en medio de esas angustiosas horas,  es que apenas se reportó la desaparición de la aeronave las alarmas se encendieron y el operativo de búsqueda se inició de inmediato.

Un territorio difícil de escudriñar, por su extensión y por la espesura de la vegetación.

El jueves 3 de septiembre llegaron las primeras noticias: el piloto de una ruta comercial avistó los restos de la aeronave, en medio de la selva, en los linderos del río Casiquiare.

Por el estado en que se encontraba la avioneta era improbable que hubiese sobrevivientes.

 

Foto: Agencias

Entre la vida y la muerte

Tras el hallazgo, los familiares fueron oficialmente notificados de la muerte de todas las personas que se encontraban a bordo.

Las víctimas: Rómulo Ordoñez, capitán de la nave; José Manuel Herrera, juez colombiano; Salvador Mirabal, agente policial y Raiza Josefina Ruiz Guevara, médico residente en Maroa desde el 16 de agosto de aquel año y próxima a recibir su título de Médico Cirujano.

El 5 de septiembre, los supuestos restos mortales de Raiza Ruiz fueron sepultados en el Cementerio del Este, en Caracas.

Entre tanto, otra historia, vital, de supervivencia se escribía en la profundidad de la selva, donde una mujer, diminuta en estatura pero grande en agallas, luchaba para no desfallecer.

El agente Mirabal murió poco después del impacto y la explosión de la avioneta, el juez Herrera y el capitán Ordoñez sobrevivieron al igual que Raiza, pero las heridas, fracturas y quemaduras que les causó el incendio de la aeronave, pasaron factura en pocas horas.

En medio de la  selva, la doctora Raiza Ruiz estaba completamente sola, aferrada a la vida pero consciente de que la muerte la rondaba.

Las heridas, que inicialmente parecían menores, empeoraron al contacto con la humedad de la selva, los insectos, la intemperie. Su cuerpo comenzó a hincharse, se le dificultaba orinar, los gusanos se apropiaron de la piel quemada.

La fiebre, la debilidad y los delirios se hicieron presentes. Aún aturdida, peleó con Dios, le pidió explicaciones por el suplicio que estaba viviendo.

Ya el domingo, cansada de andar dando tumbos con su cuerpo martirizado, Raiza  se derrumbó. Cayó a tierra, sin fuerzas para seguir intentando hallar la vía de escape de aquella pesadilla.

“Ya no podía seguir caminando, estaba demasiado hinchada, su cuello era una masa purulenta poblada de gusanos, sus piernas que ya no respondían también estaban llenas de larvas. La pobre chica ya no soportaba el dolor y entonces pidió morir”, se lee en una crónica que da cuenta de aquellos infaustos días.

Sin embargo, en aquel momento Raiza pudo escuchar voces humanas que se aproximaban, rodeándola. Primero fueron niños; horas después llegaron los adultos, indígenas de la etnia Baré, quienes le prestaron auxilio.

Limpiaron sus heridas, entonaron cantos tribales y oraron a sus dioses para devolver a la doctora al mundo de los vivos; construyeron una suerte de camilla con fibras vegetales para facilitar su traslado.

En una verdadera travesía con escalas y trasbordos, a través del Río Negro, consiguieron llevarla a la población de San Carlos, en busca de ayuda médica, la cual recibió a medias porque el personal del dispensario estaba en Caracas en los actos fúnebres de ella.

Una enfermera y una odontólogo hicieron frente al cuadro lamentable que Raiza presentaba. Sus piernas estaban tan infectadas de larvas que temió perderlas. Aún así, haciendo acopio de fuerzas, la doctora Ruiz dirigió las primeras labores de su curación.

Apenas se supo en Puerto Ayacucho que Raiza Ruiz estaba con vida acudieron a buscarla. En medio de un temporal, una avioneta aterrizó en San Carlos de Río Negro para iniciar el camino de vuelta  a casa.

El 7 de septiembre es una fecha que jamás será olvidada en el hogar de la familia Ruiz Guevara. Era el inicio del novenario, ese rito católico para rogar por las almas de quienes partieron,  pidiendo para ellos “que brille la luz perpetua y descansen en paz”.

Esa noche, en medio de las letanías, se escuchó el repique del teléfono. Desde Puerto Ayacucho llegaban buenas nuevas.

Gritos de sorpresa y una voz que rasgaba el luto del momento : “¡Raicita está viva… está viva!…”, exclamaba, a punto de desmayarse,  su hermana Isabela Ruiz, quien atendió la llamada.

Un regreso y sus consecuencias

Una sucesión de errores, omisiones y mucha negligencia durante las operaciones de rescate condujeron a suponer y posteriormente oficializar su fallecimiento. Pero no, Raiza Ruiz estaba con vida.

Más tarde, ya recuperada y en casa, bromearía con el hecho de saber quién había ido a su entierro y quiénes la habían llorado.

Ahora Raiza, ya en Caracas, va en una ambulancia rumbo a la clínica. Su familia no para de llorar  y agradecer a Dios por el milagro de traerla de vuelta.

Entre tanto, el país entero no sale de la sorpresa ante el hallazgo y se desatan las especulaciones. Si Raiza Ruiz está viva qué o quién fue sepultado con su nombre, es la pregunta.

Tres días después del rescate, el 10 de septiembre se realizó la exhumación que obligaba un hecho como este, para descubrir que en lugar de restos humanos, en la urna sellada estaban dos sacos de cal y huesos de venado y lapa.

A la par del estupor nacional ante el hallazgo y las medidas judiciales contra los responsables de estos hechos, donde unos pocos jugaron con la vida de cuatro ciudadanos, con el dolor de sus seres queridos y con la institucionalidad del país, otro capítulo único e insólito de esta historia se estaba gestando.

 

Foto: Agencias

 

Foto: Agencias

Raiza está viva, pero…

Aunque Raiza Ruiz felizmente no murió en aquel accidente, existía un acta de defunción que certificaba su fallecimiento; la legislación venezolana no permitía corregir el equívoco. En 2006 por fin pudo demostrar legalmente que estaba viva.

Pero tales mezquindades humanas no han hecho mella en el recorrido vital de Raiza Ruiz; luego de una larga y dolorosa recuperación física, vino un tiempo para sanar las heridas del alma y ordenar las ideas, tras lo cual volvió al ejercicio de la medicina.

Esta mujer de gran estatura espiritual volvió por un tiempo al Amazonas a hacer lo que sabe: sanar a otros. Actualmente presta servicios en la Unidad de Medicina Tropical de la Universidad Central de Venezuela y ofrece charlas motivacionales.

Raiza Ruiz vive agradecida con el día a día, con cada respiro, aprovechando al máximo la segunda oportunidad que le dio la vida hace 38 años; lo que muchos aún llaman El Milagro del Amazonas.

 

Foto: Agencias

 

Noticia al Día / F. Reyes/ Agencias

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