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El Rey en Maracaibo: Especial de Leonor Hall

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El rey en Maracaibo
El rey en Maracaibo

A mediados julio de 1973, Maracaibo vibra a un ritmo diferente. Cuadrillas de obreros de la construcción se ven por toda la ciudad, dando las últimas pinceladas a plazas, monumentos   y avenidas, que serán inaugurados con motivo del sesquicentenario de la Batalla Naval del Lago.

Más allá de tierra firme, una población flotante, proveniente de distintos rincones del mundo, ha tomado las aguas del lago a bordo de imponentes buques. El paisaje lacustre ha cambiado por completo y las embarcaciones se preparan para participar en una revista naval.

El anunciado desfile sobre las aguas será uno de los actos más importantes del sesquicentenario. Faltan apenas horas para la memorable fecha y la ciudad se dispone a celebrarla por todo lo alto, durante tres días que harán historia en Maracaibo.

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A bordo del buque británico navega un joven de 24 años, que recibe entrenamiento en la Marina Real. Su presencia en las aguas del lago ha pasado inadvertida, pero el joven oficial no es precisamente un desconocido. Está destinado a convertirse en Rey de Gran Bretaña e Irlanda del Norte y de todos los estados soberanos del “Reino de la Mancomunidad de Naciones”. Se trata de Carlos de Inglaterra, Príncipe de Gales.

El 22 de julio comienzan las inauguraciones. Por su relación con la fecha patria, la más emblemática será la del Monumento a la Marina el día 24, a cargo de los presidentes de Venezuela y Colombia, Rafael Caldera y Misael Pastrana.

Las inauguraciones se realizan una tras otra durante el día, entre ríos de marabinos entusiastas que desbordan las calles. Al caer la tarde, comienza a burbujear el champagne en los salones y la ciudad se convierte en un torbellino de festejos.

La recepción que ofrece el gobernador Hilarión Cardozo a los presidentes Caldera y Pastrana la noche del 23, será la más recordada. Contó con la presencia de todas las personalidades nacionales y extranjeras invitadas a los festejos, incluido el príncipe de Gales.

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La asistencia del príncipe a la fiesta requirió de un programa meticuloso, dentro del cual la Capitanía del Puerto desempeñó un papel crucial. Comenzó la mañana del día 23, cuando me reuní con el capitán del puerto en su sobresaturada oficina de “La Ciega”, desde donde se le comunicó al buque inglés la misión que me llevaría hasta la embarcación.

Además del contacto directo con el comodoro y el capitán del navío, para informarles sobre los detalles de la recepción, la misión implicaba la coordinación de mi rol como asistente del príncipe durante el evento.

La recepción sería su único paso por tierra firme y el programa se organizaría sobre la base de que el heredero al trono no llegaba a Maracaibo en visita oficial. Cursaba su formación dentro de la Armada Británica y como tal asistiría en calidad de invitado. Lo haría junto a un grupo de sus compañeros, liderados por el comodoro y el capitán del buque.

A la hora señalada, recibí a la delegación británica en la puerta de la residencia del jefe del estado. Después del saludo protocolar al presidente Caldera y al gobernador Cardozo, los oficiales se integraron con soltura al ambiente festivo de la noche.

Cuando el grupo que le acompañaba se perdió entre los invitados, el príncipe se refirió a su formación militar. Explicó que la completaba por entonces con el servicio en la Marina, después de haber concluido los del Ejército y la Aviación.

Entretanto la gente empezaba a reconocerlo y comenzaba a sentirse el impacto que causaba su presencia. A partir de ese momento, y durante toda la noche, incontables personas se acercarían ansiosas a saludarlo efusivamente.

Un cálido juego de luces se había instalado en la residencia para la ocasión, destinado a destacar el jardín y los arreglos florales. La iluminación resaltaba el carácter tropical del entorno y era evidente que resultaba exótico al visitante. Su hoy célebre interés por el medio ambiente se dejó ver de cerca esa noche en Maracaibo, mientras contemplaba acucioso las especies de nuestra flora.

Escuchó con atención a todas las personas que se acercaron a saludarle y mostró interés por la música que interpretaba un cuarteto, de la recién estrenada orquesta sinfónica de Maracaibo. Hacia la media noche expresó su deseo de recorrer los jardines de la residencia por última vez, antes de despedirse junto a sus compañeros y regresar al muelle.

Allí le esperaba una lancha de la Capitanía del Puerto que, bajo los reflejos del Catatumbo, le llevaría de nuevo hasta el buque de la Marina Real Británica, preparado para zarpar al amanecer.

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