Al Dia

El blues del perdedor: el rock protesta en un libro


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Por Alexis Ramón Blanco

Nuestro colega, Gregorio Montiel Cupello, acaba de publicar su nuevo libro, El blues del perdedor: Los derechos humanos en las letras y actitudes del rock venezolano, editado por las ONG Provea y Redes Ayuda, como parte del proyecto Música por Medicinas, donde el lector encuentra la nave que lo conducirá por un viaje poético-musical a través de las últimas seis décadas en Venezuela. Obra indispensable para la comprensión integral de un género musical de múltiples facetas y cuya reseña publicamos hoy con banda sonora incluida.


Nacido en Maracaibo, Montiel Cupello vive en Caracas, donde ha desarrollado una brillante carrera como especialista en nuestra música contemporánea. Su trabajo de investigación nos permite declarar con sumo orgullo que fue aquí, en esta ciudad, donde comenzó a desarrollarse el rock a nivel nacional. Forman parte de esta historia suya, sus programas Brasil Canta y Latinoamérica, la Raza Cósmica, que transmitió la desaparecida Televisora Nacional Canal 5, entre 1988 y 1992.

A finales de esa década coordinó, para el diario El Nacional, una antología musical de 82 discos compactos que integran un exquisito patrimonio cultural. En 2009, el egresado de la Universidad Católica Andrés Bello (1981), escribió los textos para la colección Tesoros de la Müsica Venezolana, de Ilan Chester, con la cual el cantautor ganó el premio Grammy al Mejor Álbum Folclórico, en 2010.

Con Gregorio pautamos un encuentro, el pasado viernes, en la gratísima plazoleta de Santa Lucía. Hablamos de El blues del perdedor y, flor de paradojas, hablábamos de rock mientras sonaba de fondo alguna gaita protesta. Auspicioso detalle, porque justo de eso, de arte musical con ideas o filosofía inconformista a ultranza, se trata el tema que desarrolla en las 266 páginas del libro.


En 2016, en una entrevista para Vulture, Bill Wyman, el baterista de los Rolling Stones, declaraba: “Una buena definición del rock, de hecho, es que es música popular que hasta cierto grado no le importa si es popular”. En su libro, Gregorio Montiel Cupello establece de entrada que no aludirá aquellos temas simplones o estereotipados del rock criollo, sino que enfocará esa matriz primigenia del género, la que aparece vinculada con los fenómenos de la contracultura, la misma que signó profundamente la historia cultural de la humanidad.

Su primera cita expedita (aunque la portada del libro nos muestra una referencia clave: una imagen trabajada de Frank Zappa) refiere las palabras de Pete Towsend, guitarrista de The Who: “Si grita pidiendo verdad en lugar de auxilio, / si se compromete con un coraje que no está seguro de poseer, / si se pone de pie para señalar algo que está mal / pero no pide sangre para redimirlo, entonces es rock and roll”. Con la cita, el autor quiere reflejar “el compromiso que de una u otra manera siempre ha tenido el rock con los derechos humanos, con las causas humanitarias, con la libertad e integridad de los individuos y su rechazo a todo lo que huela a represión, dictadura, corrupción, abusos, injusticias…”.

Esto, de entrada, torna el libro en una referencia indispensable para quienes gustan de investigar y conocer la esencia temática de nuestra música a través de su historia de seis décadas para acá.


En media docena de capítulos, Montiel Cupello plantea: 1.”¿Por qué se fue y por qué murió, por qué el Señor me la quitó”, es decir, la década que transcurre desde 1959 a 1969, es decir, Veezuela de Vietnam a Woodstock; en el 2: “Tienes que tomar conciencia, Latinoamérica”, desde el 70 a 79 y con aspectos emblemáticos como “Éramos full hippies”, Censura para Colombia, del caso Vegas a John Travolta, Con sonido venezolano y “Mi generación lo que oía era changa y salsa y jazz fusión”. En la tercera parte, del 80 al 85, “¡Levántate y pelea!”, involucra a “Un big bang de rock and roll”; Entre el metal y la poesía; Si se pierde una bala, no la querrás encontrar y Peleas, reconcomios y prejuicios.

El cuarto capítulo, de 1986 a 2000, leeremos “Si alzamos la mirada, en un cerro se divisa una gente que engañada te devuelve una sonrisa al revés”. El quinto capítulo, “El poder emborracha”, va de 2001 a 2010 y, finalmente, “Rock contra la dictadura”, de 2013 a 2020, involucra una postura abiertamente política y contestataria, expuesta en los subtítulos: Y llegamos al siglo XXI; los techos de cartón del chavismo, Mother Fucker, No caben copias ingenuas cuando la vida se va, Unamos al Cementerio del Sur y al Cementerio del Este; Lo que pasa es que, mira, el sistema, vale, coarta incluso la mejor de las disposiciones. Luego leemos: Toma tu patria despedazada, gracias por todo, gracias por nada; Protesta y descontento; Matando estudiantes, matando hasta perros, nos hablan de paz mostrando sus dientes y El rock and roll es libertad, no esclavitud.

Obviamente hay una postura muy clara y objetiva por parte de quien escribe esta recopilación de hechos artísticos insoslayables. Desde el nacimiento del rock en Maracaibo, así como el surgimiento de Los Impala, banda legendaria de la música criolla, con los Rudy Márquez, Henry Stephen, Francisco Belisario, los hermanos Quinterio (Nerio y Eduardo “Edgar Alexánder”); Bernardo Ball, entre otros notables intérpretes donde quien redacta agregaría al gran Bob Bush. También destaca GMC a Los Flipper y los Tempest.

Luego aparecerán otros íconos, como Los 007, Los Supersónicos, Los Darts e incluso el indispendsable Trino Mora, con Libera tu mente y Sé tú mismo, dos canciones que ya reflejan en buena medida esa necesidad que sentían nuestros para entonces muy jóvenes roqueros, de gritar al país ese “¡Aquí estamos!”, que es el tema central del libro de Gregorio, a través del cual hemos experimentado una mágica sesión de nostalgia y emoción hecha música. Total, quien redacta esta reseña, un año mayor que el autor del libro, no podría explicarse a sí mismo sin la portentosa presencia sonora de estas músicas, como si resucitaran aquellas madrugaditas mexicanas escuchando a Three souls in my mind, el “Tri” de Alex Lora y que configura este carrousel de referencias sonoras.

Una de ellas, el Festival Mil Canciones por la Paz, aquí en Grano de Oro, donde los adolescentes que allí estuvimos experimentamos un inolvidable alumbramiento (jamás olvido a mi profesora de inglés, Joyce Isea, la hija del profesor Darío Isea Uribe, instigándonos a sus aumnos del Carracciolo Parra Pérez para que estuviésemos en ese evento cultural extraordinario). También recordaba, mientras devoraba El blues del perdedor, aquellos sábados por la tarde en el Teatro Baralt y La Gran Máquina, es decir, las bandas increíbles de aquella Maracaibo insólita.

Podría escribir ahora una versión interminable de los sentimientos que este libro en mí ha generado. Debo cerrar diciendo que, al igual que ocurre con todas las artes, resulta muy difícil encontrar verdadera pureza entre quienes prefieren arrobarse bajo las alas del poder antes que confrontarlo e inquirirlo.
Y eso es justamente lo que el rock venezolano ha hecho, según reporta Gregorio Montiel Cupello. Incluso, en los textos dedicados, por ejemplo, a Paul Guilman o a Desorden Público y su cantante, declarados simpatizantes del llamado chavismo, prevalece un gran sentido de respeto y objetividad de su parte, aun cuando también es obvio que desde su perspectiva de ciudadano de este país, del cual jamás ha querido irse, no hay concesiones gratuitas más allá de su pretensión de enfocar esta historia que aún continúa, a pesar y en contra del mainstream, las redes sociales o el chatGPT. El arte es arte o es causa perdida.

En el video que acompañará esta nota, Gregorio Montiel Cupello habla de El blues del perdedor de manera sucinta y clara. El libro tiene un hermoso diseño interactivo y trae un CD con quince temas fundamentales para que el lector saque sus propias conclusiones. Total, la obra recorre más de medio siglo de experiencias extraordinarias. El autor cierra: “Las cosas se están encausando y el rock a la venezolana, poco a poco, se está llenando nuevamente de bríos, entusiasmo y electricidad”. Busquen y encuentren, lean y escuchen.

¡Salud!


Alexis Ramón Blanco



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