Un silencio sobrecogedor se ha extendido en esta importante zona turística del país a una semana de los dos devastadores terremotos que transformaron sus bulliciosos bulevares en cerros de escombros y ruinas. El sonido de las lanchas en la bahía, los lujosos yates , la música en los balnearios, los deportes nautícos , el surf y bailes al aire libre, quedaron en el recuerdo de quienes lograron sobrevivir a los terremotos y los venezolanos y extranjeros que hicieron una vez turísmo en el hermoso estado venezolano.
El paisaje, que cada fin de semana invitaba al disfrute del mar y al esparcimiento, hoy es el escenario de una dolorosa búsqueda: la de aquellos que se niegan a dar por muertos a sus familiares y amigos, y que aún recorren la zona devastada atentos a cualquier sonido que signifique una señal de vida.

Ocho días después de que la tierra al norte del país se moviera con fuerza —sacudiendo como palmeras bajo la brisa a imponentes edificios residenciales, hoteles y centros comerciales que terminaron derrumbándose como castillos de naipes—, el mutismo se apodera de la región. El silencio se vuelve especialmente sepulcral durante las noches, cuando las maquinarias detienen su marcha.
A lo largo de la región costera cercana a Caracas, rescatistas, bomberos, policías y militares continúan con la extenuante tarea de remover toneladas de concreto, tanto de forma manual como con equipo pesado, con la persistente esperanza de hallar sobrevivientes.

Sin embargo, el panorama es crítico. Médicos y especialistas advierten que, tras superar el sexto día de búsqueda, las posibilidades de encontrar personas con vida son cada vez menores. Los sismos de magnitud 7,2 y 7,5 registrados el pasado miércoles han dejado, hasta el momento, un saldo trágico de más de 2.000 muertos y al menos 4.500 heridos.
En la zona del desastre, el ambiente es tenso. Cuando los rescatistas exigen «silencio» y levantan el puño, todo el movimiento se paraliza y el entorno enmudece por completo. En esos segundos, la esperanza y la decepción se cruzan en el aire, mientras un grito interno de dolor ahoga a quienes todavía esperan un milagro.
Olor a descomposición
El olor a descomposición y la rabia marcan a La Guaira a una semana del terremoto. Mientras las familias siguen esperando noticias de sus seres queridos, rescatistas mantienen la búsqueda entre los edificios colapsados. En medio de la tragedia, los damnificados dependen de la ayuda que llega desde distintos puntos.
El doble seísmo que asoló Venezuela la semana pasada ha causado al menos 2.295 muertos y 11.267 heridos, según el último balance de las autoridades venezolanas, publicado el miércoles. Entre las víctimas mortales hay 27 españoles, según ha confirmado este jueves el Ministerio de Exteriores.
Los desaparecidos españoles son 137 y 11 los localizados bajo los escombros. Hernán Gil, de 43 años, el vigilante de un aparcamiento de un centro comercial en La Guaira que llevaba ocho días atrapado bajo los escombros, ha sido rescatado con vida en la mañana de este jueves tras una operación de salvamento de casi 72 horas.
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