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Cabrujas: la última función de un hombre que nunca dejó de interrogar al país

Imagen restaurada con IA

Hay hombres que se marchan y dejan silencio. Otros dejan preguntas que el tiempo no consigue responder. José Ignacio Cabrujas Lofiego pertenece a estos últimos: los que hicieron de la palabra un espejo, del teatro una manera de interrogar al país y de la televisión una ventana para mirar, sin maquillaje, las contradicciones de la vida venezolana.

Este 21 de octubre se conmemoró el aniversario de su fallecimiento. El escritor murió en Porlamar, estado Nueva Esparta, el 21 de octubre de 1995, a los 58 años, pero su obra continúa respirando en los escenarios, en las páginas de sus crónicas y en la memoria de una televisión que encontró en sus libretos una nueva manera de contar historias.

Nacido en Caracas el 17 de julio de 1937, Cabrujas creció en Catia, territorio popular que dejó una huella profunda en su sensibilidad y en su manera de entender la venezolanidad. Estudió en el liceo Fermín Toro e ingresó posteriormente a la Universidad Central de Venezuela para cursar Derecho. Sin embargo, el teatro terminó por reclamarlo: abandonó la carrera y se incorporó al Teatro Universitario, dirigido por Nicolás Curiel, donde comenzó a construir una trayectoria que transformaría la dramaturgia nacional.

Del escenario a la conciencia del país

Su debut como actor ocurrió en 1959, con Leyenda de amor, del dramaturgo turco Nazim Hikmet. A partir de aquella experiencia, Cabrujas encontró en las tablas un territorio para explorar la historia, la identidad y las contradicciones de la sociedad venezolana.

En 1961 viajó a Italia para estudiar con el Piccolo Teatro di Milano. A su regreso, fundó el Teatro de Artes de Caracas y continuó desarrollando una obra que incorporaba la historia nacional, el humor, la ambigüedad y una mirada crítica sobre las formas en que los venezolanos comprendían su propia realidad.

Piezas como Profundo, Acto cultural, El día que me quieras y Autorretrato de artista con barba y pumpá revelaron a un autor capaz de moverse entre la ironía y la reflexión, entre la memoria colectiva y las pequeñas tragedias de la vida cotidiana.

Junto con Román Chalbaud e Isaac Chocrón, formó parte de una generación decisiva para la renovación del teatro venezolano. La fundación de El Nuevo Grupo contribuyó a consolidar un espacio para nuevas propuestas dramatúrgicas y escénicas.

Cabrujas no escribía únicamente para entretener. En sus personajes y diálogos se asomaban las aspiraciones, las frustraciones, las apariencias y las contradicciones de una sociedad que, muchas veces, prefería no mirarse demasiado de cerca.

La telenovela también podía pensar

Si el teatro le dio un lugar entre los grandes autores venezolanos, la televisión amplió su voz hasta los hogares de millones de espectadores.

A partir de 1976, con La señora de Cárdenas, comenzó una etapa fundamental de su carrera como escritor de telenovelas. Su trabajo contribuyó a transformar el género al incorporar conflictos familiares y sentimentales vinculados con problemas sociales, dilemas morales y personajes alejados de los esquemas convencionales.

Después llegaron títulos como Silvia Rivas, divorciada, Natalia de 8 a 9, La dueña, La dama de rosa, Señora, Emperatriz, Las dos Dianas y El paseo de la Gracia de Dios.

En sus historias, el melodrama dejó de ser únicamente una sucesión de amores imposibles y secretos familiares. Se convirtió también en un espacio para discutir el poder, la desigualdad, las relaciones humanas y las máscaras con las que una sociedad intenta ocultar sus heridas.

Cabrujas defendió la telenovela como una forma legítima de dramaturgia. Su aporte ayudó a demostrar que la cultura podía entrar en las casas sin renunciar a la inteligencia, la complejidad de los personajes ni la capacidad de cuestionar el mundo.

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El cronista que descifraba la venezolanidad

Su talento tampoco quedó encerrado entre bambalinas ni limitado a las pantallas. Cabrujas fue un ensayista y cronista de aguda mirada, colaborador de periódicos como El Nacional y El Diario de Caracas, donde convirtió la actualidad en materia para la reflexión.

En sus artículos examinó la identidad nacional, el poder, la soberanía, la corrupción y las maneras en que los venezolanos construían sus explicaciones sobre el país. Bajo el seudónimo de Sebastián Montes también publicó crónicas, demostrando que el humor podía ser una herramienta para desmontar solemnidades y revelar verdades incómodas.

Parte de esa mirada quedó reunida en El país según Cabrujas, libro que permite acercarse a su pensamiento y a su particular manera de interpretar la historia y la vida pública venezolana.

Su trayectoria se extendió, además, al cine, la radio y la docencia. Escribió guiones cinematográficos, participó en producciones teatrales y operísticas, y compartió sus conocimientos con nuevas generaciones. En 1988 recibió el Premio Nacional de Teatro, reconocimiento a una obra que ya había dejado una marca profunda en la escena cultural venezolana.

En septiembre de 1995, pocas semanas antes de morir, se estrenó Sonny, una versión de Otelo inspirada en la vida del boxeador venezolano Sonny León. Aquella pieza quedó entre los últimos testimonios de un creador que continuó trabajando hasta el final de sus días.

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La palabra que se quedó

El 21 de octubre de 1995, Porlamar fue el escenario de su despedida. La muerte de Cabrujas cerró una vida de apenas 58 años, pero no puso punto final a una obra que había transitado por el teatro, la televisión, el periodismo y el cine.

Su legado permanece en cada representación de sus piezas, en las discusiones que suscitan sus ensayos y en la huella de aquellas telenovelas que demostraron que las historias populares también podían contener preguntas profundas sobre la sociedad.

Recordarlo no consiste solamente en enumerar sus obras ni en evocar una época dorada de la dramaturgia venezolana. Significa volver a un escritor que se atrevió a examinar el país desde sus gestos más cotidianos, sus grandes contradicciones y sus persistentes deseos de entenderse.

Porque José Ignacio Cabrujas no solo escribió personajes: ayudó a que Venezuela se reconociera en ellos.

Y mientras el país siga buscando palabras para explicar lo que es, lo que fue y lo que sueña ser, su voz seguirá encontrando un lugar en la escena.

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