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Noticia al Dia

La piragua de tierra que llevó a Maracaibo hacia el porvenir

En los años en que la ciudad apenas empezaba a estirarse más allá de sus adoquines coloniales, un rústico bus de tablas de cedro, montado sobre chasis de Ford Modelo T, se convirtió en el vehículo de una transformación silenciosa. Desde la Plaza Baralt hasta el entonces incipiente sector de Las Delicias, aquellas "carroceras" de madera cargaban no solo pasajeros, sino la promesa de una Maracaibo que comenzaba a expandirse al ritmo del auge petrolero.

Con la pluma detallista que caracteriza su columna Maracaibo Histórica, el cronista Juan Carlos Quintino vuelve a demostrar su talento para devolverle voz y color a los rincones olvidados de la memoria marabina. En esta ocasión, a través de los ojos de un pasajero imaginado, Dionisio, Quintino rescata el pulso de aquellos trayectos donde el polvo, el sol y el rugido de un motor incipiente anunciaban el nacimiento de una nueva ciudad.

El cajón de tablas de cedro montado sobre un Ford Modelo T temblaba entero en la Plaza Baralt. Dionisio subió de un salto al estribo, pagó su medio al muchacho colgado de la baranda y se acomodó en el banco de listones pulidos. Olía a barniz fresco, gasolina y sol bravo.

—¡Las Delicias! ¡Para el campo petrolero! —gritó el colector.

El armatoste rugió y enfiló al norte, dejando atrás los adoquines del centro. Al entrar en Las Delicias no había asfalto: solo un camino blanco de polvo y conchas de coco que se abría entre cujíes y cercados de alambre. El viento caliente entraba sin freno por los costados sin vidrios, revoloteando los pañuelos de lino y los sombreros de paja.

A cada bache, la carrocería crujía como una piragua contra las olas del lago, sacudiendo a Dionisio y a los pasajeros en un vaivén compasivo. En apenas veinte minutos, aquel humilde bus de madera los depositó frente a las quintas señoriales, dejando tras de sí una estela de tierra y el eco de una ciudad que empezaba a correr hacia el futuro.

Foto cortesía de Juan Carlos Morales Manzur.

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