Qué fotografiar (por Alejandro Vásquez Escalona)

Qué fotografiar (por Alejandro Vásquez Escalona)

Llego a la Feria de mercados. Tanteo con la mirada el riachuelo de compradores. En sus orillas, mesas de tamaño mediano donde se extienden frutas, verduras, condimentos de comidas. Algunos marchantes, vocean sus mercaderías, sin aspavientos, ni griterías. La luz liviana gotea sobre la calle. Sobre la ciudad. Pienso en Maracaibo, en Las pulgas, sin nostalgia. Todos los sábados acudo a este lugar para comprar el pescado que consumo en la semana. Hoy llevo la cámara fotográfica. Ando contento. Un poco atolondrado, pero calmo en esencia.

No llegan los deseos de fotografiar. Muchos mercados en mi archivo de imágenes. Mucha vida de periodista de las contingencias. De la cámara es mi compañera permanente. Ahora Asumo la reflexión intima, la calma visual en el detalle de lo intrascendente. Qué fotografiar para no volver sobre lo mismo, a sabiendas que la repetición en la vida no existe. Eso me lo dijo Milán Kundera. Tal vez lo hizo porque es un tío insoportable.

Compro el pescado. Lo cancelo. Como acordamos, la vendedora lo guarda mientras adquiero el resto de la vitualla. Camino la calle, feria adentro. Brisa matutina, río de colores vegetales adentro. Ella extiende sobre su mesa de venta, sobrecitos de plástico transparentes de tomillo, romero, comino, orégano… como si echara cartas en una partida de póquer donde se apuesta el sustento del hogar. Tal vez su espíritu libertario. Es blanca de cabello claro de un desteñido natural. No es hermosa, pero su aura tiene algo de imán. La abordo. Comento algo sobre el mercado, el calor que hace, mi oficio de fotógrafo. Amablemente rechaza que la fotografíe. Otro día me retrata con mi esposo. Siento que lo dice, porque le agradaría que sucediera de esa forma. Seguro, le prometo.

Continúo mi itinerario sabatino. Casi al final. Veo sobre el pavimento de la calle el platico de losa con el niño de pantaloncito rojo impreso, la cucharita junto al libro El Mar del Tiempo perdido en el puesto de objetos usados de Leo. Llega también la epifanía sobre qué fotografiar. Eso ya lo relaté en Mujer con aroma a Tomillo. Asumo la sentencia de no me vuelvas con ese cuento otra vez. Y sigo.

Camino. Me entretuve mucho. Llamaba a la familia. A los amigos, agradecía, les deseaba armonía y paz. Un muchacho altote enmascarillado que espera en la parada me confirma que habrá servicio de transporte público hasta las 5 de la tarde solamente. Son las 4: 20. Quizás aprecia mi calma cuarteada y sugiere, mejor camine hasta 8 de octubre son unas seis cuadras. Allí circulan más ómnibus que aquí. Lo sé. Vivo a media cuadra. Con todo, agradezco. Y me lanzo a andar con la ansiedad que me salpica, como si fuese un uruguayo cualquiera. Así andan siempre, creo.

Apenas dos cuadras para llegar a la avenida donde circulan más transporte que me lleve a mi destino. Oigo del otro lado de la calle, Alejandro, Alejandro. Miro. Me confundo. Debe ser alguien de Venezuela que me conoce, no preciso quién. Por impulso atravieso la vía para acercarme. Es Daniel, el vendedor de especies y condimentos en la feria de mercados de los sábados. Está con Mayda su mujer. Se acercan. Me extienden sus manos, me abrazan. Recibimos el mail del retrato que nos hizo en la feria y el cuento de la Mujer con olor a Tomillo. Gracias, muchas gracias, expresan con la alegría del día. Es viernes, 31 de diciembre de 2022.

 

Alejandro Vásquez Escalona