Cuéntame qué es Navidad (Alejandro Vásquez)

Cuéntame qué es Navidad (Alejandro Vásquez)

Foto: Cortesía

Cuéntame qué es navidad. Hoy a las 7:15, la luz era limpia y dulce. La armónica de Bob Dylan sonaba finita, soul. Se oía Mr. Tambourine man. El azul intenso del cielo se escurría por la ventana. Vuelvo a sentir que soy quien desea ser. Eso escribo esta mañana. Lo envío como mensaje de voz en WhaAsapp a una veintena de personas. Gente cercana para precisar, es lo mejor que se me ocurre. Elda escribió, poeta!, un emoji de un tulipán rosa y que belleza!. Tarek desde su móvil, seguramente o su portátil de trabajo, lo sintió: que hermoso ese poema que pasaste, acompañado de las manitos del saludo budista. Porque ese libanés no es católico. El día se descuelga suave y liviano.

En la tarde a eso de las 5:45, bajo como casi todos los días hasta un parque cercano.

Desde la parte alta una fila de mojones de cemento proyecta su sombra como un dibujo cinético sobre la caminera. A lo lejos veo una pareja, hombre y mujer. Solo eso preciso. Silencio vacío, pero agradable. Uno que otro auto se desplaza por la calle cercana. Poco concurrida habitualmente. Me siento extraño, pero contento. Comienzo a correr. Es como si toda la pista fuera para mí solamente.

Casi termino la primera ronda de trote alrededor del ovalo de asfalto. A la derecha un carrito de metal cromado de lo que usamos en los supermercados con algunas prendas de vestir desgastadas. Algunas cuelgan sobre las barandas. Destaca el colorido frente a la sencillez. Del lado contrario a la pista angosta, un hombre en pantalones cortos, sin camisa. Es moreno. Lleva tatuajes como historietas en los brazos y piernas. Está en cunclillas frente al bebedero de agua. Lo asocio con el cochecito metálico. Recuerdo al hombre de la novela La Carretera de Corman McCarthy que camina con su hijo empecinadamente hacia el mar en un mundo vuelto polvo. No se separa jamás del carrito cromado. Allí lleva sus pocas pertenencias. Cielos grises, árboles quemados. Silencios gruesos y carrasposos. Tensión. Hoy acá al contrario pareciera que lloviera una sensación de alegría compartida hasta por los descreídos. Hasta por los desamparados.
Ingenuidades, seguramente.

Tercera vuelta al círculo alargado negro asfáltico. Disminuyo el ritmo de carrera, preciso mejor al hombre sin camisa. Sigue en cunclillas. Se mira en un pedazo de espejo en forma de triángulo que colocó sobre el grifo cromado del bebedero. Tiene el rostro recién afeitado. Ahora se rapa la cabeza. Se hace un corte al estilo Mohicano. Lleva un zarcillo que hace un aro grande en su oreja derecha, similar a las que utilizan los africanos. Ve su cara en el fragmento de espejo. Se regodea.

La pareja que vi a lo lejos cuando llegué. Es una niña con síndrome de Down, cara redonda hermosa como luna llena y su padre, un muchacho grueso, pero hábil. Juegan alegremente en los columpios. No hay nadie más en el parque. No patineteros, ni futbolistas. Nadie bebe mate sentado sobre el césped. Tampoco se oye el ritmo similar al de San Benito de los tambores de Candombe. Sólo nosotros tres en el parque.

Ahora también un poco a lo lejos, veo al hombre tatuado, empuja el carrito cromado, que pareciera dejar una estela de colores, quizás de alegría. Tal vez llegué al mar. Unas pocas personas a quienes envié el mensaje de voz por mi móvil, ésta mañana, respondieron, feliz navidad!. Las otras seguramente estaban ocupadísimas haciendo las hallacas para la cena.

 

Para recibir en tu celular esta y otras informaciones, únete a nuestro canal en Telegram haciendo clic en este link: https://t.me/NADZulia.

Además, puedes seguirnos en Instagram y Twitter como @noticiaaldia o síguenos en nuestra página de Facebook Noticia al Día.

 

Alejandro Vásquez