Retrato de mujer en primavera (Alejandro Vásquez Escalona)

Retrato de mujer en primavera (Alejandro Vásquez Escalona)

Alejandro Vásquez Escalona

Ella atraviesa debajo de las ramas lloronas de un sauce. Es una mujer desgarbada, muy alta. Va vestida como si fuese imagen de portada de una publicación fashion. Sujeta en su mano dos perros galgos delgados, estiradamente amarillentos. El viejo de campera verde militar la fotografía desde lejos, en plano general anotaría si escribiese para un guión cinematográfico, pero es fotógrafo. Lleva un maletín negro en su diestra. Su fusil de ilusiones suena dos veces, click, click.

No se ven árboles cubiertos de flores amarillas que se despetalan con la brisa. Ni enredaderas de rosas malva. La ausencia de lirios rojo plomizo es evidente. Es ciudad de arboleda única, de tallos encumbrados y ramas larguiruchas que se entrelazan a ambos lados sobre el pavimento de las avenidas. Predominan las tonalidades ocres, heridas por murales coloridos diversos. Huelen a disidencia. La primavera avanza. Lentamente recupera territorios perdidos. Un sol sin medios tonos aguijonea la urbe. Envalentonado intenta lavar los grises de la melancolía. El invierno pierde terreno. Va quedando reducido a una que otra llovizna anémica, uno que otro aluvión de frío al final día. En la noche quizá persiste, pero la gente duerme. Los sueños arañan las ilusiones de la calidez que vendrá.

Ese día, si tuviera habilidad, seguro silbaría una canción alegre. Una canción de Bob Dylan, Pink Floyd o Joaquín Sabina. Camina desde la avenida central donde bajó del ómnibus 103, bordea un parque pespunteado de árboles de esos que ustedes saben. Una muchacha vestida de negro casi posadolescente está sentada en una grada amplia de cemento. La acompaña un perro negro también. Luz blancuzca y aguda de la tarde los cobija. La ve. Imagina su retrato en plano de cuerpo entero. Sin pizca de duda, se le acerca. Solicita su anuencia para fotografiarla. El fusil que no marcha a batalla alguna, vuelve a resonar tres veces en ese campo de sosiego a mediatarde.

Varios chicos, estudiantes de una escuela de fotografía, en pelotón como abejas sobre una flor visual retratan atropelladamente a la mujer con perros galgos asidos de la mano. Sentada sobre una banca de cemento del parque, muestra su cuerpo al ojo de la cámara con destreza añejada. Con calidez de néctar. El viejo de la cámara asimila como en el boxeo un puñetazo atronador. Siente alivio cuando piensa que solamente vivió una escaramuza, recién llegado a este parque. Que antes de marcharse la fotografiará otra vez mejor. Y continúa rastreando otras imágenes. Busca otras refriegas que revivan su mirada vital.

Un Hombre de cabello grisáceo y camisa a cuadros, conversa con un niño. Lo hace sin timidez en la gestualidad. Por su similitud alguien apostaría a ganador que es su hijo. Vuelve a sonar por cinco veces el estallido del click click que ustedes ya conocen. No hay hostilidad como respuesta ante el abordaje abrupto similar a un asalto a media noche sin luna. Luego viene la conversación que se comparte en camaradería. Y no se encolericen, por lo puteado de la palabra. Surge la identificación por parte del fotógrafo. Sostiene que rehúye a la juerga belicosa impune. Habla de su condición de inmigrante desde un país cuarteado por una peste biológica y política. Donde la vida es amenazada por la necropsia de la desolación. Que viene de una nación preñada de petróleo y gas natural, pero los autos agonizan en los estacionamientos o en filas en espera de combustible en una gasolinera cualquiera. Y todo es producto nacional bruto, pudiera decirse. O casi todo. El chico nos oye. Toca su nariz.

El padre de cabello grisáceo, esgrime su palabra un poco desacuerdo con lo sostenido por el hombre de la cámara, pero sin perder la amabilidad. Hay algo que conecta.

Casi todos los conflictos de Latinoamérica son ocasionados por las potencias mundiales. Algo similar sucede en nuestro país, poseemos siete millones y medio de cabezas de ganado vacuno y la gente hace filas para obtener un plato de sopa de gallina flaca en las ollas populares. Potencias azules. Rojas. Hambre. Engaño. Poéticas de la fotografía. Seguimos.

El niño se levanta y corre a jugar con un balón de futbol. Continúa el intercambio de palabras, pero otros ámbitos del parque esperan por ser fotografiados. Otras voces son necesarias para enamorar más retratos y momentos in betweem o es in beetwen, como sostuvo Robert Frank. Guiño a Truman Capote. El hombre de la cámara apresura suavemente el final de la tertulia. Pero disfruta de la estela que deja la voz del hombre que hablaba con su hijo.

Bueno, ármese de paciencia. Poco a poco encontrarán cobijo usted y su familia, nosotros sabemos de solidaridad. No desespere nunca, porque en este pequeño país hasta el fin del mundo llega tarde. Ambos conversadores ríen. Asumen la promesa infaltable del reencuentro.

Los fogonazos de la cámara, vuelve a oírse similar al roce de las alas de grillo. Sí ya lo sé, eso lo dijo antes alguien mejor en algún otro relato. Una pelirroja sentada en la grama se baña de sol. Su acompañante bebe cerveza de botella verde. Dos amigos de juerga callejera y vestimentas deslucidas, disfrutan de cerveza también. Uno de ellos, al verse sorprendidos empuña la botella de licor. Ambos ríen amablemente al visor de la caja de encantamientos.

La mujer que sujeta los galgos esbeltos deja su asiento donde los aprendices de fotógrafos la retrataron. Camina. Al parecer, abandona el parque. Ya es suficiente luz por hoy. El fotógrafo que ha vigilado su presencia casi toda la tarde, se mueve sigilosamente para flanquear su paso con cámara al ristre. Apunta para medir la exposición, asegurar el foco. Y todo el arsenal correspondiente a su oficio. Ella lo ve y evade los posibles disparos. Se desvía por unas escaleras.

En algún territorio de este mundo seguro suena disparos verdaderos. Algunos hombres caen. Otros celebran. Huele a pólvora para decirlo con criterios de guerra del pasado. Una mujer imaginaria esbelta y alta, no se desvía. Se enfila a cobrar su recompensa. Seguro es la única que gana.

La muchacha vestida de negro con su perro negro también, posiblemente ahora se mira al espejo y piensa en su retrato. Ajena a casi toda guerra celebra la vida. Celebra la vida.

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Alejandro Vásquez Escalona