¡EL NIÑO JESÚS ERA MI PAPÁ!

¡EL NIÑO JESÚS ERA MI PAPÁ!

El Niño Jesús era un bebé lindo, como de seis meses, de ojos azules y rizos dorados, con dos alitas en la espalda. Entraba por la ventana de mi cuarto la noche de cada 24 de diciembre.

Era justo: si me portaba bien me daba si no, no. Creo que siempre me portaba bien porque todos los años me regalaba.

Yo siempre pedía el libro escolar del año siguiente. Horizonte se llamaba. Yo sabía que mi papá y mi mamá igualito me lo iban a comprar cuando me tocara el año, pero me gustaba poder verlo antes y oler sus páginas de libro nuevo y adelantarme a las cosas que la maestra me diría.

Mi hermana, que es menor un año que yo, pedía juguetes, prendas y coqueterías varias. Yo fiel con mi libro, aunque confieso que le envidiaba las cosas que ella pedía. Pero… ¡Qué rabia!, ella también aprovechaba para leer mi libro y además lo utilizaba cuando comenzaba el año escolar.

Un día dije “No, no voy a pedir el libro. Me aguantaré hasta el año que viene. Voy a pedir lo mismo que pida Omaira Ramones Servet”. Mi hermana pidió un reloj blanco y yo uno negro.

Llegó el día más ansiado de todos los niños: “El 24”. Feliz porque sabíamos que encontraríamos regalos debajo de la cama al siguiente día. Nos fuimos a una fiesta familiar y cuando nos dimos cuenta ya se habían pasado las 12:00 de la medianoche: “Papi, mami, vámonos. Si el Niño no nos ve durmiendo no nos dejará regalo”.

Mi papá y mi mamá, con semejante fastidio encima, regresaron a la casa. Mi hermana y yo corrimos a tirarnos debajo de la cama matrimonial en la que dormíamos las dos. Y ahí estaba: un reloj blanco bellísimo. ¿Y el negro? No aparecía.

– Pero estás segura de que le pediste eso?, decía mi mamá.

– ¡Claro! si escribí la carta desde octubre y la leí varias veces, le respondía yo.

Alboroto en la casa. “Claribel (mi segundo nombre y como me llama mi familia más cercana) se portó mal y el Niño Jesús no le trajo nada”.

Yo, en un último intento por encontrar mi regalo, me metí debajo de la cama a oscuras y me dejé rodar hasta el último rincón. Lo encontré, pero la emoción me duró poco.

Mi papá y mi mamá entraron al cuarto discutiendo, sin saber que yo estaba debajo de la cama.

– ¿Seguro que le compraste el reloj a Claribel?, interpelaba mi mamá.
– ¡Claro! Yo compré los dos: uno blanco y uno negro.
– Eso fue que te emborrachaste y se te perdió el de Claribel antes de ponerlo debajo de la cama.

Entonces, de pronto, mi Niño Jesús se convirtió en un hombre feo, de nariz árabe, flaco y de piel tostada, con un bigote abundante e irregular que le tapaba la boca. Adiós, rizos de oro, porque el pelo era lacio y color azabache.

¡EL NIÑO JESÚS ERA MI PAPÁ!

Indignada, burlada, triste y llorosa salí de debajo de la cama.

El shock duró días. Me decían que la verdad era que el Niño Jesús le daba la plata a mi papá para que él comprara el regalo.

Nada me importaba. Con un Niño Jesús tan feo la Navidad no era igual y las lucecitas perdieron la magia.

Poco a poco me di cuenta de que cada niño tenía un Niño Jesús distinto y, aunque el mío era feo físicamente, no lo quería cambiar por ningún otro.

Ahora mi Niño Jesús está viejo, su pelo lacio se ha ido poniendo blanco. Ya no me hace regalos en diciembre.

Ahora, yo soy la que le regala a mi Niño Jesús y como pide…

– ¿Qué quiere?
– Una camisa.
– ¿De qué color?
– Que me combine con el pantalón.
– ¿Qué pantalón?
– ¿Ah, me vas a regalar camisa sin pantalón? (?)

No es bonito, no tiene alas, sus ojos no son azules y todavía se emborracha, pero qué lindo es mi Niño Jesús. Papi te amo.

 

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Maidolis Ramones Servet