Después de todo, no pasa nada (Alejandro Vásquez Escalona)

 Después de todo, no pasa nada (Alejandro Vásquez Escalona)

Si amanecía o era de noche. Si soplaba viento  sobre hojas seca a lo largo del camino. Si viajaba solitario ensimismado. O entusiasta y acompañado, siempre sucedía. Aunque fuese de refilón, ojeaba al bordear la esquina, aquel grafiti sobre la pared blanca: con trazos rojos, enclenques, mostraba un rostro que simulaba curiosear entre el mándala de autos que se desplazaban, porque sí, como algo fluidamente intermitente. Al ver el grafismo en la pared, recordaba cuando ella lo esperaba unas cuadras antes. Era similar a un espectro que llenaba su vehículo de olor a sal marina y brisa salitral. Después, todo era una celebración entre bruma azulmorada. Más delante, al este de la vía, alguien, seguramente sacudía una alfombra sucia sobre la baranda de un  balcón. Espolvaba la calle. Era el hogar donde  habitó la mujer de risa larga. El celaje intangible,  onírico. Con recurrencia, deseaba llegarse hasta este lugar quizás para deshabitar memorias. Para saber que sucedía, o sencillamente mirar la vivienda. Para degollar pasados inconclusos. Quizás para cerciorarse que aún vivía  aquel eucalipto que parecía aplaudir con sus ramas algo inmerecido. Nunca ocurría. ´Lo hare mañana, hoy se me hizo tarde, que manera tan cobarde…´, se consolaba. Pensaba en la canción de Joaquín Sabina.  Mirar atrás sonaba como eco engripado. Como techo de anime bajo lluvia leve. Era enero, febrero, marzo, abril. Tiempo. Y las olas de cabello como liquido negrísimo derramado sobre unas mantas en una cama anónima, era solamente un suspiro.

Diciembre es ruidosamente pegostoso. La rutina se convierte en vago deambular. Una especie de aliento de un sol negro  pretende agujerear el entusiasmo que mantiene tridente en manos un escarceo con la melancolía. La  vasija toxinica del corazón, se exprime en sueños filosamente agradables: En un auditorio un público borroso como fotografía en blanco y negro con movimiento sugerido, posiblemente esperaba un acto académico convencional. También se podía especular que ocurriría un concierto de rock. Un desfile de modas. Gente sentada en butacas tristes. La espera no era escabrosa. Sucedía como si flotara. Él estaba en la parte alta del auditorio, al final de la escalerita que llevaba al escenario. De pie, en mirada  impresionistamente angular veía el espacio. Su mirada era aséptica. Si alguien le hubiese preguntado que hacia allí, su respuesta se mostraría como un silencio  arrugado.

Cuando la mujer que vivió en la casa del balcón,  subió la escalera, se enteró que estaba desnudo. Más que verse así, era una sensación de disfrute. Una aurora boreal de sensualidad. Ella también andaba sin vestimenta alguna. Sus senos no eran firmes. Caían sobre su torso. Dos lunares oscuros redondeaban sus pezones erectos. No era una muchacha hermosa, pero seducía su inmanencia corporal. Su imaginaria tibieza.  Estaban frente al público. Ella lo besó  descarada y profundamente. Se liaron en un abrazo, entraron a la parte trasera del estrado por una puertecita arropada por una cortina polvorienta. Se supone. Se siente, que luego todo era oscuridad. Lenguas que humedecen arideces. Manos que encandilan pieles. Palabras remojando en pasiones a la espera de dibujarse.  No se supo si hubo concierto o desfile o negrura de toga y birretes. No se supo.

De regreso no se ve el grafiti rojo. Tampoco las hojas de marihuana pintadas en la pared frontal que pareces ser miradas también por el rostro que ojea los autos en el viaje de ida a la casa de los sermones. A la Universidad. Puede ser lunes o jueves. Es casi mediodía. Los rayos del sol chaflanan entre los árboles. No hay prisa. Se es menos cobarde. La lluvia sobre el anime ha cesado. Un cruce a la izquierda en el camino. Y su auto embiste hacia el este. El vapor del agua fogonea en el asfalto. Gira a la izquierda nuevamente. Se detiene. Baja el vidrio oscurecido por el papel ahumado. Todavía está el balcón. Aun el eucalipto aplaude impunemente, ahora es más torpe.

 

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Alejandro Vásquez Escalona