Limpiecita como un sol (Alejandro Vásquez)

Limpiecita como un sol (Alejandro Vásquez)

Ella hace limpieza a la casa. Barre. Se empeña en hacer desaparecer la escasa suciedad. Utiliza una escoba sintética de cerda verde con mango azul, y una palita de recolección anaranjada. En una pausa, los coloca al lado de seis sillas con respaldares de madera entrecruzados, alineadas una detrás de otra frente a la pared blanca para desocupar el espacio a limpiar. Unos guantes morados cuelgan sobre los asientos. Alegoría de bodegón encontrado. Postal de un viaje a un ámbito donde es posible un miedo agazapado. O el hastío indesgastable. Después trapea o pasa coleto, lampacea sobre el piso de cerámica grisáceo. Mientras, su madre lava platos. Desengrasa lo inexistente en una cocina aséptica. Al terminar, con mirada evaluativa se emociona con el brillo estrellado de las ollas en un estante. Huele a Tapewear. Quizás lo hace estimulada por melodías ausentes. A Veces carcajea al oír algún comentario de su hija. En escasas ocasiones se desdoblan en lamentos. En escasas ocasiones se bañan en melancolía. Son especie de juncos del desierto.

La madre va al baño de su habitación. Lava el piso con agua, trapea las paredes de cerámica con esponja humedecida. Vierte en el inodoro una mezcla de cloro con lejía, lo aromatiza artificialmente con agua mezclada con otras sustancias. Se detiene. De pie mira al inodoro como si recurriera al espejo mágico en consulta de su suerte. No hay revelación alguna, pero tal vez, imagine aquel comercial venezolano pegadizo de los años setenta, ochenta, noventa: ´puede pasar con toda confianza va a verme limpiecita como un sol me aseo con el limpiador de pocetas más, que desmancha más que desinfecta más´. Trasluce entusiasmo. No canta, tararea el estribillo del coraje o del tedio para algunos, por su reiteración, reiteración, reiteración en la selva mediática: resistiré cuando se rebelen los recuerdos y te pongan contra la pared, resistiré erguida contra todo… Bebe un poco del silencio de ese espacio donde habitan algunas intimidades de las inquilinas de aquel hogar, le habla casi a grito a su hija que en la cocina tasajea verduras sobre una tabla de madera.

La mujer que tararea el comercial de pocetas, camina hasta la habitación central del pequeño apartamento, desviste las camas de sabanas casi limpias. Las cubre con otras que salieron hace poco de la secadora. Desde una fotografía pudiera imaginarse su aroma a lavanda o a floral. En impecable despliegue de composición, coloca cojines de tamaños y colores diversos sobre el lecho. En la noche los desmontará, para rearmarlos cuando vuelva el gallo a cantar en algún pueblo. Está convencida que debe hacerlo a diario, porque sí.

La pantalla de la televisión en la salar de estar, ahora es negro mate. Hay una suspensión de la electricidad por tres horas. Se fue la luz. En el noticiario, el hiperbolizador de la desgracia humana es caldo oscuro. Seguramente en otros hogares, estimula con postura de heroísmo bondadoso, a una adolescente para que narre a los telespectadores su versión de la ausencia de ritual funerario para su madre, asfixiada por la peste. Azuza el amarillento noticioso para que llore y lamente no haberla podido despedir. Y en un cuadro estadístico, a manera de tahúr en mesa de salón del viejo oeste norteamericano, baraja muertes, contagiados y sobrevivientes. Desde la pared de la cocina un reloj de fondo negro es árbitro presencial. Sus agujas blancas copulan en las 12. Mañana habrá que limpiar, cocinar, lavar la ropa. Seguirá la vida. Ya revivirá la tele.

 

 

Alejandro Vásquez