De Interés: doble cara (María Elena Araujo Torres)

De Interés: doble cara (María Elena Araujo Torres)

Esto de la doble cara, es a propósito de los procesos impulsados o provocados en determinados espacios geográficos con el fin de vender la figura de alguna persona como mesías, salvador, moralista, buenagente, bondadoso, humanitario, y una serie de adjetivos más,  para mostrarlos como seres indefectiblemente escogidos para dirigir naciones, estados, distritos, municipios, hasta juntas de condominios. Pero la realidad, la verdad verdadera, es otra.

Usualmente, y eso  hasta los niños lo saben, estos personajes suelen ser maquillados no sólo físicamente sino conductualmente, tal como entrenan a las candidatas a reinados de belleza. Muchachas entre las que se encuentran agraciadas y no agraciadas en su aspecto facial y corporal, pero que expertos en transfigurar a los humanos en seres parecidos a muñecos de plástico, se encargan de transformarlas.

Las chicas de andar cotidiano empiezan a caminar extrañamente con un pie delante del otro a cada paso, nadie camina así; aprenden a sonreír aparentemente con naturalidad, la verdad es que humanamente es casi imposible mantener una sonrisa natural por tantas horas seguidas; en el hablar se torna un poco más difícil, pues manejar buena dicción y fluidez requiere entrenamiento continuo por años; y, el rostro parece pintado por el mismo pintor, nariz con iluminación en vertical, ojos con pestañas tan exageradas que no se sabe cómo pueden parpadear con semejante peso. A muchas las convierten en verdaderos Drag Queen. A quienes son bonitas les tapan la belleza y a las que no lo son tanto pues las disfrazan, dejando al lado la naturalidad que debería ser el verdadero reto a competir. Caso cotidiano de doble cara, en lo que al físico se refiere.

En cuanto a los políticos, aunque reciben asesoría para mantener un aspecto físico acorde con la personalidad que quieren proyectar, el profundo entrenamiento lo reciben en los gestos que deben asumir cuando están ante la gente a conquistar y más aún ante fotógrafos, cámaras de televisión y enfoque de teléfonos. Y, por supuesto, en lo que deben decir y cómo lo deben decir. Quienes reciben entrenamiento más profundo aprenden a manejar gestos tan milimétricamente parecidos a la sinceridad que sólo expertos en análisis de comportamiento humano podrían descifrarlos. Casos cada vez más numerosos de doble cara. Peligrosos para el bien de la humanidad.

Más cercanos estamos nosotros, con nuestro entorno, amistades, compañeros de estudio o trabajo, vecinos, familiares. Nosotros mismos. El caso es que solemos mirar y analizar a los demás, calificar la conducta de los otros, definir quién es sincero y quien solo aparenta serlo. El resultado suele ser desolador. Es raro que califiquemos a alguna persona como sincera, a menos que tenga una vinculación muy cercana, como la madre, el padre, algún familiar que queramos mucho, el novio, la novia, en quienes solemos ver lo que queremos ver y no lo que realmente son. Pero en este punto lo cierto es que nadie tiene licencia moral para enjuiciar la conducta de otras personas, si son o no doble cara.

La verdad es que primero debemos, si, debemos, reflexionar acerca de nuestro propio comportamiento. Con redundancia y todo. Evaluar si somos realmente sinceros con quienes nos rodean. Dicen los sabios que la verdadera sinceridad se manifiesta cuando nos comportamos en público igual que cuando estamos solos. Pasar esta prueba es un verdadero reto. Si nuestra intención es mejorar como seres humanos, modelo o ejemplo  a seguir por quienes nos rodean, entonces es imperativo evaluarnos sin justificar nuestros errores o fallas, para con la mayor sinceridad comenzar a corregirnos. No para lamentarnos y autoflajelarnos. Errar es de humanos, dicen, pero corregirnos también. Expertos recomiendan practicar un poco a diario, cada vez que tengamos un pensamiento dañino suplirlo por uno bondadoso; cuando descubramos nuestra cara transfigurada por la rabia inmediatamente tratar de relajar los músculos del rostro; cuando emitamos alguna opinión obscena o evaluemos el comportamiento de otros como si tuviéramos la sabiduría para hacerlo, ofrecer disculpas y opinar con respeto. Es un trabajo permanente con nosotros mismos, para evitar la doble cara, tan desagradable y dañina. Ojalá y podamos lograrlo, vale la pena, por respeto a nosotros y al prójimo.

María Elena Araujo Torres