Interés: quién ganará (María Elena Araujo Torres)

Interés: quién ganará (María Elena Araujo Torres)

Quienes ganan en cualquier contienda, ya sea deportiva, intelectual, laboral o de alguna índole competitiva, sin duda son quienes estén mejor preparados, quien se entrene diariamente con esfuerzo y dedicación. La trampa no aplica, pues quienes ganan con trampa son sencillamente mediocres en busca de ganancias económicas, de poder, del ego, o todas juntas, entonces no ganan realmente.

Para muestra un botón, como dice el refrán. Las competencias más resaltantes, con mayor cantidad de adeptos en el mundo, son las deportivas. Es histórico este hecho. Inició como diversión y distracción aunque implicara la muerte de algunos de los contrincantes, como las luchas en El Coliseo de Roma, cuando gobernaban Emperadores. Según rememoran algunas películas alusivas a la época, se preparaban hombres mayormente para enfrentarse en competencias cuerpo a cuerpo, sobre carruajes o caballos, llevando una lanza para propinarle una estocada al contrincante que caía herido o sin vida.

Al transcurrir el tiempo, estas competencias fueron dando paso a las actividades deportivas que hoy conocemos, como la lucha cuerpo a cuerpo que aparentemente es menos salvaje y con reglas para evitar los mayores daños posibles, pero igual algunos resultan lesionados por golpes en órganos vitales o mueren por técnicas precisas de aniquilamiento.

También se desarrollaron otras, como juegos de beisbol, futbol, que si bien deberían mantener entre sus jugadores el respeto a las reglas también desembocan con frecuencia en situaciones agresivas con lesiones de leves a fuertes que afectan física y mentalmente a los contendientes. Las competencias donde no existe el enfrentamiento cuerpo a cuerpo siguen siendo las más benignas para los competidores.

Los medios de comunicación, a través de campañas directas o subliminales, se han convertido a través de los años en los principales propulsores de las competencias entre los hombres, no de gratis por cierto. Competencias por un cargo público o privado, por un concurso de belleza, por algún premio atractivo para los participantes, en fin. Los intereses detrás de estas justas suelen ser de beneficio económico altamente lucrativo para muchos  de quienes trabajan tras bastidores. Nada es gratis.

Pasamos la vida observando competencias, distrayéndonos, perdiendo el tiempo que podríamos emplear en cultivar nuestras virtudes, espíritu, alma o como cada quien quiera llamar. Cuando realmente iniciamos este proceso es cuando empezamos a entender que más que competir con otros es enfrentarnos a nosotros mismos, buscarnos, observarnos, tratando de evitar justificar nuestros pensamientos y acciones, como si nos miráramos a nosotros mismos desde afuera. Entonces podríamos descubrir nuestros verdaderos talentos y nuestros peores defectos a trabajar para mejorar.

El caso es que cuando empezamos a resolver nuestras propias carencias, en un trabajo de hormiga, diario, en detalles, nos estamos preparando para amarnos realmente y amar al prójimo, como tanto nos han dicho que debemos hacer mientras transitamos por esta vida. Como quien cultiva una planta. Preparamos la tierra, la abonamos, regamos, sembramos las semillas y cada día observamos el desarrollo para continuar regando y previniendo la posible plaga que pueda afectarla. Y si la afecta la plaga, pues tomar las medidas para curarla. Después crecerá y vendrán los frutos o flores, de acuerdo a cómo la hayamos atendido. De acuerdo a cómo nos hayamos atendido.

La mejor ganancia que podamos obtener es mostrar con pensamientos y acciones que todos podemos ser mejores si así lo decidimos, no con meras palabras, con hechos. Quién gana esta competencia: nuestra familia, amigos, vecinos, conocidos y no conocidos. Ganan porque nos estamos preparando para ser mejores compañeros de vida, porque podemos convertirnos en benignos ejemplos para nuestros congéneres, porque podemos demostrar que la mejor muestra que podemos dar a esta humanidad que nos tocó vivir es amarnos para poder amar, sin dobles intenciones, amarnos de verdad.

María Elena Araujo Torres