Emigración venezolana y xenofobia en Iquique, Chile (Nirso Varela)

Emigración venezolana y xenofobia en Iquique, Chile (Nirso Varela)

Si en un arrebato de barbarie, algunos chilenos fueron capaces de destruir el patrimonio de sus más hermosas ciudades, con similar ahínco,  quemaron los pocos  enseres vitales de un grupo de venezolanos indigentes. Al parecer, esos chilenos, tanto en Santiago 2019 como en Iquique 2021, actuaron instigados por grupos violentos ideologizados, que además, manipularon y corrompieron sus justas protestas.

Las reacciones que provocan noticias sobre ataques xenófobos de tamaña crueldad, son de total impotencia. Nadie puede hacer nada en la hora actual, y nadie hará nada, más allá de la demagogia. Si en Venezuela, por un milagro de Dios, se produjeran en el corto plazo condiciones mínimas y dignas de sobrevivencia, por muy mínimas que éstas fueran, la gran mayoría de migrantes dejarían de ser objeto de discriminación y exacerbación de pasiones ajenas, y volverían a sus hogares originarios. Pero el milagro sería la salida del chavismo de todas las instancias de poder.

En las actuales circunstancias, esos venezolanos humillados, con la dignidad pisoteada por la esquizofrenia de una poblada enardecida, lo menos que desean es volver a su  patria. Emigrar no fue una decisión a la ligera. Nadie quiere abandonar su país. Nadie quiere ver sus familiares desde lejos para siempre. La gente emigra porque no ve esperanzas de cambios en el futuro cercano. Hasta el momento, los de Iquique han recorrido al menos 7500 Kms. por carreteras, en vehículos de transporte, o a pie. Viajan con pocas valijas. Sus valores los llevan en la memoria y en los sentimientos.

 La emigración venezolana es una crisis humanitaria a nivel internacional. Es el éxodo de un pueblo que huye del hambre y de la muerte. Parece una política de Estado para desolar las  ciudades y controlar los que se queden con toda clase de carencias. A la clase media la diezmaron, le destrozaron sus salarios y sus empleos, la han sometido a mil humillaciones para conseguir alimentos y lo necesario para sobrevivir. La llevaron a la pobreza extrema. Somos un pueblo bombardeado por cien mil mentiras institucionalizadas por quienes ostentan y se disputan el poder. Vivimos cualquier cantidad de marramuncias y picardías descaradas a la vista de todos, que a la larga, afectan la orientación moral y el crecimiento normal de los niños y adolescentes.

Solo en un régimen donde los poderes del Estado se rinden como títeres a los caprichos de un gobierno mediocre e incapaz, la gente se ve obligada a expatriarse huyendo de la crisis económica y la decadencia moral. Los que emigran lo hacen con un alto sentido de sensatez. Si Venezuela no cambia, viviremos en una especie de Apartheid: minorías privilegiadas exhibiendo sus riquezas, y masas  hambrientas desvelando sus miserias. En las calles se aprecia el contraste entre el lujo de los pudientes y niños mendigos comiendo en  basureros. Escuelas y universidades yacen desvalijadas y desoladas.

La emigración no es culpa de las sanciones imperiales. Todas las cifras indican que Venezuela comenzó a declinar aceleradamente a partir de 2008 y se quebró en 2014 cuando comenzó la diáspora, antes que llegaran las sutiles sanciones de Barak Obama.  Las industrias de Guayana, la industria petrolera y sus refinerías, fueron saqueadas y quebradas, antes de la arremetida de Donald Trump en 2017. Y por otra parte, las sanciones no han afectado el nivel de riqueza y despilfarro de enchufados, bolichicos y toda suerte de delincuentes, extorsionistas, estafadores, matraqueros, oportunistas y secuestradores que usufructúan la crisis del país.

La indignación de los venezolanos es mayor, porque Venezuela fue un país de acogida cordial y amistosa de inmigrantes que llegaron de todas partes del mundo en diversas épocas. En las décadas de los 50 y 60 del siglo pasado, flujos de inmigrantes italianos, españoles, portugueses, chinos y árabes, arribaron por los puertos marítimos venezolanos. Se expandieron por diversos lugares del país, incluyendo pueblos rurales. En cualquier rincón de Venezuela, por apartado que sea, siempre se encontraban inmigrantes  enraizados e integrados a la cultura y la idiosincrasia de esas localidades.

En las ciudades venezolanas, la ausencia del calor de sus patrias fue sustituida con la acogida de los venezolanos. La gran mayoría progresó económicamente y formaron empresas  e industrias. Y cuando llegó la hora de regresar a sus países de origen, lo hicieron como turistas y volvieron a su nueva patria.

En los años 70 y hasta los 90, más de 4 millones de colombianos, buscando una mejor vida, se integraron a la sociedad venezolana, conservando su idiosincrasia, su léxico, sus costumbres particulares, su música, su nacionalismo, en tanto, un sinnúmero de argentinos, chilenos, uruguayos, ingleses y norteamericanos, formaron parte de las nóminas educativas y de diversas instituciones  del país. Todos contribuyeron a que el país mostrara al mundo su mejor cara.

No puede aludirse al notable crecimiento de Venezuela durante el periodo democrático  1959-1999, sin tomar en cuenta la contribución de los emigrantes. En tanto la  acogida fue cordial y humana,  los advenedizos dejaron de ser extranjeros y se asimilaron a una nueva forma de sociabilidad cultural y comunitaria, manteniendo  sus nacionalidades de origen. Y cuando Venezuela recupere su normalidad, recibirá con los brazos abiertos todo extranjero que por diversos motivos, salga de sus tierras y venga a compartir nuestros frutos y emociones. Mientras tanto, mientras el chavismo siga en el poder, la emigración venezolana seguirá aumentando y, paradójicamente,  sufriendo tratos inhumanos en algunas partes del mundo.

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