El viento no se ve o como diría Corín Tellado, Zapara te amo profundamente (Alejandro Vásquez)

El viento no se ve o como diría Corín Tellado, Zapara te amo profundamente (Alejandro Vásquez)

Uno viaja a este espacio en embarcaciones lacustre que la gente mienta como chalanas. Son naves pequeñas que puede mecer y trasladar a unas doce personas. Pintaditas y conservadas, tiene nombres sonoros y femeninos. El vistazo inicial que se hace, seguramente es al extremo que mira a San Carlos, otra isla, su hermana. En esta punta se corroen especie de contenedores de metal abandonados, suponemos un pasado desagradable de esos cajones. Especulamos que contendrían desechos tóxicos por pensar algo. Son especulaciones. De cualquier manera allí se despedazan suavecitamente. Mientras su color oxidado nos saluda. Nos recibe. Si es la primera vez, seguro alguien que comparte nuestra embarcación, informa que esa es Zapara, una isla integrante del sistema insular del lago de Maracaibo. Es alargada y flaca. Su superficie es de siete kilómetros cuadrados. Está en el borde derecho del canal de navegación por donde rutinariamente entrompan desde el mar Caribe los barcos que nos visitan. Es como un cimiento areno petroso. Es el planeta de hombres y mujeres olorosos a salitre, a algas, sudores y flores acuosas. Es un pueblo de pescadores. Un caserío filoso entre el lago de Maracaibo y el mar Caribe.

El muelle de madera por donde desembarcamos de la chalana, termina en la orilla, a los pies de una receptoría de pescado atendida por Dirimo, un amigo que cocina de cuando en cuando, le encanta el ron y escuchar una conversa, calmo, silente, zurciendo con la mirada al hablante, como escudriñándole las tripas. A Dirimo le hice un retrato de puta madre. No quedó bonito, pero se siente que es su aletear vital que se derramó en esa foto. Allí parece una tortuga marina, mirona, muda.

A menos que seamos unos lunáticos terminamos nuestro viaje tirando nuestros macundales donde Piñita en su bohío-casa-hogar-pensión-lugar para prosear (mi madre decía: ´ese Uvencio tenía un prosón´) y sestear (mi padre decía, ´voy a sestear un ratico´). Y la computadora me tiñe de rojo con una rayita tembloruda estas palabras. Y omito, por supuesto, omito.

Soy amigo de Piñita y su familia. La Negra su mujer, hace las mejores ensaladas de camarones de la bolita del mundo como dirían los maracuchistas-leninistas. Es hacendosa, espléndida y mordaz cuando se hace ineludible. Piña es una especie de pather familia de los habitantes de la Isla. Es maestro, director del colegio donde los niños garabatean las palabras en unos cuadernitos modestos y arrugados. Hace unas cuantas lunas conocí Zapara. Coordinaba a un grupo de fotógrafos, con quienes hicimos un gran ensayo fotográfico que nombramos Lagóleo. Andábamos pues, en una tomadera de fotos y de ron. Éramos felices. Algunos apasionados con su mujeres, fotógrafas también. La primera noche que pasamos en la isla, cenamos con sopa de unos caracoles chiclosos. El cielo estaba reventado de estrellas. Hacia un frio teñido con matices boreales dejados por la tarde. Una fotografía de esas, me recompensó con el premio en blanco y negro del Salón Nacional de Fotografía Seguros Catatumbo. Aleluya.

En Zapara los árboles son escasos. Abunda una especie de hiedra que araña los arenales. El sol es inclemente, pareciera que todo el tiempo es vertical, punzante, con todo en los espacios abiertos retozan los burros y sus rebuznos no retrucan con nada se van al mar o al lago. Pandillas de pájaros y niños, asustan el sopor de lo deshabitado. En la noche acostados a la orilla de mar, tal vez desnudos, podemos ver las constelaciones y comparar la estrellas por su tamaño, por su brillo.

Posiblemente la segunda vez que estuve en la Isla fue unos tres días antes de una semana santa. Estaba con Ivette, uno de mis amores. Caridad, una investigadora de la Universidad del Zulia, después de ver un mazuco de exámenes médicos que nos habíamos realizado por que teníamos ocho años habitando aposento común y no salíamos embarazados, nos dijo algo como que: ´ustedes están sumamente sanos, váyanse de vacaciones a un sitio bonito y hagan el amor implacablemente´. Médico es médico, lo más elemental es seguir sus recomendaciones. Regresamos el sábado santo. Ocho meses después nació Vania, una mágica muchacha de color moreno y unos ojotes hermosos como faro de camión power. En lo camiones power sacaban las rolas de madera en las Palmas un pueblito donde habité cuando niño. Vencían los barriales y nosotros corriendo detrás de aquellas máquinas de muerte vegetal. Entonces no sabíamos nada de ecología o calentamiento global. Los camiones nos seducían. Sus faros nos encandilaban, entre los caminos nocturnos y los pajizales. Vivíamos entre trompos y metras, conucos y piñales. Esa es otra historia. Nos ocupamos de Zapara. Y seguimos.

En las vacaciones de Semana Santa, aludidas, Chinca la mamá de la Negra, nos invitaba café en las mañanas, aún lo sigue haciéndo cuando los visito. Ahora ando sólo. Chinca es fuerte, parece un cují frondoso. Su sombra es un cobijo solidario. Las carcajadas de Chinca retumban en los medanales de Zapara. Se empareja con su hija para agradarnos. Para querernos. Y uno amándola también como si fuera una vasija donde empozamos todo el amor por la gente de Zapara, por su paisaje agreste y su tardes rojiamrillentas, mercuriosas.

Cuando los barcos regresan del lago por el canal de navegación seguramente cargados de petróleo, uno desde Zapara los ve convertirse en un puntito negrocolorído en el mar, lavándose el agua del lago Coquivacoa por donde pasó. Su bramido de bisonte se va ahogando como en una gárgara azulosa y alargada posiblemente por el viento que no vemos. No lo tocamos porque viaja en un pestañar de estos amigos y su territorio. Es tren donde habitan sus palabras y sus sueños.