Los 70 años bien vividos de Amira Kudari: "Hay que dar gracias por lo bueno y por lo malo"

Los 70 años bien vividos de Amira Kudari: «Hay que dar gracias por lo bueno y por lo malo»

Los 70 años bien vividos de Amira Kudari: «Hay que dar gracias por lo bueno y por lo malo». Foto: Xiomara Solano

El sol abrasador de las 12 del mediodía calienta la calle, haciendo sudar a mares a quienes transitan, presurosos, por el centro de Maracaibo.

Allá la Basílica, centro de la fé marabina; acá el Paseo de la Virgen y su vegetación que resiste al clima, de manera estóica. A un costado de esta gran plaza, encontramos a Amira Kudari.

En una pequeña mesa se aprecia, perfectamente acomodada, la mercancía que tiene para ofrecer esta dama de dulces maneras y respuestas rápidas.

Lleva a cuestas 70 años que le resultan leves, tampoco parece incomodarla el sopor que se percibe a estas horas.

 

Foto: Xiomara Solano / NAD

 

Su misión es clara, vender lo que cualquier andante pueda requerir: pastillas para el dolor de cabeza, llamadas telefónicas, un caramelito que endulce la jornada, el cigarrillo del que espera impaciente o desodorante, porque «con este calor nunca se sabe».

Llegó con sus padres y hermanos desde su Siria natal, allá por 1957. «En el 58 cayó Pérez Jiménez» apunta, para ponernos en contexto.

La familia vino buscando la estabilidad y la paz que el Oriente Medio no ofrecía. Arribaron a una Venezuela promisoria y se radicaron en la tierra del Oro Negro. Aquí se sembraron y dieron fruto. Hicieron familia y adoptaron como propia a Maracaibo.

 

Foto:  F. Reyes

 

Está abuelita conmueve en su fortaleza y terquedad. Antes tenía su pequeño negocio cerca de la plazoleta de La Chinita. Durante unos disturbios en el centro, el depósito dónde guardaba la mercancía fue saqueado, perdió todo. Entre la crisis económica y la pandemia le ha costado recuperarse, pero trabaja con firmeza en ese propósito.

Es pensionada, pero manifiesta con claridad que ese dinero no le alcanza para comer, sufragar sus gastos personales o comprar medicinas. «No espero que nadie me dé nada, por eso trabajo y, además, Dios es quien me sostiene». Afirma que no cree «en bonos, ni nada de eso».

De lunes a sábado, desde las 5:30 de la mañana, hasta las 3 de la tarde, cumple su rutina, favoreciendo con sus ventas a quien puede. «Aquí le vendo a todos, muchos me conocen y hasta me llaman abuela», me dice entre risas.

Terminada la jornada guarda las chucherías en un depósito y se dirige en transporte público a su casa en el sector Veritas. Allá la espera su nieto. Su única hija vive cerca y se apoyan mutuamente.

 

Foto: Xiomara Solano / Noticia al Día

 

«Gracias a Dios estoy sana, me siento bien», me dice al percibir mi inquietud por su bienestar.

Cuenta que tiene parientes en Ecuador, Panamá y Colombia, se fueron buscando nuevos horizontes cuando la situación económica y la calidad de vida se hicieron insostenibles en Venezuela.

«Era rica y no lo sabía; pero hay que tener fé… Esto va a mejorar», dice con una certeza que pondría a dudar al más pesimista.

«Hay que dar gracias por lo bueno y lo malo», me aconseja, desde la invaluable sabiduría que dan los años.

 

Foto: F. Reyes

 

 

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F. Reyes

Noticia al Día