La Casa con olor a piña (Alejandro Vásquez Escalona)

La Casa con olor a piña (Alejandro Vásquez Escalona)

Foto: Alejandro Vásquez Escalona

Andá a buscar ese hijo de puta, porque si voy yo lo mato. Se oye desde el patio trasero. Una mujer que está en la cocina lo escucha como un mandato. Es de rasgos indígenas con cabello renegrido que cae como sombra amplia sobre su cuerpo aceitunado. Retira una olla del fuego y sale de la vivienda bajo un sombrerote ocre de fibra vegetal. Se dirige al pueblo lleva un rejo (látigo de cuero) en la mano y el pensamiento podrido de ira.

Habitan en un caserío campesino disperso. Ocho casas sencillas bordean una sabana donde pastan las pocas vacas burros o caballos de algunas de las familias. Son hogares construidos con paredes de bahareque (barandas de caña brava, rellenas con barro) y techos de zinc, otros de ramas palmeras. En estos ámbitos, los cocuyos son luciérnagas, no luces de autos.

Esa mañana, Ezequiel, toma una astilla de madera y la clava en la tierra. La luz del sol de la mañana proyecta la silueta alargada del pedazo de palo sobre la arena. Vete al pueblo a comprar pilas (baterías) para el radio. Debes estar de regreso antes que se acabe la sombra de esta estaca. Sí, no ya sabes lo que te va a pasar. Rodolfo, su hijo de unos 8 años oye la orden. No lo asusta. No lo perturba. Ezequiel es campesino granjero. Cultiva piñas. Tiene unos cuarenta y muchos años. Semblanza europea. Es tosco, pero en sus ojos claros navega una mirada ingenuamente honesta, ebria de sencillez. Con un halo de sosiego ahuecado. Posible máscara de temor.

Es mediodía. La luz vertical borra el rastro del reloj de sol improvisado por el padre para marcar la hora de regreso. Pasan tres días. No hay batería para oír las noticias en una radio Phillips de cuatro bandas. Son tiempos enfrentamientos militares en las montañas entre la guerrilla armada contra el gobierno. Tomás el hijo mayor de Francisco, es soldado del ejército oficial. Una patada certera hace volar por los aires la astilla del tiempo.

Rodolfo, en el pueblo, va por su tercer mañana con otros niños. Es sábado de agosto. En cunclillas hace su jugada. Se levanta, mira La carretera inclinada que conduce a su hogar.

Ve el retrato de alguien que se acerca. Identifica la figura de su madre que va creciendo lacerantemente mientras sube la pequeña cuesta de la vía. Siente la candela en la piel. Lo salado de la sangre que baja por la grietas de su espalda. El recorrido de cinco kilómetros hasta su casa por un camino terroso. La arena movida por el viento que como ácido acético se empegosta en los riachuelos dejados por el látigo en su cuerpo. Esta vez, tampoco llorará. Se promete que volverá a jugar mientras lo envíe a comprar energía para saber de una guerra que desconoce. Es una especie de desembolso por tres mañanas inundadas de diversión con amigos y metras (canicas). Debajo de un árbol de higuera, Ezequiel hace estallar contra una mesita de madera la Sena cinco. Convencido que los mirones son de palo. El Juego de dominó está cerrado. El viento con aroma amarillo de piña sacude las hojas del higüero.

 

Alejandro Vásquez Escalona