Gente de la ciudad (Alejandro Vásquez Escalona)

Gente de la ciudad (Alejandro Vásquez Escalona)

Amanece con una sensación de desapego. Siente que mirar en su interior anímico es necesario. Ve con abstracción la calle por donde se desplaza en su vehículo. Apenas percibe a los otros autos, las viviendas, la gente como formas desanimadas, algo así como representaciones. Como fotografías que no lo aluden en lo personal. Un cielo blanco aséptico. Vacío de nubes, de pájaros, pareciera querer acercarse a las trasparencia.

Ahora va a una tienda de orfebrería en un centro comercial. Mañana viajará a la montaña a visitar a su hermano Jesús María. Lo hace con cierta frecuencia. Es una manera de asear lo grisáceo de la ciudad. Llenarse de aliento del verdor vegetal, para regresar y volver a ensuciarse. Ingenuo. Piensa en Elsa y su entusiasmo silvestre. En su casa en la montaña. Sonríe. Se ve en el camino pedregoso, descendiente, levantar sus brazos y moverlos hasta terminar una especie de abrazo al viento. Siente la neblina que comienza a caer en el desperezarse del día. Oler el verde vegetal. Era sábado en la mañana cuando la visitó la última vez. Necesitó acudir a la empatía de su esencia campesina también para convencerla de que le vendiera una de sus gallinas para hacer un sancocho. Después de una negación endeble, cedió. Su hijo correteó al animal y lo atrapó. La mujer especuló que pesaba unos dos kilos, la colocó en sus manos. No aceptó pago alguno. Así no me la llevaré, sostuvo en esa ocasión. Suéltela entonces le expresó convencida la granjera andina. Sonrió sin inocencia, convencida por intuición que aquel hombre decidiría saborearla en el almuerzo del domingo. La conversa tibia en la mañana fría no se alargó.

Una curva en la vía. Un cruce a la izquierda. El zúas azuloso de otro coche que se desplaza en sentido contrario. Parpadea. Puede que hacerlo es como un desempañar los ojos para dejar que la luz que desfloran los parabrisas del vehiculo viaje a la memoria para susurrarle que vuelva y se harte de presente. Que ahora, no hay olor a pasto. Ni a verdor neblinoso. Elsa ya no bromea. Su imagen se evapora como silbido evanescente.

Una avenida de doble vía. Un arco de cemento hace de entrada y encuadra la imagen del centro comercial donde está la tienda de orfebrería. Desaparece el ensimismamiento. O se agazapa temporalmente. Es viernes.

El espacio interior de la joyería es pequeño. Una vitrina de vidrio para exhibir las prendas, separa a tres o cuatro compradores de la mujer que los atiende. Es esbelta. Airosa, pero sin soberbia. Lleva un vestido ajustado rosáceo. Atiende al recién llegado con saludo en ristre. El hombre del viaje a la montaña, agradece. Curiosea, escarba con la mirada las distintas piezas expuesta en las vidrieras. Decide. La mujer extrae del exhibidor unos pendientes de un cuarzo malva represados en alambre de plata. Los coloca en un envase colorido pequeño y se los extiende al cliente. El hombre casi sonríe. Por un pasillito que seguramente va al taller del local, llegan sonidos metálicos cautelosos, puede que sean de los artesanos que dan forma a posibles alegrías objetuales. Sale de la joyería para volver a presenciar una especie de puesta en escena fílmica de violencia callejera. O un asesinato en vivo. Vuelve a mirarla con desapego y extraña ausencia de morbosidad. Con una desnudez de ciudad casi patológica. Lleva en el bolsillo de su camisa los pendientes de amatista. Saborea imaginariamente las dos o tres cervezas durante el viaje. Ve el verde de las iguanas disuelto entre las hojas de la vegetación. Siente la hamaca donde dormirá la siesta. Cómo al bambolearse, colgada en el pasillo de la vivienda familiar, barre la neblina intrusa. Y seduce los sueños de Mediatarde.

Camina Hacia su vehiculo, rápido entre un silencio puntuado por la voz de un comisario de policía que carraspea en códigos aparentemente sin sentido, lo que sucede en el pasillo abierto al estacionamiento del centro comercial. Una cinta amarilla liada entre las columnas de la edificación, establece un cerco de prohibición de paso: una sábana casi sucia, cubre algo similar a un cuerpo sobre el piso. Los locales comerciales cerrados. La gente desde distancia prudencial, averiguan. Comentan. Puede que drenen su necesidad de goce mortuorio. O su desconocimiento sobre un rodaje cinematográfico. No se sabe. No se sabe.

Elsa está en el corral. Da maíz a las gallinas como desayuno. No es hermosa, pero un halo intangible emana de su humanidad para acentuar como imago su presencia. No es una mujer para enamorarse, sino para levantar el sombrero tres respetuoso centímetros, como diría Jesús Feber en Otras voces, Otros ámbitos de Truman Capote. Lleva un vestido suave con mariposas que imaginamos de vuelo ligero, puede que por el desgate de la tela. Posee una pequeña granja con unas diez vacas y una treintena de gallinas. Es como el patio de su vivienda. Tiene tres hijos, uno adolescente. Su esposo se marchó del hogar. Ella vende cervezas en su casa para completar ingresos. La conoció noches atrás en ocasión cuando Jesús lo llevó al lugar. No es un sitio de juergas, más bien, espacio para la conversación cercana entre paisanos.

Entre halos neblinosos de la vía, descienden, dos campesinos. Pasan frente a la vivienda. Saludan con una especie de gemido amable. Visten indumentarias de brega. Ambos llevan machetes de labranza. Un gallo canta, puede que a destiempo. El visitante anuncia su presencia, aunque ya la mujer lo vio desde donde atiende a sus animales.

La mujer del vestido de mariposas esparce el resto del maíz sobre la tierra. Las gallinas corren hacia donde cae el cereal. Se amontonan en un aleteo y un cacarear tosco, compiten por el alimento. Ella baja la pequeña cuesta del terreno. Entra a un espacio forma de capilla, con paredes de un metro de altura solamente y techo de zinc. Vuelve a saludar y acerca una silla al visitante. Lo reconoce, sabe que es el hermano de Jesús. Lo hace sentirse bienvenido. Se dirige a la cocina pequeña con una ventanita por donde se ve lo blancuzco del humo del fogón. Ofrece café en un modesto pocillito de plástico verde. Afuera, al fondo en la parte baja del terreno, se ven varias vacas que pastan.

La mujer está de pie. Mira la calle empedrada. Ve el auto rústico del visitante. Escarba en las motivaciones de aquella visita tan infrecuente como el smog de la ciudad, o los disparos enflechados contra un cuerpo absolutamente desprevenido. Él se levanta de la silla de madera y cuero desgastado. Extiende el envoltorio colorido del regalo. Pasaba para el pueblo y llegué a traerle esto. Ella no lleva un vestido malva. Lo mira. Ríe con ironía no carrasposa, sino casi de compasión. De vaciedad desencantada porque la evidencia despedaza el germen de la ilusión de lo improbable. Vino a pagarme la gallina. Así son ustedes, la gente de la ciudad. En la cocina, aún se ve la raya de luz de sol, manchada por el humo de la leña que entra en diagonal por la ventanita. Pareciera que todo se inundara de silencio. Que un borrón sobre un cuadernito escolar de niño campesino, deshabitara de aquella casa las certidumbres urbanas.

Suenan cuatro disparos. Se tragan el sonido de la motocicleta. No se oyen en la montaña. Vapulean el sopor del mediodía de ese viernes. Desaparecen los cinco o seis hombres que animaban con licor sus ensueños. Algunas botellas de cervezas caen sobre el piso del pasillo del centro comercial, frente al bar como pines de bowling. Alguien trastabilla. Cae. Su cuerpo queda de espaldas al pavimento. No mira el techo del centro comercial. Su aliento no empaña espejos. Después se escucharían las sirenas de patrullas. Se vería la sabana casi sucia, la cinta amarilla.

 

Alejandro Vásquez Escalona